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La mentira

miércoles 03 de junio de 2020, 11:54h

Bueno, pues ya estamos a Miércoles.

Un nuevo miércoles con Debate en el Congreso, al que asistiremos impasibles pase lo que pase. No sé si será una sesión de control o de descontrol, porque la verdad es que cada semana nos ofrecen un nuevo espectáculo sus Señorías. Se ve que son cosas de eso que les encanta llamar “nueva política”, pero que más bien tiene mucho de rancia y muy poco de política.

Lo que sabemos seguro es que se aprobará una nueva, y parece que definitiva, prórroga del Estado de Alarma. Lo demás lo iremos viendo.

Y no sé a ustedes, pero a mi desde pequeña me han dicho que no se debe mentir. Que eso de decir mentiras no está bien. Que hay que decir la verdad. Aunque yo creo que la mentira es algo inherente al género humano. Puede ser más o menos sofisticada en función de la edad o la circunstancia. Incluso a veces podemos mentir por evitar sufrimiento al otro, o por evitar lo que consideramos un daño mayor. Y esto lo justificamos diciendo que no es del todo mentir, que es más bien no decir toda la verdad... Pero en fin, no pretendo entrar en temas morales, que cada uno tiene bastante con su vida. O con sus engaños o autoengaños.

Lo que veo es que nos hemos acostumbrado a nuevos términos como posverdad, que es una mentira asumida como verdad emocional. O las fake, que no es otra cosa que una noticia falsa, una de las peores caras de la mentira. O los bulos, esos mensajes falsos disfrazados de verdades. Vamos, mentiras al fin y al cabo.

Y lo que es muy grave es que nos mienta quien tiene la obligación de decir la verdad. Quitándole importancia a la verdad porque nos miente con toda la intención de ocultar hechos y datos. Y que nos mientan es un problema, pero el mayor problema es el que tenemos nosotros, que sabiendo que nos mienten parece que no nos importa. Eso es lo realmente grave.

Me sorprende como asistimos anestesiados cada día a bailes de cifras y no una cantidad sin más. Son números que corresponden a personas, a fallecidos, a contagiados, a víctimas de esta pandemia. Aún no sé como pueden aparecer y desaparecer muertos de la más dolorosa y terrible estadística que hemos conocido. Que digan que hoy es el “primer día sin fallecidos” y luego cuando aparezcan lo hagan con “carácter retroactivo”. Y lo más sorprendente es cómo nos mienten con esa autosuficiencia y con la serenidad de que no pasa nada. Que pueden mentir, porque nunca pasa nada...

Y no podemos mirar para otro lado y perdonar las mentiras de “los míos” porque lo grave es cuando mienten “los otros”. No podemos consentir que nos mientan sin pudor, que nos digan algo como una verdad absoluta y lo desmientan por la tarde o al día siguiente. Un dato es un dato, no tiene interpretaciones. Y un hecho es un hecho, es algo objetivo. Sin embargo, ahora esto no es así. Nos pueden dar hasta cinco versiones de un mismo hecho y lo peor de todo, la misma persona y además, hacerse el ofendido por poner en duda su credibilidad. No se puede negar lo grabado por unas cámaras de seguridad, o por un micrófono indiscreto o lo escrito y firmado en un papel. Total no pasa, nada. Nunca pasa nada...

Pues lo siento, pero si pasa. No pueden quitarle importancia a la mentira. No pueden crear una “verdad oficial” y mentir con toda la intención de hacerlo. Porque una mentira jamás se convierte en verdad por mucho que se repita. Porque si antes no merecíamos un Gobierno que nos mintiera ahora tampoco lo merecemos... Porque esto no se trata de estás conmigo o estás contra mi. Se trata de que merecemos respeto y que nos traten con dignidad. Porque no nos pueden hablar de transparencia quien nos priva del derecho a saber.

Por eso cuando esto pase, que pasará... Recordaremos que hubo un virus que tiñó nuestras vidas de una terrible y dolorosa verdad. Una verdad en forma de enfermedad y muertes. Una verdad transformada en una crisis sanitaria, económica y social desconocida y para la que no estábamos preparados. Y fue entonces cuando fuimos conscientes de que no podíamos consentir que se faltara a esa verdad, porque hacerlo era mentir. Y fue entonces cuando vimos claro que necesitábamos certezas, credibilidad, confianza. Porque el poder no se podía sostener en una mentira y era mejor decir “lo siento, me he equivocado” y asumir responsabilidades, que sacar pecho y mantener una mentira como si fuera una verdad absoluta.

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