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Máquinas anticuadas

Máquinas anticuadas

martes 19 de agosto de 2008, 18:14h
Actualizado: 19 de agosto de 2008, 20:40h

“Las clases luchan. Unas clases salen victoriosas, otras quedan eliminadas. Así es la historia. Así es la historia de la civilización de los últimos milenios. Interpretar la historia desde este punto de vista es materialismo histórico; sostener el punto de vista opuesto es idealismo histórico”. (Mao Tse Tung, 14-08-1949)

No hay atletas (ellos y ellas) más completos que los de triatlón. Y eso que, por motivos históricos, se considera que la maratón masculina, la que cierra los Juegos es la prueba reina del atletismo en su versión olímpica, oficialmente la menos mercantilizada –será para los participantes—pero la más rentabilizada por la televisión global. Una nadería al lado de esos 1.500 metros de natación, 25 kilómetros de pedaleo y 10.000 metros de carrera. Los participantes son auténticas máquinas humanas. Y la prueba, de lo espectacular que resulta, bien se merecía el incómodo madrugón de esta mañana. Había que verla y disfrutarla en directo, a pesar de la escasa calidad de los comentarios –otra vez el patrioterismo a vueltas— que se gastan los especialistas de TVE.

En la línea de salida, Iván Raña y Javier Gómez Noya. Ambos gallegos. Ambos con posibilidad de medalla. El primero, un curtido veterano en estas lides. El segundo, la gran revelación de los últimos 14 meses y, según los augures propios y ajenos, el objetivo a batir por la media docena escasa de triatletas masculinos con posibilidades. Pues no. Se quedaron con diploma olímpico. Gómez Noya entró cuarto y Raña quinto. Una vez más, se cumplía, en su versión olímpica, el dicho romano: “Quien entra en el cónclave como Papa, sale como cardenal”. El que sale como medallista, suerte tendrá si consigue un diploma olímpico.

Raña y Gómez Noya, que habían nadado y pedaleado bien, sin desgastarse, se colocaron en cabeza de carrera a golpe de zapatilla. La verdad es que estaban en un grupo cómodo. Y ahí le pudo a Noya, el más joven, su bisoñez, porque atacó, arrastrando a Raña consigo, cerca de 1.500 metros antes de lo que para su forma de correr aconsejaba una dosificación del esfuerzo, dado que ninguno de los dos españoles se caracteriza por su capacidad de sprint final. El alemán Frodeno, una máquina de última generación, se llevó el oro de calle. Fin del cuento de la lechera triatlónica. Diplomita y a casa.

La selección española ya ha completado su participación atlética. Y con dos diplomas más, en dos quintos puestos. El de Frank Casañas, en lanzamiento de disco. Y el de Juan Carlos Higuero en los 1.500 metros. Pura lucha de clases, donde los atletas españoles andan por la zona de lo viejo y caduco (Marx, Lenin y Mao así lo decían) y son las clases emergentes las que se llevan las medallas.

Pero no todo son máquinas anticuadas. En natación sincronizada, Gemma Mengual y Andrea Fuentes –un bellezón su ejercicio de hoy-- entran en la finalísima con aspiraciones fundadas a la plata. Y en piragüismo, tanto masculino (soberbio David Cal, colocándose, sin despeinarse, en las finales de C1 de los 1.000 y de los 500 metros) como femenino, siguen muchas opciones abiertas. Y lo mismo sucede con los deportes de equipo.

Esta mañana, al medallero español, se le añadió una de plata. La que obtuvieron los ciclistas Joan Llaneras y Toni Tauler en la modalidad Madison. Una especialidad en pista dificilísima por su enrevesado sistema de puntuación que ni los propios jueces árbitros llegan a entender del todo y eso que están ayudados por toda la parafernalia tecnológica del siglo XXI.

Ya sólo restan cinco días para la clausura de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008. Y todavía hay músculos que no duermen y ambiciones que no descansan. Aún queda mucho espectáculo. Y aún anda Jaime Lissaveztky, secretario de Estado para el Deporte, echando sus cuentas para ver si la delegación española se trae las vaticinadas 19 medallas, porque el metal (oro, plata, bronce) sigue cotizando más que el papel de los diplomas. Soñar sigue siendo –de momento—gratis y no desequilibra los presupuestos de austeridad que prepara el gobierno. La esperanza es lo último que se pierde.
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