Esta es la primera consecuencia del despilfarro y derroche de energía de nuestro país.
La parte buena del derroche viene cuando la realidad nos pone en alerta frente a las consecuencias de los desafueros. La vida sin propósitos y sin sensatez cobra, tarde o temprano, su cuota de equilibrio. En un universo entrópico –es decir, funcionando en un caos organizado- la presencia humana no puede ser una variable independiente. O somos parte del sistema, o víctimas de él.
Las ciudades humanas –como Panamá- consumen energía sin limitaciones, al igual que los seres que viven en ellas, recursos naturales más allá de las necesidades reales. Un anuncio luminoso y un televisor, multiplicados por cientos de miles, suman todos los kilovatios que necesitamos en el conjunto conocido como ahorro, que es la cantidad que el sistema necesita para funcionar mientras repone la energía utilizada.
Ahora somos un país que se alumbra básicamente con petróleo, pero a costos inalcanzables, por el abuso y por la previsión de su escasez. Si fuéramos un país con electrificación hidráulica no habría ríos suficientes para soportar el derroche.
La primera consecuencia del despilfarro ha sido una ciudad sin la luminosidad de los anuncios comerciales. Poca pérdida, pues la mayoría son adefesios que insultan a los transeúntes. Pero podríamos advertir en la medida de la Secretaría de Energía y la penumbra urbana, la primera sugerencia de que llegó la hora de comportarnos como parte de un universo, y no como una isla autosuficiente que flota en el espacio.