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El PNV de Urkullu

           El Domingo de Pascua prometía ser clarificador de la situación política respecto a alguno de los grandes asuntos que van a dominar la presente legislatura y, aunque el regreso del presidente del gobierno en funciones ha sido más que opaca, su decisión sobre el nombramiento del portavoz del grupo socialista -puesto que el proceso de elección es puramente ratificador- en el Congreso de los Diputados, ya ayer anunciada y hoy confirmada, ha introducido un factor muy importante en la futura configuración del Consejo de Ministros. José Luis Alonso ha sido llamado a un puesto de la máxima responsabilidad después de cumplir con acierto y discreción como ministro de Interior y de Defensa.

            También ayer llegaban noticias, entre otras de tráfico, lluvias y nieves, desde el País Vasco, en el que el Partido Nacionalista Vasco y Eusko Alkartasuna celebraban por separado el Aberri Eguna. El discurso de EA estaba cantado: los malos resultados electorales se debían a la parálisis del proceso de autodeterminación que había retenido a los electores desilusionados en sus domicilios. El del PNV tenía un guión trazado en la declaración de la cúpula del partido dos días antes, en la que se marcaban unas líneas conductoras entre el objetivo final del soberanismo y el más alcanzable de una ampliación sustancial del autogobierno. No debe extrañar tal posición si se considera que en la formación jeltzale son muchas las personas pensantes que observan con preocupación que tras treinta años de dirigir el Gobierno vasco con formidables recursos económicos y medios para el aleccionamiento de los ciudadanos en toda clase de factores identitarios, como ahora se dice, conservan parecido número de votantes que en las elecciones de 1979.

            Urkullu es un líder que puede remediar el estancamiento de su partido si consigue que no le entorpezcan en su propósito de superar tanto las actitudes maximalistas y precipitadas de un sector peneuvista que se viene identificando con Ibarretxe y sus consultas, como las soluciones transversales que preconizaba Imaz. Su elección como sucesor de éste fue un acierto y una prueba de sensatez de los dirigentes del partido que salvaron una situación difícil abriendo una tercera vía. Ahora tiene que dar pruebas de su capacidad conciliadora entre los suyos y de su inteligencia negociadora con el gobierno de Rodríguez Zapatero.

            La andadura ya ha comenzado esta misma semana con las negociaciones de José Blanco y los portavoces parlamentarios de los distintos partidos. Urkullu cuenta en el Congreso de los Diputados con Erkoreka, un buen activo prudente y con experiencia, y con el incombustible y a veces comburente Iñaki Anasagasti reelegido para el Senado, hoy un poco en la retaguardia pero con excelentes relaciones en el mundo político. Urkullu tiene el apoyo del E.B.B sin fisuras notables y, lo que ha quedado patente en los últimos días, ha conseguido que Ibarretxe presente un perfil más bajo y conciliador en sus propuestas reconduciendo las más agresivas. Moviendo con habilidad sus créditos en Euzkadi y en Madrid, puede conseguir avances sustanciales en el autogobierno mediante un “acuerdo singular”. La sociedad vasca,  democrática, plural y avanzada, apoyará sus esfuerzos por dirigir un proceso que tiene su vertiente institucional liderada por el lehendakari, pero también otra interna que mueven los partidos políticos  y singularmente el PNV. En este empeño, la acción de Urkullu y su equipo va a ser trascendental.
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