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La envidia, la esencia y el germen del socialcomunismo

domingo 17 de octubre de 2021, 12:29h

Recibo normalmente correo, del Instituto Acton de la Argentina, una Institución liberal de inspiración católica, y aunque es difícil compaginar ambas ideologías, me ha llamado la atención, un artículo del Padre Gustavo Irrazábal publicado en La Nación en el que manifiesta: Actualmente, las revueltas del pueblo cubano aportan una novedad. Las protagonizan gente, que no quiere irse seducida por supuestos “cantos de sirena”. Se rebelan al grito de: “Patria y vida”. Solo quieren un país donde puedan volver a vivir dignamente, quieren ante todo libertad. Cuántas aspiraciones pasadas por alto por el “progresismo” de tantos intelectuales, teólogos y pastores católicos para los cuales el socialismo desde hace tiempo ha dejado de ser un problema, y que se muestran más preocupados por denunciar al “1% más rico” que en pensar caminos realistas y efectivos (no meramente retóricos) para promover a los más pobres. Quizá sea hora de preguntarse si detrás de esta ceguera no está también agazapado el artero demonio del resentimiento y de la envidia.

Esa envidia es la que motiva a nuestros social comunistas de Pedro Sánchez, a hilvanar una serie de leyes que en busca de una teórica solidaridad, mueven por envidia a las masas proletarias, a votar al social comunismo o mejor dicho han votado en tiempos de Zapatero y ahora de Pedro Sánchez. Aunque demostrado hasta la saciedad que sus leyes nos empobrecen a todos, ha surgido el efecto Ayuso que a base de cantarles las verdades del barquero, prefieren la eficacia del liberalismo que crea riqueza, al reparto de subvenciones que crean pobreza y así han dejado de votarles. El ejemplo además de Cuba son Colombia con Maduro, Nicaragua con los sandinistas, Argentina con los peronistas y solo lo han resuelto en China, donde se ha permitido el capitalismo, aunque bajo la férrea tenaza del partido comunista, pero a la larga la envidia de las riquezas personales es evidente que traerá consecuencias, probablemente nacidas del oxímoron de Mao con su actual partido.

Esto no lo comprendieron muchos teólogos católicos que apoyaron diversas aventuras revolucionarias en Latinoamérica. Soñaban con una humanidad donde todos vivieran en una pobreza igualitaria y digna, porque esa sería –en contraste con corrupción capitalista– una sociedad virtuosa, solidaria, espiritual, realmente evangélica. Así, afirmaba un célebre teólogo de la liberación: “El Tercer Mundo ofrece luz para lo que históricamente debe ser hoy la utopía. La utopía, en el mundo de hoy, no puede ser otra cosa que ‘la civilización de la pobreza’, el compartir todos austeramente los recursos de la tierra para que alcancen a todos” (J. Sobrino, El principio-misericordia, 1992). Nunca se plantearon estos autores la posibilidad de que tales sociedades no generaran virtud, sino su opuesto: frustración, resentimiento, apatía y envidia, en opinión de Cecilia Vázquez Ger.

El popular psicólogo y ensayista Jordan Peterson, cita en su libro Doce reglas para la vida (2018) un cuento que, reducido a lo esencial, dice lo siguiente. Un condenado llega al infierno y, como gesto de bienvenida, Lucifer en persona lo lleva a recorrer las dependencias del inframundo. En primer lugar, le muestra una gran olla donde una multitud de almas se agitan en el alquitrán hirviente. De tanto en tanto, alguna trata de escapar de su horroroso destino, pero (como en el infierno dantesco) hay demonios con tridentes en los bordes de la olla que la ensartan y la devuelven a su interior. “Estos son los condenados que provienen de países democráticos”, le explica Lucifer al recién llegado.

Pero a cierta distancia, se encuentra otra olla, de mayores dimensiones, donde las almas torturadas permanecen adentro sin necesidad de custodia alguna. “Aquí se cuecen los condenados que provienen de países comunistas”, agrega Lucifer. “Pero ¿cómo es que no hay demonios con tridentes para contenerlos?”, pregunta sorprendida el neófito. “Es que no hace falta: si alguno trata de escapar, son los demás quienes se lo impiden”. Efectivamente, en los países comunistas, solo no tienen envidia las elites dictatoriales, que viven de cine, el resto es reducido a la pobreza.

En España estamos viendo los cuantiosos sueldos del entorno de Pedro Sánchez, tanto en asesores, ministros como en puertas giratorias, incluso en las grandes empresas que viven de los contratos estatales, o que esperan hacerlo de los fondos de la Unión Europea, todo ello forma un entramado bien remunerado, en tanto las clases medias, sobre todo de autónomos, va viendo como se van empobreciendo, ante los progresivos impuestos llamados sociales y lo que es peor, se anuncia un catastrazo de Hacienda para 2022, donde este ministerio decidirá cuales son los valores sobre lo que se deberá pagar, acercándolos a su precio real teórico, pero sin disminuir las cuotas a pagar, es decir hundir a impuestos a los españoles, que optaron por ahorrar invirtiendo en bienes inmuebles. Mientras tanto miles y miles de empresas pequeñas, van a la bancarrota después de aguantar con los ertes, los destrozos económicos de la pandemia.

Carlos Marx era pues un envidioso, pues si, por que no podía aceptar que existieran clases proletarias en un mundo industrial como el británico que en el S.XIX creo la riqueza de Inglaterra y de su imperio. Según Henry Hazlitt el marxismo se basa en el odio y la envidia . Todo el evangelio de Karl Marx se puede resumir en dos frases: Odia al individuo más exitoso que tú. Odia a cualquier persona que esté en mejor situación que la tuya. Ese es el credo de Podemos y del PSOE. Nos domina pues, La Envidia.

Bernardo Rabassa

Presidente de clubs y fundaciones liberales. Miembro asociado de Alianza Liberal Europea (ALDE). Premio 1812 (2008). Premio Ciudadano Europeo 2013. Medalla al Mérito Cultural 2015. Psicólogo social. Embajador de Tabarnia.

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