OPINION/Victor Gijón
viernes 29 de agosto de 2008, 11:54h
Actualizado: 29 de agosto de 2008, 19:34h
"Si podemos" (Yes, we can). Barak Obama se dispone a convertirse en el 44 presidente de Estados Unidos el próximo 4 de noviembre. En un país donde hasta el 7% de la población negra está en prisión y donde son más los jóvenes negros en la cárcel que los que acuden a la Universidad la posibilidad de que en noviembre pueda haber un presidente negro es ya de por si una verdadera revolución.
Unido a ello está el hecho de que al menos en estas elecciones hay diferencias sustanciales entre las propuestas que hacen los demócratas y las promesas de los republicanos. Sin menospreciar, todo lo contrario, el simbolismo de que la presidencia del país, que el jefe de sus Fuerzas Armadas, que el hombre con más poder de la tierra, sea heredero histórico de una comunidad de esclavos.
Estamos por tanto ante unas elecciones sin ninguna duda históricas. Porque si trascendente es acabar con ocho años de gobierno Bush, caracterizados por un recorte brutal de las libertades individuales, por el regreso a una política exterior agresiva y supeditada a los intereses de las grandes corporaciones armamentistas, no lo es menos la posibilidad de que llegue al poder la segunda minoría –la primera es la hispana-- en la población de Estados Unidos. Actualmente uno de cada nueve estadounidenses es de raza negra.
Hay algunas coincidencias que refuerzan, además, el halo histórico del proceso abierto con la nominación como candidato a la presidencia de Obama. Su discurso de aceptación en la convención, por ejemplo, se produjo ayer coincidiendo con el 45 aniversario de la fecha en que Martín Luther King pronunció su famoso discurso "I have a dream" (tengo un sueño). Pero es que también este año, el pasado 4 de abril , se cumplieron 40 años del asesinato en Menphis del activista pro derechos de los hombres de color y que logró sentar las bases para acabar con la segregación racial en Estados Unidos.
Y no es menos significativo que cuando ya se sepa el resultado de las elecciones presidenciales, concretamente el próximo 22 de noviembre, se cumplirán 45 años del asesinato en Dallas de John Fitzgerald Kennedy. Y no sólo porque Ted Kennedy, el último de la saga, acabe de señalar a Obama como el heredero de los sueños de su hermano de hacer un gran país, más libre y con menos desigualdades.
Sino porque en el nunca del todo aclarado magnicidio de JFK tuvieron tanto que ver los intereses de los partidarios de continuar la guerra de Vietnam como los que se oponían a la medidas antiraciales de la administración demócrata. En definitiva apasionantes tiempos para unas elecciones de ámbito nacional pero en las que todos nos sentimos implicados