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Colombia: otra muestra de la sabiduría popular

jueves 06 de octubre de 2016, 10:02h

La tarde del pasado domingo 2 de octubre abandoné Bogotá en medio de la tormenta mediática. Días atrás había presentado en la capital colombiana mi libro sobre el osado negro Juan Valiente. Y como el vuelo de regreso era a las 6 de esa tarde tuve tiempo de enterarme del resultado del referéndum sobre el Acuerdo de Paz. Despegué con un pésimo sabor de boca. Sí, tengo que reconocerlo, yo era uno de esos incautos que, junto a las encuestas, creía que el SI iba a ganar por poco, pero que se impondría la cordura después de todo.

Conocí pues en el aeropuerto la estrecha victoria del NO (por un 50,2% de los votos emitidos) y la enorme abstención (sólo acudió a las urnas el 37%). Mi primera reacción fue pensar que los partidarios del SI se habían confiado demasiado. Pero luego recordé la sensación que tuve cuando fui a comer por el centro bogotano: nada daba la sensación de que ese era un día decisivo; las rondas llenas, los mercados callejeros repletos. No puede evitar la sensación de completa indiferencia que se desprendía del ambiente.

Más tarde, cuando empecé a preguntarme sobre las razones del batacazo, comencé a darme cuenta de que iban conformándose progresivamente dos discursos encontrados, entre los partidarios del SI y del NO, que, me parece, apenas van al fondo del asunto.

Por un lado, desde Europa y Estados Unidos (y desde Naciones Unidas), partidarios del SI en Colombia, el desconcierto general se orientaba progresivamente hacia la conjugación de dos factores: el ascenso del populismo y el riesgo de usar el mecanismo del referéndum en ese contexto. Muchos recuerdan el Brexit. Y algo de razón tiene esa explicación. Pero no agota el problema. Porque cabe preguntarse ¿y por qué hay gente que se deja seducir por el populismo? Respecto del uso del referéndum, creo que se tiende a arremeter contra el mecanismo. Y eso es como confundir la máquina con quien la opera. La cuestión sigue siendo ¿por qué la gente votó como lo hizo en el plebiscito?

El otro discurso, predominante entre los partidarios del NO, es de dirección opuesta. Se votó NO –señalan- porque el pueblo es sobradamente sabio y supo distinguir entre una paz justa y otra que no lo es. Y entonces se amontonan los argumentos falaces acerca de las imperfecciones del Acuerdo. Que los líderes de las FARC tendrían que pagar sus crímenes, mientras los paramilitares y el ejército no deberían hacerlo; o que detrás del Acuerdo llegaría el castrochavismo, entre otras lindezas semejantes. Cierto, el Acuerdo no era perfecto. Nadie que leyera las 297 páginas de su texto dejaría de ver sus problemas. Pero ese acuerdo imperfecto es cien veces mejor que la ausencia de ninguno. O la elevación al limbo, que es donde ha quedado ahora la paz en Colombia; sin que nadie sepa muy bien cómo se saldrá de esa situación.

Ahora bien, ambos discursos tienen paradójicamente un punto en común: consideran que el pueblo -o el electorado, para ser menos enfático- nunca se equivoca, es sabio por naturaleza. No hay que preguntarse por la cultura cívica y política de la gente, porque eso sería una desconfianza reprochable acerca de la sabiduría popular.

Sin embargo, yo creo que ahí está la clave de lo ocurrido. La cultura política de los sectores medios urbanos oscila entre la indiferencia y el rechazo a un acuerdo de paz con las FARC. Más aun, podría afirmarse que esos sectores en Bogotá y las principales ciudades viven de espaldas al país profundo (que es donde se desarrolla la guerra). Algo que, por cierto, no sólo sucede en Colombia: la Lima señorial, por ejemplo, ha vivido y vive de espaldas al mundo indígena y campesino en el Perú.

Es cierto que esa cultura cívica y política está impulsada por la derecha y en concreto por el expresidente Uribe. Pero el efecto de don Álvaro no es tan decisivo como se piensa. O dicho de otra forma, llueve sobre mojado. Una buena parte del pueblo colombiano es insolidario, provinciano y extremadamente snob. Un colega del PNUD me decía en Bogotá hace unos años, cuando se discutía el amplio programa para la reparación de las víctimas del conflicto (que también tuvo en contra al expresidente Uribe), que si eso se decidiera en un plebiscito, la mayoría votaría NO. Lo mismo que votarían las ciudades en un referéndum si Santos quisiera respaldar los acuerdos que hizo con los pueblos indígenas.

Esa cultura política profunda es la que es necesario cambiar en Colombia para que sea posible una paz verdaderamente estable y duradera. O al menos tener muy en cuanta esa realidad para no confundirse cuando se solicita que los colombianos voten por algo. Resulta una evidencia que la fuerza de los argumentos sensatos no es suficiente. Y que muchos colombianos saben distinguir perfectamente entre lo que tienen que decir al encuestador para no quedar mal, y lo que luego votarán según su verdadera intención.

En ese contexto, la victoria de Uribe es doble. Por una parte, ha logrado que su demagogia oriente el voto de esa población de pobre cultura política. Pero sobre todo ha conseguido el propósito de evitar que el Acuerdo se recordara como una operación de Santos. Ahora tiene la oportunidad de que la paz sea también obra suya. Su tesis de que a las FARC había que derrotarlas militarmente ahora probablemente se convertirá en que hay que derrotarlas políticamente. La pregunta es si todos los frentes de la guerrilla van a estar dispuestos a esa derrota total que pretende este demagogo que sabe apoyarse bien en los aspectos menos presentables de la cultura política de muchos colombianos.

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