Basta con pisar la plaza de San Marcos de Venecia, la ciudad que se inventó un imperio en la Edad Media, para sentir que aflora en nosotros ese coronel que todos, hombres y mujeres, llevamos dentro. Se acerca el comienzo del curso académico: repasemos, pues, la gramática de la lengua española arrumbada en el baúl de los recuerdos. Soy alérgico a dar órdenes e igualmente no llevo bien el recibirlas. Y, por supuesto, creo que hay que dar órdenes y también recibirlas: la gracia de saber dar órdenes y de saber obedecerlas radica exclusivamente en la amabilidad. La gente bien educada da una orden con unas palabras y un tono tan seductor que le convierte al súbdito la obediencia en un auténtico placer. Y la gente no bien educada da las órdenes – y, con frecuencia, inconscientemente – de un modo cuartelero que siempre molestará al súbdito a condición de que el súbdito sea un individuo sensible. Dicho esto, vuelvo al título de este artículo – “Visite Venecia” – y le invito a quien lea a que analice gramaticalmente ese “invite” para que llegue a la conclusión de que ese “invite” es una sólo aparente tercera persona del singular del presente de subjuntivo del verbo “invitar”. Esa tercera persona es, en realidad, una segunda persona, un “tú” nombrado, por respeto, con un “usted” que debe ir en tercera persona. Y, en este caso, el “visite Venecia” – que, en lenguaje familiar, sería “visita Venecia” - tiene un valor imperativo tan distinto de, por ejemplo, “visite Venecia, por favor” donde ya no hay una orden sino un ruego.

¿Por qué doy, pues, aquí una orden cuando soy tan contrario a darlas y recibirlas? Lo diré sin rodeos: porque la visita de la basílica de San Marcos, que tiene una historia auténticamente marcial, ha hecho aflorar en mí ese soldado bestia que anida en todos los seres vivientes que somos descendientes de chimpancés. ¿Cómo se construyó esta magnífica basílica cuya visita hoy sólo nos depara placeres? Esta basílica, curiosamente, se construyó como quiere construir el lehendakari
Ibarretxe el País Vasco: jugando a la soka-tira, un deporte al que eran muy aficionados los venecianos de los siglos IX y X y que también hace furor entre algunos vascos de los últimos 150 años.
¿En qué consistía la soka-tira veneciana de los siglos mencionados? Los venecianos querían a toda costa la independencia del imperio bizantino. Y, para demostrar que eran independientes, en el 828 dos comerciantes con cromosomas vascos se trajeron de Alejandría a Venecia el cuerpo del evangelista San Marcos. El evangelista, cuyo emblema es el león – emblema que, por cierto, comparte con el Athletic de Bilbao, el club de los leones de San Mamés -, fue proclamado patrón de Venecia. San Marcos reemplazó al santo griego
Teodoro, una sustitución que demuestra hasta qué punto los venecianos querían mandar a criar malvas la tutela bizantina.
Los venecianos inhumaron los restos de San Marcos en una capilla habilitada con este fin en el palacio del dux que regía Venecia y, a dos pasos, se construyó una iglesia-mausoleo inaugurada en el 832. En el 976, una revuelta popular incendió la sede del dux: por su proximidad a esta sede, la iglesia de San Marcos fue pasto de las llamas. En el 978 Venecia ya había reconstruido el santuario incendiado. A partir de ahí, Venecia crecía en poderío y, como a todas las ciudades prósperas, le entró la fiebre del ladrillo. El dux tenía el nuevo santuario de San Marcos dentro del ámbito de su palacio: quedaba así claro que mandaba en la política y en la iglesia. Para poner orden en el gobierno, se decidió derruir el santuario de San Marcos y la iglesia de San Teodoro, su predecesor en el patronazgo de la ciudad.
Y los venecianos renunciaron a jugar a la soka-tira. ¿Qué es la república de Venecia?, se preguntaban como los españoles nos hemos preguntado tantas veces por la esencia de España. Y llegaron a esta respuesta: Venecia es la puerta entre Oriente y Occidente. Paguemos, pues, nuestro tributo cultural a Bizancio, añadieron deponiendo la ikurriña. Y así construyeron la basílica de San Marcos, que la calcaron sobre dos basílicas de Constantinopla: la de los Santos Apóstoles, hoy destruida, y la de Santa Sofía. La basílica fue consagrada en 1094. Tiene, por cierto, ese aspecto robusto que tanto admiramos en los leñadores vascos. Señor Ibarretxe, visite inmediatamente Venecia.