En siglos pasados, los ejércitos en campaña llevaban su cohorte de prostitutas para desahogo de los soldados. Durante la Segunda Guerra Mundial, las tropas japonesas prefirieron esclavizar sexualmente a mujeres de los países ocupados, en una práctica infamante cuyas secuelas llegan hasta hoy día, con reparaciones muchas de ellas a título póstumo.
Las fuerzas de la ONU, desplegadas en misiones de paz en 17 países, tampoco es que sean una milicia seráfica. Hace ya cuatro años, un aterrador informe interno de las Naciones Unidas documentaba casos de violaciones, pedofilia y fomento de la prostitución obra de los cascos azules en el Congo. Otros más han evidenciado situaciones semejantes desde Kosovo hasta Sierra Leona y desde Costa de Marfil hasta Liberia.
Quizás ésta no sea la norma, pero sí una excepción demasiado frecuente como para cerrar los ojos ante ella. En el último lustro han sido investigados, que no necesariamente condenados, medio millar de soldados de la ONU, es decir, sólo el 0,25 por ciento de los 200.000 cascos azules en rotación por el mundo cada año.
Y es que, para más inri, aunque uno de los principios de las Naciones Unidas es el de “fomentar el respeto por los derechos humanos y las libertades individuales”, si sus tropas lo conculcan lo único que puede hacer el organismo internacional es recomendar al país de los soldados incriminados que repatríe a los culpables. Luego, si éste quiere —que suele ser que no—, será a él a quien competa juzgarlos.
Por esa celosa jurisdicción nacional con la que todas las naciones protegen a sus ejércitos, casi todas las atrocidades denunciadas —una mínima parte, porque ¿qué niño o niña de un país devastado por la guerra delata a sus presuntos protectores?— permanecen impunes. En los últimos años, sólo Nigeria, Bangladesh y Sri Lanka han procesado a algunos criminales sexuales uniformados.
No estamos hablando de algo nuevo. Entre las guerras y el repugnante turismo sexual de los países ricos, según UNICEF casi dos millones de niños de todo el mundo se ven obligados a prostituirse, en un negocio que mueve unos 9.000 millones de euros anuales.
Pero es el desastre de la guerra el que siempre supera todas las barreras imaginables, a veces incluso con el consentimiento de los afectados. Hace cuatro años, un libro publicado en Francia desveló que las ropas nazis que ocuparon aquel país en 1940 dejaron 200.000 hijos ilegítimos, muchos de los cuales han vivido como proscritos por su infamante condición de hijos espurios de la guerra. Y es que los horrores de un día tardan más de una generación en subsanarse.