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Poder personal

miércoles 07 de octubre de 2020, 19:07h

El poder es una realidad concreta, compleja y específica de cada ser humano. En tanto que fuerza inherente a la persona, tiene carácter bio-psico-social, como el resto de atributos de la condición humana.

Disculpen que haya de recurrir a algunas obviedades, para fundamentar el artículo.

El cuerpo dispone de características que le otorgan una capacidad física por sí mismo, en virtud de su salud y fuerza de trabajo. En su dimensión psíquica, también el cuerpo condiciona la autoestima de la persona, en atención a su belleza, la sensualidad de sus movimientos, la edad bien asumida, etc.. En tercer lugar, la dimensión social del cuerpo se calibra por el impacto que produce su estatura, las destrezas que muestra, la mirada y atractivos que cautivan y enervan a los demás.

La psiquis se hace corporal cuando se transforma en disciplina deportiva, empeño por conservar la salud, ascetismo en el control de la ingesta y hedonismo en su disfrute. En conexión consigo misma, la psiquis es un estado de consciencia, una revelación, un saber acerca de uno mismo, de cuanto somos y nos concierne. Y, de cara a los demás, cada estructura psicológica es modélica: la inteligencia es una apuesta por la eficacia para resolver problemas; el sistema de pensamientos contiene una “Weltanschauung”, una comprensión de la realidad; la ideología y sistema de creencias, no son sino una hermenéutica; el prurito de ingenio e iniciativas, no siempre admirables, pero susceptibles de comentario y evaluación, son un alarde de valentía. Y, en todo caso, cada vida humana tiene un alcance magistral, es una lección a aprender y comprehender.

La dimensión social de cada persona, su sintalidad, nos viene dada por nuestra pertenencia a un grupo, a una cultura, a una civilización. Ello nos permite tener nuestra identidad, el desarrollo de la sensibilidad, gustos, hábitos, costumbres y aspiraciones. La sintalidad condiciona, en sentido estricto, el ejercicio de la psiquis y las actitudes respecto al cuerpo, como puedan ser los cánones de belleza.

Bien, pues siendo así, que cada uno tenemos un poder propio bio-psico-social, los españoles tenemos una apetencia consuetudinaria de mirar al BOE, esperando que la solución de nuestros problemas la provea el Estado-providencia. Prueba de ello son el millón de peticiones de la renta mínima social que se han presentado hasta hoy. El Estado ha estudiado 300.000, de las cuales ha denegado la mitad. El dato nos denuncia.

El Estado está integrado por personas que piensan, sienten, tienen iniciativas, u ocurrencias, piensan y aciertan, o se equivocan; es decir, ejercen su poder, como cualquiera de sus congéneres. El poder, en el Estado, es legislativo, de los diputados; ejecutivo, de ministros y secretarios de Estado; y judicial, de jueces y fiscales. Todos son personas, nada más, ni nada menos que personas, igual que usted y yo.

Valga un ejemplo sencillo: en Nueva Zelanda, nuestros antípodas, el Covid-19 se ha cobrado la vida de 25 personas. Como quiera que su población a duras penas alcanza los cinco millones, en esa proporción, a nosotros nos corresponderían 245 muertos por esta causa; hasta completar la cifra de 50.000 muertos que hemos tributado, toda la responsabilidad no es del BOE, por muy errático y atolondrado que sea Illa y su no-ministerio. Y menos mal que Illa se llama Salvador.

Acerca del ejercicio del poder personal, recientemente, nos da un ejemplo Curro Nicolau Castellanos, un abogado valenciano que, a título personal, según parece, se ha convertido en azote jurídico de los derrotes de Illa y su no-ministerio, quienes con una simple Orden Ministerial, que ni siquiera han publicado en el BOE, han semi-confinado Madrid y otros nueve municipios, ciscándose en artículos de la Constitución. El desafuero jurídico, dice el Sr. Nicolau, curro tenía que ser, se detecta durante el primer curso de la carrera de Derecho. ¡Ojala fuéramos tan curros como él los restantes 47 millones de españoles!

Tenemos la amenaza de la totalitaria Ley de la Memoria Democrática, que pretende imponer una verdad única e incontestable sobre la nefasta Segunda República Española, su fracaso estruendoso y luctuosas consecuencias. Si todos callamos y no reproducimos lo que nos han contado nuestros abuelos y padres, o hemos estudiado en monografías, mejor o peor documentadas, esa Ley saldrá al gusto del Vicepresidente Iglesias, por muy investigable que él sea, cuyo abuelo tenía mucho que ocultar, tanto de sus gestas en el bando republicano, por su pertenencia al Comité Rojo de varias localidades, que le merecieron una condena a muerte, como, posteriormente, tras ser indultado por Franco y “colocado” por Girón de Velasco, colaborando en la exculpación de los sublevados por la muerte de García Lorca. Esto de repicar y estar en la procesión es de cuna.

Más inminente aún queda la renovación del Consejo del Poder Judicial, la Tercera Cámara que, despectivamente, llaman algunos. Recientemente, en USA, ha muerto una juez del Tribunal Supremo del ala que aquí llamaríamos progresista y Trump, aprovechando la oportunidad, ha nombrado a otra de su cuerda. Allí, estos jueces son vitalicios y nadie puede removerlos tras su nombramiento. Esto es una garantía para su independencia que, después de ser nombrados, sólo han de rendir cuentas ante su conciencia. Podríamos copiar.

No obstante, si cada magistrado actuara como el Sr. Nicolau, los Diputados “progresistas” y los otros podrían recibir miles de cartas y propuestas, bien fundamentadas en Derecho, sobre cómo renovar, otorgando mayor autonomía al Consejo, a fin de que dejase de ser la Tercera Cámara, que sólo denota la imperfección de nuestro sistema democrático.

Es Hegel quien dijo que “una vez que el campo de las ideas se revoluciona, la realidad no puede resistir”.

¡Españoles, apliquemos la instrucción hegeliana!

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