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El reconocimiento republicano del valor funcional de la Corona

lunes 26 de diciembre de 2016, 19:22h
Para que nadie se confunda comenzaré diciendo que soy republicano por convicción personal y tradición familiar. Prefiero un jefe de Estado elegido por voto popular que otro de origen hereditario. Y esta me parece una afirmación incontestable. La razón de que esté convencido de que la Corona tiene un valor funcional en esta coyuntura, estriba precisamente en las deficiencias que también me parecen evidentes en nuestro sistema político. Aclaro de inmediato que hablo del sistema político en un sentido amplio; es decir, no únicamente del régimen político determinado por el esquema institucional, sino también a la relación más amplia entre gobernantes y gobernados, entre ciudadanía civil e instituciones políticas. Dicho con un ejemplo, creo que los problemas políticos no refieren sólo a la necesidad de reformar el andamiaje institucional, sino a la imperiosa necesidad de mejorar sustancialmente nuestra cultura cívica y política.

Y en ese sentido la Corona me parece hoy decisiva para ayudar a impulsar el sentido de Estado, la capacidad de concertar –y disentir con criterio-, abandonar la política de banderías, el ¡Y tu mas!, y todas esas lindezas que adornan nuestra penosa cultura política. Podría afirmarse que el día que sea mucho más sencillo alcanzar pactos de Estado –en coalición de Gobierno o sin ella- no será tan necesaria la Corona.

Afortunadamente, el Rey Felipe parece bien dotado para sanear nuestra cultura política. Al menos su último discurso, menos referido a la grandeza de la Corona Imperial de siglos anteriores (algo que divide a muchos españoles), ha prestado especial atención a la necesidad de mejorar nuestra cultura cívica. Me parece encomiable el énfasis puesto en la idea del “respeto y la consideración a los demás, a los mayores, entre mujeres y hombres, en los colegios, en el ámbito laboral; respeto al entorno natural que compartimos y que nos sustenta”. Y su conclusión impecable: “La intolerancia, la negación del otro o el desprecio al valor de la opinión ajena no pueden caber en la España de hoy”. Lamentablemente, habría que corregir al Rey: no deberían tener cabida en la España actual, porque presentes –el irrespeto, la intolerancia, el sectarismo- vaya si lo están.

No tengo duda alguna de que es de agradecer que la Corona preste atención a este problema. Incluso si se tiene la convicción –como es mi caso- de que el éxito en esa tarea (conseguir la tolerancia y el sentido de Estado) conduce a largo plazo a que la monarquía acabe siendo innecesaria.

Ahora bien, en esa perspectiva de que la Corona cumpla bien con su papel de equilibrio, de templanza, en nuestro sistema político, hasta lograr que ello sea un valor compartido por una gran mayoría (que haga innecesaria su existencia), creo que conviene no ocultar los problemas que conlleva la elección democrática de la jefatura de Estado.

Conozco bien el sistema presidencialista americano (del norte y del sur) y puedo afirmar que prefiero al Rey Felipe que al Presidente Donald Trump. Es decir, para que sea efectivamente constructiva, la elección mediante el voto del Jefe de Estado depende de algunos factores importantes. En primer lugar, guarda fuertemente relación con una cultura política sanamente democrática. Desde Hitler a Trump, hay que reconocer que el problema de fondo no estuvo referido a los propios personajes (ambos fueron calificados de payasos en su momento), sino a la disposición colectiva de orgullos nacionales heridos y a la existencia de culturas políticas de bajo nivel.

Esto en cuanto al funcionamiento del sistema político en su acepción amplia. Pero también hay que señalar que el presidencialismo americano tiene problemas como régimen político. Sobre todo en América Latina viene creciendo una fuerte corriente de opinión pública que ve en la amplitud de poderes de la Presidencia uno de los principales problemas de la República. La inclinación hacia regímenes parlamentarios o al menos mixtos, donde se diferencie el papel presidencial del gobierno diario (dotando de poderes operativos a un Jefe de Gobierno), al tiempo que estableciendo un mayor control parlamentario del Poder Ejecutivo, se hace cada vez más presente en foros académicos y de opinión.
En suma, aunque puedo mantener mi afirmación inicial de que la elección del Jefe de Estado es más democrática que la fórmula hereditaria, no parece conveniente ponerse demasiado fanático al respecto. Ese puede ser un objetivo a largo plazo, pero sin ocultar la necesidad de saber cómo ir avanzando en la buena dirección, sin caer en opciones arriesgadas. Por eso, de momento, sin abandonar mi convicción republicana, puedo afirmar que la Corona tiene hoy un valor funcional en la mejora de nuestra convivencia democrática. Y deseo que el Rey Felipe siga insistiendo en la necesidad de superar los defectos atávicos de nuestra cultura cívica y política; también porque así estaremos en mejores condiciones de optar más adelante por una determinada forma de régimen.
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