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Las desventuras de un opinador

Las desventuras de un opinador

Tal vez únicamente Teodoro Petkoff salvara su reputación de analista habitual de las cosas que suceden en este valle de lágrimas, cuando afirmó sin vacilación que la pugna del comandante en jefe con Colombia no pasaba de ser un aguaje. Aunque apenas salvó la fama a medias, debido a que prefirió rectificar cuando se enteró de las amenazantes novedades que anunciaba una computadora capturada en combate. ¿Acaso no confirmaba el artefacto una complicidad evidente entre el campeador de la nacionalidad y las bandas del narcotráfico? La posibilidad de que unos testimonios inesperados le dieran sustancia a una comidilla binacional, la aparición de evidencias que cambiarían necesariamente la conducta de los gobiernos vecinos, colocaban al acusador colombiano y al acusado venezolano en la orilla de una conflagración que no podía considerarse como una evolución de las situaciones que la costumbre nos ha obligado a presenciar arropados en el candor.

Pero la realidad tomó otro camino, sorpresivamente. En cuestión de horas, como si presenciáramos un artilugio de babalaos, la pugnacidad se convirtió en afecto, la amenaza se volvió requiebro y los opinadores quedamos en ridículo; o por lo menos quien escribe, tan preocupado como estaba pensando en el desfile de los soldados que llegarían raudos de Cúcuta a Tocuyito, como Cipriano Castro, sin que el comandante en jefe atinara a detenerlos en la carrera.

No se trata de dolerse por la armonía, como si fuera un chasco para quienes escribimos en el periódico. No se trata de lamentar las paces, en la medida en que se burlan de lo que uno redacta a duras penas cada semana con los elementos que tiene a mano para ofrecer unos párrafos dignos de lectura, pero no se pueden saludar los resultados del embrollo a plena satisfacción.

El patético traslado de los diez batallones en pie de guerra al edén de los amapuches puede conducirnos a una conclusión, que no debemos admitir sin que nos duela en lo más íntimo como pueblo: no presenciamos un episodio vital de la historia de las sociedades hispanoamericanas sumidas en problemas de envergadura, sino el capítulo más estereotipado de una telenovela multicultural, la escena suprema del culebrón continental. Transformada en una pasarela, movida por un libreto que acude a un elenco de querubines para que el espectador se mantenga inmóvil sin cambiar de canal, la Cumbre de Río se pareció a las producciones de Félix B. Caignet en cuyo cenit triunfa el bien sobre el mal, para que los miembros de una familia caracterizada por los ruindad pasen a vivir el resto de sus días en el séptimo cielo. No está mal para los espectadores cautivos y entusiastas de los melodramas de cada día. Siempre que nos conformemos con creer en la existencia de líderes generosos que aman a su prójimo como a ellos mismos. Entonces llegaríamos al corolario de que nuestros pueblos están en las manos de unos impolutos campeones de la justicia que confirman sus cualidades mientras se exhiben en una alfombra roja como estrellas de la farándula, y no valdría la pena buscar interpretaciones distintas a las que ofrecen los libretos de las teleseries.

Aunque deben hacerse, esas explicaciones siempre serán trabajosas si el opinador se atiene a expresiones que caracterizan el discurso de los personeros del alto Gobierno enfrentados a sus obligaciones. Mientras el comandante en jefe ordenaba el regreso de sus aguerridas legiones porque las relaciones entre Venezuela y Colombia entraban en la fase del frenesí, en la ternura de una imprevista luna de miel, el ministro del Interior descubría una nueva cohorte de demonios al servicio del imperialismo yanqui y así lo comunicaba en resguardo de la soberanía nacional. Pero no hablaba de los lacayos de costumbre, sino de los presos que hacían una huelga en las cárceles para protestar la situación inhumana que sufren en su encierro. Que los cautivos por delitos comunes sean instrumentos de la CIA no parece mensaje digerible, pero fue lo que se le ocurrió como explicación al funcionario frente a los periodistas.

El problema radica en cómo analizar una salida de tal naturaleza: ¿con la seriedad que merecen las declaraciones de un alto burócrata frente a un problema complicadísimo, o como parlamento sacado de un culebrón?, ¿como respuestas de un individuo intelectualmente débil, o como ardid para mantener la fidelidad de la audiencia?, ¿según las señales inmediatas de la realidad, o según el estilo del Grupo de Río? Ciertamente estos quebraderos de cabeza son preferibles al espectáculo de un batallón de reinosos aproximándose a Valencia, pero también se presentan como un reto semanal para quienes no consideramos que las telenovelas sean la contribución fundamental de América Latina a la cultura universal.

Elías Pino Iturrieta
Historiador
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