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La televisión: juez y jurado

viernes 09 de febrero de 2007, 14:39h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 18:32h

Santiago Mainar, presunto homicida del alcalde de Fago, confesó a la guardia civil su culpabilidad. Luego, con abogado de pago en vez de uno de oficio, ha declarado su inocencia a voz en grito ante las cámaras de televisión. A lo que se ve, la técnica vocinglera puesta en circulación por Alexander King, el asesino de Rocío Wanninkhof, ha hecho escuela.

Hoy día, hasta el más iletrado de los mortales, sabe que la responsabilidad penal casi se ventila más en la tele que en los tribunales y que las sentencias resultan condicionadas por la opinión pública y por los prejuicios de jueces y jurados. ¿Recuerdan, si no, la prematura e injusta condena de Dolores Vázquez, motivada por su carácter huraño y antipático donde los hubiere?

Algunos letrados, como Marcos García Montes, han hecho de la televisión un uso virtuoso en defensa de sus patrocinados. Están en su derecho, claro. Antes, bajo el antiguo régimen, los jueces tenían una autoridad omnímoda y arbitraria y podían condenar a su antojo por desacato a quien se desviase un pelo de las normas procesales. Hace veinte años mi periódico incurrió en semejante y aberrante figura jurídica, ya ven, por haber denunciado con pelos y señales la prevaricación de dos jueces corruptos, Lorenzo Penalva de Vega y Joaquín García Lavernia.

Sin llegar a esos excesos, en otros países aún se preserva la intimidad de los juzgados, donde no se permiten cámaras ni fotógrafos.

Aquí, en cambio, los asuntos más escabrosos se ventilan delante de los paparazzi, como en el caso de Farruquito, quien hace declaraciones a las cámaras antes del juicio, durante el juicio y después del mismo. ¿Quién en su sano juicio no tiene ya dictada, en semejantes condiciones, su propia sentencia antes de que llegue a hacerlo cualquier tribunal?

Lo peor aún estaba por llegar y ya ha sucedido. No tratan de amilanar a los jueces sólo los deudos de Farruquito, sino hasta las propias autoridades. El despliegue masivo de miles de manifestantes arropando al lehendakari Ibarretxe ante su comparecencia judicial no es más que un intento de presionar al tribunal. Si hasta nuestros dirigentes tratan de influir así en la justicia, ¿por qué no va a poder hacerlo cualquiera de nosotros, pobrecitos ciudadanos de a pie?

Quienes más y mejor dominan las técnicas de manipulación de la opinión pública son, lamentablemente, los terroristas de ETA. En sus juicios televisados, se ríen, como Gorka Vidal, se lían a patadas con las cristaleras, como Ángel Aramburu, o hacen proclamas políticas, como Belén González Peñalba.

Con tanta práctica, no son de extrañar las últimas y clandestinas fotos de De Juana Chaos. Con ellas no trata tanto de exhibir el falso martirio de un condenado a muerte, como diría Iñaki Anasagasti, sino de ganar ante una piadosa opinión pública lo que ya tiene perdido ante los tribunales.

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