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España 2019: ocasión histórica perdida, cálculo político erróneo y polarización que se retroalimenta

lunes 11 de noviembre de 2019, 16:59h

Los resultados de los comicios de este 10 de noviembre tienen diferentes lecturas según el punto focal que se elija. Se pueden leer los resultados desde la composición parlamentaria, desde la decisión del voto realizada por los ciudadanos, desde la perspectiva de uno o varios partidos políticos, entre otras posibilidades. Creo que quizás fuera más interesante examinar la situación desde una perspectiva mas global, la que corresponde al conjunto del sistema político, entendiendo como tal no sólo a las instituciones políticas sino a la relación entre estas y los comportamientos ciudadanos, incluyendo por tanto la cultura política nacional.

Desde esta perspectiva más global, la lectura que recorre este año hasta desembocar en las elecciones del pasado domingo, puede describirse según tres grandes rasgos: a) la pérdida de una ocasión histórica para estabilizar desde el centro la gobernabilidad, b) un cálculo erróneo para reaorientar la dinámica política al objeto de favorecer al Gobierno Sánchez, c) el desarrollo de una polarización política creciente, que ha acabado retroalimentándose.

La pérdida de una ocasión histórica

El resultado de las elecciones del 28 de abril estableció un abanico de fuerzas parlamentarias que permitían al PSOE estudiar varias posibilidades de formar gobierno. Una de ellas, el pacto entre el partido socialista y Ciudadanos presentaba diversas ventajas: además de poder constituir un gobierno de mayoría estable, permitía un acuerdo programático progresista y una fórmula con la más alta homologación de pactos en Europa (gobiernos de socialdemocracia con liberales).

Pero para España, no sólo se trataba de la suerte de un líder carismático o de un proyecto político emergente, sino que aparecía en el horizonte la posibilidad de consolidar una fuerza política de centro que podía cambiar el eje del cuadro político e ideológico del país. No podemos saber que hubiera sucedido realmente con un Gobierno de PSOE y Ciudadanos, pero lo que si es posible afirmar es que esa posibilidad de cambiar el centro de gravitación del cuadro político español se ha perdido una vez más.

A corto plazo, esa ocasión perdida tampoco ha beneficiado al PESOE. En realidad, la idea de que el partido socialista debía guardar su flanco izquierdo (Podemos) era un riesgo reducido respecto del rédito que obtendría con un gobierno estable, y, con mayor visión de Estado, la ganancia que representaba para la estabilidad del país.

Pero ninguna de las dos fuerzas políticas (PSOE y Cs) se jugó en serio por esa opción. Albert Rivera se engolosinó con la posibilidad de ganarle al PP en la perspectiva de conseguir el escenario francés, donde los liberales desbancaron al resto de las fuerzas políticas. Construyó una estrategia que buscaba aparecer como el más duro contra el gobierno de Sánchez para ganar el liderazgo de la oposición. Por su parte, el PSOE de Sánchez se dejó arrastrar por su ala izquierdista (¡Con Rivera NO!) y no se atrevió a realizar ningún gesto que permitiera retomar la experiencia del Pacto del Abrazo con Ciudadanos de 2016. El resultado de esa dinámica de choque entre ambos partidos fue el iniciar un camino que podía concluir con la destrucción del centro partidario, como finalmente ha acabado ocurriendo, arrastrando en su caída al propio líder que se empeñó en esa estrategia.

El cálculo político erróneo

El giro del PSOE de Sánchez hacia su izquierda para lograr la formación de un Gobierno ha constituido una experiencia frustrada de antemano. El veto a Iglesias, el regateo de cesiones institucionales, las idas y vueltas entre PSOE y Podemos, han sido en realidad epifenómenos de una conclusión anunciada: las diferencias en asuntos medulares con el populismo (Cataluña, finanzas, etc.) hacían desde el principio extremadamente difícil un acuerdo para gobernar. Así que Sánchez regresó a la estrategia ya experimentada por el PSOE desde Felipe González, proponer un gobierno monocolor.

Ante el rechazo del resto de los partidos, los consejeros de Sánchez pensaron que una alternativa consistía en acudir a nuevas elecciones con la esperanza de obtener un resultado que fortaleciera netamente al PSOE en su posición negociadora. La investidura frustrada pronto se convirtió en un objetivo buscado para convocar unos nuevos comicios. La caída de Podemos en las encuestas hacía promisoria esa opción.

Sin embargo, el cálculo se ha demostrado errado. Las voces críticas al comportamiento de Sánchez han supuesto una barrera infranqueable para el discurso exculpatorio del PSOE. En realidad, la responsabilidad principal de este mal cálculo es del equipo de consejeros liderado por Iván Redondo, cuya cabeza ya se pide a voces en Ferraz. La dimensión del fracaso de esa estrategia no sólo se mide en que el PSOE, lejos de salir fortalecido, se ha debilitado perdiendo votos y escaños, sino sobre todo a su situación respecto de los partidos oponentes de la derecha. Antes de estas elecciones, el PSOE se enfrentaba a 90 oponentes de derecha (66 y 24), por debajo de los 123 socialistas, pero hoy esos oponentes le superan con creces, alcanzando los 140 (88 y 52) frente a sus 120 asientos. Vaya negocio ruinoso.

Una polarización que se retroalimenta

Uno de los peores cálculos de Sánchez (y Redondo) ha consistido en pensar que el Gobierno podría controlar los efectos políticos de la crisis en Cataluña que iba a provocar la respuesta secesionista a la sentencia del Supremo sobre el procés. La realidad es que ni siquiera ha podido frenar la fuerte presencia de Cataluña en el debate de la campaña. Las encuestas -excepto la del CIS, que se ha demostrado una burla- pronto comenzaron a señalar que ese conflicto estaba empoderando a Vox. Y si bien la crítica del Estado de las autonomías estaba presente en el programa de Vox, tampoco estaba previsto que pusiera tanto énfasis en el rechazo al sistema autonómico para combatir al secesionismo en Cataluña. Esa perspectiva más general, ejemplificada con Cataluña, levantó inmediatamente las alarmas de todas las fuerzas nacionalistas en el país.

El resultado de esta dinámica se ha traducido en un incremento -no muy grande pero apreciable- del apoyo electoral del nacionalismo en Galicia, País Vasco y Cataluña. Así que la polarización territorial está servida y lo previsible es que se retroalimente a corto plazo: cuanta más actividad del nacionalismo mayor radicalidad de Vox y viceversa. Esa tensión creciente, en el marco de un país que ha disuelto la posibilidad de consolidar una fuerza política de centro, compone un escenario poco halagüeño. Todo parece indicar que serán los grandes partidos los que verán aumentada su responsabilidad en la búsqueda de alguna solución para estabilizar la gobernabilidad del país.

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