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La calmada e inquieta Costa Amalfitana

La calmada e inquieta Costa Amalfitana

jueves 07 de agosto de 2008, 09:27h
Actualizado: 27 de agosto de 2008, 11:30h
No muy lejos del caótico Nápoles, unos kilómetros al Sur en la misma Campania, se extiende de Este a Oeste una costa que hace diez siglos fue una potencia marítima y que ahora se reconoce por su belleza: la Costa Amalfitana.
La localidad que le da nombre, Amalfi, se sitúa en medio de los pueblitos repartidos a lo ancho de la montaña, con sus pies bañados en el mar. Recorrer la costa es sinónimo de tranquilidad y gentío. En verano, los turistas lo acaparamos todo, las playas (pequeñas en su mayoría) se atestan de tumbonas, sombrillas y bañistas procedentes de diferentes países, pero el ritmo es pausado y el orden se restablece siempre diez minutos más tarde.

Positano
podría situarse en la cima del listado de belleza de todos los pueblos que conforman la costa. Y tantos coinciden en esta idea que la ristra de tiendas de souvenirs y otros artilugios se extiende cuesta arriba con demasiado descaro. Para admirar en pleno el panorama de esa privilegiada localidad es requisito subir más allá de nuestro flato. Positano tiene escaleras en lugar de calles, lo que supone concienciarse previamente y saber que la compensación llegará en forma de regalo para nuestros ojos. Al paladar también se le puede dar gusto con un delicioso helado italiano mientras contemplamos las vistas. Aunque una vez allí es obligado el esfuerzo, bien es cierto que desde abajo es tanto igual de bonito.

Por la carretera –o por el mar (más rápido y más caro)- en dirección a Salerno (Este) pasan autobuses SITA cada poco tiempo, por lo que se puede prescindir de vehículo propio. Se puede admirar así el paisaje desde dentro, tomando cada curva, escuchando cada claxonazo de advertencia en cada una de ellas (éstas conforman prácticamente la ruta) y escuchar diferentes lenguas en un espacio reducido.

Cerca de Positano -todo está al lado, aunque las curvas retarden la cercanía- está Conca de Marini. Sentarse allí en una terraza es un lujo para los sentidos. Se extiende el inmenso mar al frente y a sendos lados, verdes montañas decoradas con casitas blancas. Hay un dulce típico del siglo XVIII, ‘sfogliatella’, poco recomendable: primero porque es tosco y con poco sabor y segundo porque es caliente y en esta época el cuerpo pide alimentos frescos.

La Gruta de la Esmeralda, sin embargo, es un timo para los turistas. Cinco euros por diez minutos en una cueva que no reporta nada y un italiano que rema a lo largo de tres metros ida y vuelta, con las víctimas a bordo de la barca, mientras grita en lo que dice que es inglés.

Ravello, la localidad situada sobre Amalfi, es demasiado peripuesta. Las vistas son bonitas y se deja definir como un balcón natural. Aunque la descripción no engaña, en la zona es lo que abunda: vistas desde lo alto con naturaleza incluida. Ravello es lo más chic de la zona, allí veraneaba Grace Kelly, Jackie Kennedy y vivió Wagner un tiempo. Es agraciado, pero no tiene el encanto de los pueblos sencillos como Cetara. Allí sí hay vida. El turista no repara tanto en esta localidad de pescadores y se nota en los paisanos que se conocen todos, se saludan y se paran a charlar en la calle, miran al forastero con poca costumbre de ver su pueblo siendo fotografiado, donde escasean las tiendas de souvenirs y, si no es del todo hermoso, sí es acogedor y sereno.

A veinte minutos, Salerno. Un pueblo de 150.000 habitantes, de turismo disperso, de estrechas calles y desconchadas fachadas. Aunque las comparaciones son odiosas, Salerno compite con vehemencia con las localidades próximas que le hacen sombra.

Mariori, próximo a Amalfi, no merece la pena: una larga playa de piedritas (no de arena fina como reza el panfleto de la Oficina de Turismo), atestada de tumbonas por las que hay que pagar caro y un ambiente playero para el que le guste pegar su toalla a la del vecino de baño solar.

Amalfi, además de las correspondientes casitas amontonadas en la montaña y el puerto, tiene una catedral que compendia distintos estilos con un resultado formidable. Un templo que choca alegremente con todo lo visto antes, de grandes dimensiones y ublicado en lo alto de una escalinata en la Plaza Doumo, pero a la que también se puede acceder atravesando las callejuelas-túneles que la circunvalan y proporcionan al pueblo una atmósfera medieval y misteriosa hasta que se sale a la luz del sol y todo vuelven a ser turistas.

En la mente está el volver. Repetir. Esa es la mejor arma para defender que este entrañable y vivo paraje italiano merece, al menos, tres días de tranquilidad. Eso sí, mejor si es entrada la primavera, cuando la horda de turistas amaina y el tiempo es bueno.
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