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Cuatro años con Francisco

viernes 17 de marzo de 2017, 09:53h

El pontificado del Papa Francisco acaba de cumplir cuatro años. Afortunadamente para él y para todos los seres decentes que quedan en el mundo, católicos o no, nadie le ha servido una taza de té cargada de ponzoña. Felicidades Santidad. No es poco sobrevivir y mantenerse entero en esa selva de intereses y compromisos que crece en las estancias vaticanas. Otros, antes que usted, sucumbieron en el empeño o terminaron reducidos y aislados en sus aposentos privados. Su antecesor, sin ir más lejos, incapaz de superar las tensiones palaciegas que diluían su inteligencia natural y su cultura universal, dimitió y buscó la paz en el limbo de personajes eméritos. No es su caso, Santidad, todo lo visto parece indicar que la sangre latina que le corre por las venas encandila su espíritu.

Son muchas las variantes que Francisco pretende introducir en el devenir de la Iglesia Católica. Como buen jesuita que es, teñido además de vocación franciscana, desde que se sentó en la silla de Pedro, ha levantado las banderas de la misericordia, la piedad, la humildad y el perdón. Seguramente, su personalidad maduró contemplando la miseria del prójimo en las poblaciones arrabaleras de Buenos Aires. A pesar del esfuerzo de tantos y de la solidaridad internacional, en muchos lugares de nuestro mundo prosperan las hambrunas, las enfermedades mortales, el abandono y la incultura, la pobreza absoluta, los genocidios y las guerras interminables. La barbarie es el común denominador en muchas de las partidas geoestratégicas que se juegan en demasiados países de nuestro entorno.

Consciente de la repercusión que potencia sus mensajes, el Papa Francisco utiliza el altavoz pontificio para denunciar las atrocidades que se suceden por doquier. Por eso se le ve muy cerca de la infancia atormentada, de los refugiados, de los emigrantes sin papeles, de los excluidos, de los marginados y de la multitud de parias que malvive en la tierra. Nunca rechazará el saludo de los ciudadanos comprometidos que luchan por la justicia social y los derechos esenciales de todos los hombres. No ha podido, sin embargo, revolucionar la Iglesia.

Andar por la vida cargado con las Tablas de la Ley y el Dogma incapacita al más pintado. A pesar de todo, Francisco se atreve cada día a proponer el debate de temas que parecían intocables: el celibato de los curas, el papel de la mujer en la Iglesia, la integración de los divorciados en la vida cotidiana de las parroquias o los orígenes de la pederastia que envilece a tantos servidores de Dios. Sin arrogancia alguna, con la mansedumbre humanitaria que le caracteriza, el Papa Francisco ha tendido la mano a las parejas de hecho, al colectivo gay y a las mujeres que han practicado el aborto.

Las olas que provoca el Papa no terminan de llegar a España. La Conferencia Episcopal acaba de renovar el mandado del Cardenal Blázquez, colocándole como segundo a Monseñor Cañizares, un integrista de tomo y lomo. Es el mismo equipo que dirigía la institución once años atrás. Así funcionan las cosas, Santidad, en la patria de María Santísima. Aún está por llegar el anunciado viaje del Papa Francisco a España. Si así fuera no estaría de más que usted recriminara el papel interpretado por la Iglesia Católica en nuestra historia más inmediata. Recuérdelo Santidad: los prelados de la época convirtieron el golpe militar de 1936 en una “Santa Cruzada”, no tuvieron piedad alguna con los vencidos, pasearon bajo palio al dictador, prestaron reliquias que Franco colocaba en su dormitorio y reprimieron a varias generaciones de españoles aplicándoles con tenacidad las distintas versiones del nacionalcatolicismo. Nunca pidieron perdón al pueblo español y ya va siendo hora de que alguien cierre esa tremenda herida.

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