Parece que todo lo que se puede alegar sobre/contra el juez
Carlos Dívar, propuesto para presidente del Consejo General del Poder Judicial, es su condición –por lo leído— de fervoroso católico. Llama la atención hasta el extremo de crear una situación de cabreo en l sector de vocales propuestos por el PSOE y avalados por el Partido Popular que también ha colocado a sus peones en el órgano de gobierno de la Judicatura.
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El magistrado Dívar ha estado una veintena de años al frente del juzgado central de instrucción de la Audiencia Nacional, donde no ha brillado –congratulémonos de ello— como estrella mediática de la Justicia. Es un hombre que hace su trabajo a conciencia y que huye como de la peste de los medios de comunicación. Y gremialmente, ni siquiera está alineado con tirios socialistas o troyanos populares, pese a que, según señalan hoy los medios escritos, tiene fama de conservador.
¿Es todo ello una causa que le impida realizar su trabajo como presidente del órgano colegiado que gobierna a los jueces? A priori, no. A Carlos Dívar, aparte de la presunción de neutralidad corporativa, lo que cabe exigirle es sensatez, conocimiento de las leyes y de los reglamentos por los que se rige el Poder Judicial y paren ustedes de contar. Sus creencias personales –respetables como todas—y sus concepciones sociales, al menos en los prolegómenos, son absolutamente irrelevantes. Tan irrelevantes como lo serían, pongamos por caso, si el juez Dívar fuese miembro de la Iglesia de la Cienciología –reconocida en España como entidad religiosa— y un público partidario de la abolición del derecho de la propiedad rústica y urbana.
La presidencia del Consejo General del Poder Judicial es, de hecho, una situación de primus inter pares, del primero entre sus iguales, y con el único derecho de poder ejercer, llegado el caso, el voto de calidad. Nada más. Y nada menos. Que no anda el planeta de los togados demasiado boyante en lo de ejercer como servicio público esencial a la comunidad.
Eso sí, en sus nuevas funciones, el magistrado Carlos Dívar ya puede prepararse a hacer frente a los medios de comunicación. Lejos ya de las instrucciones sumariales y de sus cautelas, el único error que podría cometer sería el del hermetismo ante los periodistas. Una cosa es discreción personal y otra el escurrir el bulto como funcionario público. Y ser la cara visible del organismo que pasa a presidir le entra en el sueldo.
[Estrambote mediático: el columnista está hasta la rabadilla de los apriorismos en función de las creencias e increencias de cualquier personaje público. Vamos, como que el meapilismo no es exclusivo sólo de los seguidores del corpus ideológico de la cadena mitrada, sus almuédanos y medios afines. Un meapilas laicista tiene tanto peligro como uno religioso. Ambos incordian lo suyo y son un insulto para cualquier inteligencia. Incluyendo las suyas respectivas, claro]