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¿Hay alguien que crea en los concursos?

¿Hay alguien que crea en los concursos?

viernes 09 de mayo de 2008, 14:50h
Actualizado: 10 de mayo de 2008, 08:12h
Con cuarenta años de retraso se desayuna José María Iñigo al insinuar que el premio de Eurovisión a la canción de Massiel fue amañado. ¡Toma!: y probablemente, también las otras 51 ediciones del Festival.

Los que organizan eventos de este calibre no son tan ingenuos como para dejarlos en manos de la eventual candidez o ignorancia del jurado de turno. Da lo mismo que se trate de un festival musical, un concurso literario o un premio empresarial. Estos últimos son los menos espontáneos, entre otras cosas porque los organizadores suelen cobrar por adelantado una buena pasta a los futuros premiados.

¿Se acuerdan del revuelo montado hace cuatro años por el coste de la medalla recibida por José María Aznar en Estados Unidos? Eso sólo evidencia que los norteamericanos, pioneros en tantas cosas, también lo son en este tipo de prácticas. Lo único a su favor es que, con todo, resultan muy mirados sobre quién recibe los galardones y procuran que al beneficiario no le falten méritos para ello. Aquí, como somos mucho más bordes, le concedimos durante sus años de falso esplendor cantidad de doctorados honoris causa a Mario Conde, financiados con los dineros de Banesto, mejor dicho, de los accionistas del banco. Que yo sepa, mientras que se le están retirando los suyos al dictador Francisco Franco, nadie se ha atrevido a hacerlo con el financiero inquilino de Alcalá-Meco.

¿Y qué quieren que les diga de los galardones literarios? Será casualidad, no lo dudo, pero durante mis años de responsable de periódicos en Barcelona siempre supe los ganadores de algún premio antes de que teóricamente se reuniese el jurado. Aparte de mis presuntas dotes adivinatorias, el fenómeno ofrecía la ventaja de poder cerrar la edición del periódico a tiempo y no a la intempestiva hora del fallo.

   Dos apostillas, tan sólo, pare evitar meterme en líos más serios. Una: el argumento premiado cierto año yo lo había conocido dos temporadas antes gracias a las divagaciones etílicas de un directivo de la casa. Otra: la historia con la que mi admirado Juan Marsé ganó el Planeta en 1978 ya la había publicado en forma de cuento, mucho más breve, un año antes.

    Sabido todo esto, confiar en la asepsia de festivales y similares es como creer en la existencia de los Reyes Magos. Aunque nadie lo haga, todo el mundo, concejales incluidos, participa en las cabalgatas, tira caramelos a los niños y se lo pasa tan ricamente. Lo mismo sucede en concursos artísticos y de toda laya: aunque muchos puedan estar otorgados de antemano, miles de participantes acuden a ellos por si les cae la pedrea y entran así en la categoría de futuros premiados.

    Por todo ello, ni debe enfadarse la pobre Massiel, que ella no tiene la culpa de nada, ni exigir ningún galardón a posteriori Cliff Richard, que seguro que él sí que tiene más de un cadáver artístico en el armario.
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