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Gracias Iván

martes 16 de febrero de 2021, 07:54h

Esta vez las encuestas acertaron y... ¡Salvador ganó!

El mejor ministro para los suyos, el peor ministro para los de enfrente. El líder para los propios, el que no tenía carisma para los contrarios. El conciliador para unos, el hombre sin sensibilidad para otros. El serio para sus votantes, el triste para el resto. El plano y monocorde para muchos, el riguroso para otros tantos. El elogiado por la izquierda y criticado por la derecha. El hombre tranquilo, el filósofo, el disciplinado, el leal. El protagonista de todos los informativos en el último año, es el político que ha ganado las elecciones en Cataluña. En una Cataluña cada vez más polarizada y en la que la mitad de los que han votado, se quieren independizar de España, el país del que tantos de sus dirigentes viven y del que, si no estuvieran en él, no tendrían argumentos para basar sus políticas, quedándose sin razones para justificar sus sueldos y sus partidos.

Y en la noche electoral, el ganador hizo suyo lo de “es de bien nacidos, ser agradecidos”. No se dejó a nadie, desde su familia hasta su mentor, pasando por su jefe de filas y de siglas, incluso tuvo un sentido recuerdo para un amigo fallecido sin poder contener su emoción. Y en esa lista de agradecimientos no faltó un nombre, sin apellidos, un nombre propio: Iván. El artífice de la victoria, al que posiblemente le debemos el denominado “Efecto Illa”. Porque Iván sabía que Illa era uno más en las casas de los catalanes llamados a las urnas, era de la familia, comían y cenaban con él frente al televisor, sin escucharle una palabra más alta que otra. Salvador, fiel a su nombre, hablaba de salvar vidas, los muertos le tocaban a Simón. Los cierres perimetrales, la falta de recursos humanos y materiales, las malas condiciones de los sanitarios, las restricciones, los contagios, eso no era cosa suya sino de las Comunidades Autónomas. Lo suyo era la esperanza, las vacunas, el principio del fin, elogiar la responsabilidad y el esfuerzo de los españoles y todo, con una admirable serenidad, sin perder los papeles, sin broncas, con sus manos entrelazadas, bajo su flequillo y con la misma mirada siempre tras sus gafas de pasta.

Iván sabía que era el momento de volver a Cataluña por la puerta grande, tenía el candidato ideal. Nadie hubiera arriesgado, nadie hubiera quitado al ministro de sanidad en la peor crisis sanitaria de nuestra historia, con decenas de miles de muertos sin aún saber el número exacto. Nadie se hubiera empeñado en celebrar unas elecciones en plena pandemia con los contagios en su pico más alto. Pero Iván lo hizo, arriesgó y ganó. Y no era la primera vez que lo hacía contra todo pronóstico, por eso, su jefe volvió a confiar en él porque, precisamente, nadie mejor que él sabe lo que puede llegar a lograr.

Lo de Iván no es ideología sino ideas. Es estrategia, visión, anticipación, agilidad, información, gestión, control, adaptación, análisis, calle, marketing, comunicación, mensaje, imagen. Vive en la excelencia profesional, en una campaña electoral diaria y constante, en una semana llena de lunes... Iván Redondo es la mano derecha que ha devuelto el poder a la izquierda.

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