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Estoy en contra

viernes 02 de octubre de 2020, 18:54h

Cuentan de Unamuno que, al llegar a una tertulia del Ateneo de Madrid en la que participaba, exclamó: “yo me opongo; ¿de qué se trata?”, dejando estupefactos a sus contertulios. Eran cosas de don Miguel, un vasco español, catedrático de griego, rector de la Universidad de Salamanca, atormentado por el deber de morirse, fue llevado a enterrar a hombros de falangistas, pese a que antes fue desterrado a la isla de Hierro, por Primo de Rivera, padre. Siempre anduvo a la contra.

La vieja Escolástica determinaba que las potencias del alma eran tres: memoria, entendimiento y voluntad y así lo proclamaba aún el Ripalda Graduado, que tuvimos que aprender, de memoria en algunos tramos, si queríamos pasar de grado. Entonces, saber sumar y restar era importante; pero, el examen de catecismo era oral y se efectuaba ante un tribunal presidido por el cura párroco, el alcalde, o en su defecto el juez local, y el maestro, como vocales.

Eran tiempos trasnochados, de oscuridad rural e imposiciones de seminario conciliar, de conciliar de Trento, claro está, que se había encaramado al Ministerio de Educación de Lora Tamayo, cuando la verdad provenía de Roma, sede de la Verdad. Naturalmente, yo estoy en contra de aquello.

Realmente, Wundt, en Leipzig, en 1875 y, casi simultáneamente, William James, en Harvard, habían asestado un golpe mortal a la psicología racional. A partir de ellos, la psicología fue científica, o funcional. El alma dejó de ser una substancia y se convirtió en un ente de razón, o un hálito para simbolizar la espiritualidad del Arte. En consecuencia, sus potencias se desvanecieron, convirtiéndose en acto. Quiero decir: la memoria son engramas que guardamos en los iones del sodio del cerebro y cada persona, si no se emborracha, ni se droga, puede albergar varios trillones (lo de los trillones lo digo por decir algo…), que andan en circulación por los pasillos del cerebro. La memoria ni es histórica, ni democrática, es química y cada persona tiene la suya, según el esfuerzo que haya puesto por llenar sus archivos; esto es, sus entendederas.

El entendimiento es fruto del trabajo que hacen los circuitos cerebrales. Mediante impulsos bio-eléctricos manejamos la información que tenemos y llegamos a ciertas conclusiones. Este proceso se condensa en intuición, rápida e imprecisa, inducciones y deducciones lentas y sesudas. Pensar cuesta trabajo. Y pensamos cuando tenemos instrumentos para hacerlo y disciplina mental. También hay que aprender a pensar. Sin esfuerzo, ni disciplina, sólo podemos aspirar a ser borregos, un bicho vulgar, o un aprendiz de ser humano que tiene intuiciones fugaces e inconexas, un homínido pre-sapiens, vaya, aunque viva en el siglo XXI. Ante este resultado, posible, también hay que estar en contra.

Y la voluntad, con permiso de F. Nietzsche, hoy es la motivación, que se muestra como impulso, enraizado en lo instintivo, que desata hambre de sensaciones y placeres, y, remontando el vuelo, anhelos y deseos más complejos, o afán sublime de superación cuyas cotas alcanzan lo numinoso. Tal vez, la voluntad no deja de ser voluntad de poder. Pero, incluso en este caso, el hambre de poder hay que sembrarla y con buena simiente, si no queremos toparnos con el delirio de presumir de doctorado sin haberlo trabajado, el adanismo, la psicopatía narcisista o la fuga hacia la enajenación de la drogodependencia. Todo ello demanda una fuerte oposición.

Puede ser que la ministra Celáa, aunque no lo parece por su estilo, esté resentida por la formación que dieran las teresianas de Getxo, dado el esfuerzo que exigían y la disciplina que impusieron. Casi seguro, eran condiciones conciliares, de las de Trento, que se abrieron paso con prurito de Contra-reforma, con ánimo de reformar la Reforma. Es comprensible. Pero aquellos y todos los traumas se curan en el diván del psicoanálisis, o con las catarsis de la Gestalt, o la ludoteca del Análisis Transaccional. Nunca proclamando decretos-leyes que amparen la desidia como actitud existencial, la alexitimia nihilista y el desfondamiento general de la persona.

La pedagogía krausista no tiene suspensos; tampoco hace exámenes, ni tiene textos. Y, no obstante, funciona y muy bien. La evaluación es continua, la hacen al unísono maestro y discípulo, en función de los resultados del trabajo que desarrolla el discente. Éste tiene objetivos, que consigue total o parcialmente, en virtud del proceso que desarrolla, secundando un método de trabajo y una tarea constante, llena de sentido lúdico y ambición por el saber.

Esto nada tiene que ver con el decreto-ley promulgado que habla de “suspensos sin límite” que no pueden condicionar la obtención de los títulos. Ni siquiera hará falta hacer chuletas para copiar en los exámenes. Será suficiente que te suspendan y pasarás de grado, en paridad con los alumnos de excelencia, trabajadores, que hayan sabido aprovechar su tiempo para adquirir conocimientos y desarrollar habilidades mentales.

¿A qué valores responde tamaño disparate?, ¿qué pretensión se aloja detrás de ese planteamiento degradante para cualquier ser humano?, ¿acaso creen que la autoestima del niño o del adolescente mejorará por no recibir suspensos?, ¿creen que el alumno que no sabe, desconoce que no puede parangonarse con su condiscípulo que sí sabe?.

A mi modesto juicio, creo que hay ingeniería social detrás: a medio y largo plazo, quieren garantizar el proletariado mental. Si logran desguazar la voluntad, perdón, la motivación de autorrealización, aquella que preconiza Maslow en su pirámide y consiguen cerebros sin consistencia, que no piensan ni saben pensar, tendrán asegurada una masa crítica sin criterio, homínidos hambrientos de sensaciones y derechos, que no puedan valerse por sí mismos y dependerán de la providencia del Estado, drogadictos de la subvención y el subsidio, siempre a expensas de la voluntad política.

A esto hemos de oponernos padres, maestros, mentores de la sociedad de cualquier ámbito, desde una rebeldía sacrosanta e irrenunciable, que nos concierne, simplemente, como seres humanos desarrollados. Al menos, yo estoy en contra.

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