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Abismo a los treinta años

viernes 19 de enero de 2007, 13:28h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h

Normalmente, cuando se echa la vista atrás es para comprobar los progresos hechos, los logros conseguidos y, a veces, para remover la nostalgia. Hoy, si volvemos la cabeza para rememorar un pasado de hace treinta años, lo primero que nos viene a la cabeza es la salvajada de la matanza de Atocha, los jóvenes abogados laboralistas asesinados por su ideario comunista. Aquella ejecución desalmada, sicaria y sumarísima facilitaría, apenas tres meses después, una de las operaciones políticas más importantes de la segunda mitad del siglo XX : la concordia entre todos los españoles, el fin último de la guerra civil con el reconocimiento y legalización del Partido Comunista de España, el Partido, el único que plantó cara al franquismo con modestia pero con determinación.

Treinta años después de aquel consenso democrático, el panorama partidista español ha cambiado sustancialmente, aunque de forma ostensible para peor. Lo que entonces era búsqueda de concordia, de equilibrio, de cohesión social dentro de la diversidad e incluso de la lógica y destemplada rivalidad política, hoy de ha quedado en el garrotazo, en el todos contra uno diga lo que siga, en el uno contra todos por principio inamovible y, en fin, en la paralización muscular del contraste y de la convivencia en el disenso. Cavado el abismo, roto el diálogo, solo brillan las hachas demoledoras. 

En el 77, treinta años atrás, había zanjas muy hondas entre la derecha, el centro y la izquierda, excepción hecha de los abismos respecto a los ultras de uno u otro signo. La plataforma de entendimiento, dentro de sus complejidades naturales miraba un objetivo común, más formal que otra cosa, entre la evolución y la ruptura. Y por eso, cuando sorpresivamente se anuncia la legalización del Partido Comunista de España, hay un ligero corte de respiración, alguna taquicardia, estados de perplejidad o desconcierto, pero pronta recuperación en el equilibrio, hasta el punto de que Santiago Carrillo, como secretario general de los comunistas entonces, no tuviera ni un solo incidente o sobresalto, cosa que por cierto si tuvo hace tan solo dos años. Pasado el asombro, se instaló la normalidad y una cierta concordia entre los partidos políticos mientras afilaban, eso sí, sus largos cuchillo para las campañas electoras que desembocarían en las primeras elecciones democráticas del 15 de junio.

Aquella ilusión constructiva se ha perdido treinta años después y la división entre los dos grandes partidos es posiblemente más profunda y grave que nunca. Y la confrontación llega al desprecio mutuo. Consolidada la transición, su espíritu se ha ido deteriorando hasta convertirse en llaga. Y a veces parece que se corporeizan los viejos fantasmas de las dos Españas nada menos que en el siglo XXI, cuando recién estrenado el último tercio del siglo XX, la ilusión por superar el pasado fue la luz que alumbró una nueva y en principio feraz convivencia entre los españoles.

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