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Fuerzas separatistas: encerradas con un solo juguete

sábado 09 de diciembre de 2017, 11:17h

Es cierto que el primer debate electoral en Cataluña, organizado por TVE, fue sobre todo un cruce de invectivas mucho más que de argumentos; un debate bronco y virulento, una pelea de gatos en suma. Pero no por ello menos clarificador. Más allá de razones y exageraciones, una cosa ha quedado claro para cualquiera que viera la confrontación: unos, los separatistas, pretenden continuar con el choque de trenes, otros, los constitucionalistas, quieren pasar página, dejar ese choque atrás.

Y eso queda claro, incluso si las fuerzas secesionistas tuvieran la razón moral y política. Incluso si fuera cierto que son víctimas inocentes de un Estado neofranquista, la cuestión es que no ofrecen al electorado catalán otra perspectiva que seguir adelante con el enfrentamiento que los tiene postrados. Y eso, aunque parezca increíble, es una constatación reveladora. Porque sólo hace dos semanas, ERC y Junts per Catalunya, las dos fuerzas más representativas, estaban examinando la posibilidad de encontrar una vía que significara un respiro, una tregua, en la confrontación abierta, manteniendo siempre la idea de la República independiente para un futuro más propicio. Sólo la CUP planteaba la República aquí y ahora, aunque eso supusiera la insubordinación civil.

Una opción -la del respiro, para tomar aliento- que tiene un enorme fundamento electoral. Seguir ofreciendo un escenario de confrontación sin tregua puede atemorizar a sectores importantes del voto separatista, que aunque no fueran a parar a cauces constitucionalistas, probablemente irían a la abstención. Entonces cabe la pregunta: ¿Por qué abandonan la estrategia más segura, para lanzarse a tumba abierta hacia la continuación de la pelea sin fin?

Aparecen varias causas, que, aunque tengan origen distinto, operan en un sentido convergente. Creo que la causa más importante refiere a la competencia electoral de las diferentes fuerzas soberanistas. La posición dura de Puigdemont parece que ha comenzado a atraer votos de los sectores más integristas de ERC, algo que los seguidores de esta fuerza no pueden permitirse. ERC necesita demostrar que es el partido más trasversal del catalanismo republicano. Perder esa supremacía es justo lo contrario de la perspectiva que defiende Oriol Junqueras. Pero el discurso radical de Puigdemont, apoyado por el propio de la CUP, está conduciendo a ERC a defender su flanco integrista por encima de otras consideraciones estratégicas.

Por otra parte, las supuestas acciones represivas del Estado neofranquista están convirtiéndose en un regalo envenado para el independentismo. El hecho de que hayan quedado en la cárcel los personajes más recalcitrantes, ha sido interpretado por propios y extraños como gasolina para el motor del independentismo. Sin embargo, ese hecho está resultando una enorme provocación que el secesionismo no parece con capacidad de evitar. ¿Cómo hacer una campaña relativamente moderada cuando siguen habiendo presos políticos? ¡Y ello en medio de la competencia electoral antes descrita!

En suma, en las filas del separatismo se está produciendo una fuerte tendencia a realizar una campaña radical, donde resulta difícil distinguir entre ERC, JCat y la propia CUP, porque todos compiten por mostrar su fidelidad irrestricta al procés, lo que en estos momentos significa mantenerse fieles al choque de trenes. Esa unanimidad de discurso, que puede parecer una fortaleza a primera vista, ofrece al bloque constitucionalista una ventana de oportunidad invaluable. Ya lo repite Inés Arrimadas: si el independentismo gana las elecciones sólo tendremos en Cataluña más tensión, más conflicto, más acritud, y con ello, todas sus consecuencias, sociales, económicas y vivenciales. Frente a esa acusación, las fuerzas independentistas acuden insistentemente a la justificación a partir de las injurias del Estado neofranquista, pero no pueden negar la evidencia de que su victoria solo ofrece un escenario de creciente confrontación.

Mientras tanto, en el bloque constitucionalista se produce la competencia normal dentro de unas elecciones políticas. Pero parece mucho más fácil que nazca desde ese lado una solución que permita una salida sensata a la actual encrucijada. Así las cosas, la alternativa para el 21-D parece más clara después de este primer debate: de un lado, el votante soberanista tiene la opción de atarse a las minorías activas decididas a continuar el conflicto sin tregua, o bien las abandona ante la percepción del precipicio y se refugia principalmente en la abstención; por el otro, el electorado no soberanista se mantiene cohibido y atemorizado o bien sale masivamente a votar en estos comicios. La combinación entre estas cuatro posibilidades es lo que determinará el resultado electoral. Y de paso, es lo que otorgará más o menos importancia al peso que pueda tener la marca Podemos en Cataluña, cuya posición sigue en medio de una nebulosa para el grueso del electorado catalán.

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