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Cuando se derrumbó la línea divisoria entre la guerra y la masacre

jueves 23 de abril de 2026, 14:03h

En la primavera de 1971, la confrontación política en Pakistán Oriental se transformó en una campaña militar a gran escala. La operación, que comenzó con el objetivo de restablecer el control, pronto adquirió un carácter diferente, ya que la violencia se extendió a barrios civiles, universidades y aldeas.

En pocos meses, la región entró en uno de los períodos más sangrientos del siglo XX, en medio de un colapso casi total de las condiciones de protección civil y de una expansión del asesinato y el desplazamiento forzado.

Cifras en disputa... y hechos fuera de discusión

Las estimaciones sobre el número de víctimas difieren, pero la variación numérica no altera la esencia del cuadro: cientos de miles, y quizás millones, fueron asesinados en un corto período, mientras que cerca de diez millones de personas se vieron obligadas a cruzar la frontera hacia la India.

Y aunque la cifra final siga siendo objeto de debate académico, el propio patrón de violencia -por su amplitud y organización- se ha convertido en uno de los elementos más sólidos en los que se apoyan los investigadores para calificar la naturaleza del crimen.

El objetivo deliberado: cuando la identidad se convierte en un factor de riesgo

Además del asesinato a gran escala, las pruebas indican que las minorías religiosas, especialmente los hindúes, estuvieron expuestas a un patrón específico de violaciones.

Estas violaciones incluyeron:

  • ⁠ ⁠ejecuciones masivas en zonas determinadas,
  • ⁠ ⁠uso de la violencia sexual como herramienta organizada de terror,
  • ⁠ ⁠vaciamiento de regiones enteras de su población originaria,
  • ⁠ ⁠imposición de presiones para cambiar la identidad religiosa.

Esta dimensión, según múltiples estudios jurídicos, constituye uno de los principales indicios de una intención que va más allá de la represión militar y apunta al ataque contra un grupo determinado.

Testimonios tempranos... y retraso en la denominación

Lo llamativo es que la calificación de lo ocurrido no se demoró a nivel de los testimonios individuales. Ya desde 1971, diplomáticos y periodistas hablaron de “genocidio”, pero esa calificación no se transformó en una posición política internacional amplia. La causa no fue la falta de información, sino la intersección de intereses internacionales en el contexto de la Guerra Fría, donde los cálculos estratégicos prevalecieron sobre las consideraciones humanitarias.

Europa reabre el expediente

Tras décadas de relativo silencio, el caso ha comenzado a reaparecer dentro de las instituciones europeas. En Berlín, el Parlamento alemán dio un paso significativo al reconocer el genocidio en 2023.

En Bruselas, el Parlamento Europeo ha acogido debates y actos que han pedido la adopción de una posición semejante a escala de la Unión.

Durante uno de estos actos, eurodiputados subrayaron que ignorar lo ocurrido debilita la credibilidad del discurso europeo sobre los derechos humanos, especialmente en lo relativo a la protección de las minorías.

La voz de los intelectuales: crítica al silencio internacional

La presión no ha venido solo de los políticos. En los círculos culturales, varios escritores europeos han vuelto a plantear el caso como ejemplo de un “genocidio que no ha recibido reconocimiento suficiente”.

En este contexto, el novelista español Antonio Muñoz Molina escribió sobre los acontecimientos de 1971 como una gran matanza, señalando que el mundo sabía lo que estaba ocurriendo, pero no reaccionó con la firmeza necesaria.

España: conciencia sin declaración

Dentro de este marco europeo, la posición española sigue siendo más bien cautelosa. Hasta ahora no existe un reconocimiento oficial claro por parte de Madrid, a pesar de que en algunas referencias institucionales se alude a la magnitud de la tragedia y a que figura entre los mayores crímenes del siglo XX.

Esta divergenia entre la conciencia moral y la ausencia de una decisión política refleja un patrón más amplio en Europa, donde algunas cuestiones históricas siguen atrapadas entre la convicción y la adopción oficial.

La importancia de hacer justicia

Volver a plantear la cuestión de 1971 no se refiere solo al pasado, sino que está directamente vinculado al presente. En un mundo que presencia un aumento de las tensiones religiosas y étnicas, los precedentes históricos pasan a formar parte de las herramientas de comprensión y prevención.

Las experiencias cuya denominación no se resuelve con claridad suelen quedar abiertas a la repetición.

¿Qué cambia si llega el reconocimiento?

El reconocimiento no devuelve el tiempo, pero reordena el significado.

Fija el relato en el registro internacional, otorga a las víctimas un lugar en la memoria colectiva y establece criterios más claros para abordar crímenes similares.

En cambio, la persistencia de la vacilación deja una zona gris que dificulta la construcción de una postura internacional coherente frente a las violaciones.

Entre la verdad y la política

El caso de Bangladés en 1971 revela una brecha persistente entre lo que se sabe y lo que se reconoce oficialmente. En Europa, donde las políticas exteriores se construyen sobre un discurso de valores, este expediente sigue siendo una verdadera prueba: ¿se transformará el conocimiento en una posición política, o permanecerá dentro de los límites de la documentación?

La respuesta no concierne solo a Bangladés, sino a la manera en que el mundo define la justicia… cuando llega demasiado tarde.

Javier Fernández Arribas

Periodista. Director de 'Atalayar, entre dos orillas'. Colaborador en diversos medios como Punto Radio, Onda Cero, COPE, El Independiente y Colpisa. Colaboro en COPE, Colpisa, TVE, RNE y Diariocritico. Es autor de libros como 'Casco azul soldado español' o 'Misión: Líbano'. También fue director de los estudios 'Cómo informar sobre infancia y violencia' y 'Cómo informar sobre violencia contra la mujer en las relaciones de pareja' en colaboración con el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia.

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