OPINIÓN/Víctor Gijón
viernes 04 de julio de 2008, 10:48h
Actualizado: 05 de julio de 2008, 09:41h
¿Está en peligro el idioma español? ¿Existe una campaña contra la lengua común? ¿Se está vulnerando el espíritu o la letra de la Constitución? ¿Están fuera de la ley en el asunto de la enseñanza de la lenguas propias las comunidades autónomas de Cataluña o el País Vasco?
Si responde sí a todas las preguntas anteriores ¿a qué está esperando para acudir al juzgado de guardia y poner la correspondiente denuncia? Si no lo hace y en cambio opta por firmar el manifiesto que se ha inventado Rosa Diez y Pedro Jeta Ramírez es que no se cree nada de lo que denuncia.
Desde que en 1978 se aprobó una Constitución que reconocía la cooficialidad de la lengua española con las de las llamadas comunidades históricas, el castellano y el catalán o el español y el vasco han coexistido sin problemas. Los excesos de algunos nacionalistas vascos o catalanes, que los ha habido, fueron corregidos por la presión política y en algunos casos, pocos, mediante recurso al Tribunal Constitucional.
De que el uso del catalán, el vasco o el gallego no creaba problemas sino que unía hay pruebas a docenas. Incluso declaraciones chuscas, como la de Aznar reconociendo que hablaba catalán en la intimidad, añadían normalidad al asunto. Pero hete aquí que algunos han descubierto que jugando a la guerra de las lenguas, propalando un nacionalismo español casposo, se puede sacar réditos electorales y económicos.
El PP, cuyo enfrentamiento con el nacionalismo democrático en Cataluña y Euzkadi le ha convertido en partido residual en ambas comunidades autónomas, cree que con la actual campaña no le votarán catalanes y vascos, pero si más madrileños, extremeños o aragoneses. Es posible, pero esa estrategia casa mal con el tan cacareado viaje al centro y , sobre todo, cierra puertas a imprescindibles acuerdos si quieren volver algún día al Gobierno. Pero lo que para el PP es cal y arena, en el caso de Pedro Jeta y su pupila política Rosa Díez son todos beneficios.
El director de El Mundo sabe que tiene que mantener prietas las filas de su lectores, a los que en las últimas semanas ha sometido al duro trance de ver al líder que iba a ganar las elecciones y salvar España convertido en un traidor y un inútil. Y tiene que compensar la ausencia de conspiraciones, porque en el 11-M ya no caben más delincuentes haciendo de periodistas, ni periodistas dictando declaraciones a delincuentes.
El manifiesto es un buen banderín de enganche para seguir vendiendo periódicos que, en definitiva, es de lo que se trata. En el caso de Rosa Díez su alineamiento con escritores de postín e intelectuales notables, le da la pátina de grandeza que le negaron las urnas.