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El referente bufo

lunes 30 de noviembre de 2020, 11:18h

Todos los seres humanos, antes o después, adoptamos referentes, personas modélicas según nuestro criterio, a las que admiramos y amamos, antes de identificarnos con ellas y copiar su usos, dejes verbales, costumbres y estilo de vida. Ahora los llaman “influences”, en inglés, para darles un hálito más esnob y sofisticado, que disimule y no resulte tan diáfano como “influencia”.

Los referentes no siempre son personas de excelencia. Ni siquiera han de ser personas de éxito. Los perdularios también pueden ser referentes, bien por su afectividad, bien por los encomios que suscitan sus hazañas de crápula, bien por otras categorías que deslumbren y entusiasmen a quienes los adoptan.

Los medios de comunicación constituyen una inmensa plataforma para “vender” referentes, que provienen del mundo del deporte, de la canción, de la moda y de mundos así, entre banales y secundarios. Tales personas han de ser jóvenes y atractivas, porque, a su vez, han de constituirse en agentes de venta de otras marcas. Al final, se convierten en la percha que exhibe un producto o un modo de consumo envidiable, un eslabón más de la cadena de ventas. Productos del capitalismo, que producen consumo.

La ciencia, la industria, la gestión de los negocios no ofrecen referentes comerciales, aunque las personas realicen un trabajo excelente, sean profesionales de garantía y tengan un saber trascendente. Vende lo bonito y joven, sin que aparezca esfuerzo; en cambio, resulta repulsivo lo sesudo, que exige disciplina, afán de superación y amor al trabajo diario. Pagamos con tarifas elevadas las apariencias estéticas de relumbrón, aunque vivimos, realmente, de constancias serias y labores consistentes.

Recientemente, ha muerto Maradona, sin duda, un referente deportivo, que surgió de “Villa Miseria” y logró éxito, a escala mundial, por su virtuosismo con la pelota. Después, sobrevivió a rastras de la politoxicomanía; quizá buscando llenar su propia vacuidad. Era un socialista que tuvo problemas con el Fisco italiano durante veinte años, hasta que se avinieron. Ha dejado varias viudas y una familia numerosa, que nunca pudo reunir en torno a una mesa, para tener un almuerzo con todos ellos juntos.

El velatorio y entierro se han producido en loor de multitudes, que han oficiado de sí mismas, con frenesí emocional, como un tiaso de bacantes en éxtasis orgiástico, que pisotean la cordura y el respeto a sí mismas. Muchas de estas personas podían tener al “Pelusa” como referente, otras se contagiaron de devoción al ídolo y todas claudicaron de humanidad. Las masas son así, de irracionalidad furtiva, vesánicas.

La coda de esa vida serán los pleitos en todas direcciones: herederos entre sí por el reparto; herederos juntos contra el Fisco de acá y allá, porque el finado, al parecer, ha dejado una suculenta fortuna, también dispersa por el mundo. Las demandas contra sanitarios poco diligentes y contra la funeraria exhibicionista, ya han comenzado.

Hace décadas, fui invitado por el Gobierno cubano a participar en un congreso. Quedé deslumbrado por la profundidad y precisión de conocimientos que tenían los psicólogos y psiquiatras de la isla. Los elogié por ello, y me explicaron que la actualización de conocimientos era para ellos un deber de subsistencia, ya que la magra subida de sueldos dependía de la evaluación continua de su profesionalidad.

Me programaron una visita al hospital psiquiátrico de La Habana, donde Maradona había hecho un proceso de desintoxicación y me enseñaron su alojamiento con santa fruición, como quien muestra una reliquia única y auténtica: era un apartotel dotado de cocina propia, con todos sus enseres y electrodomésticos, cuarto de estar con televisor e incluso, quiero recordar, un jarrón de cristal de Bohemia, baño completo, una gran terraza con mesa de ping-pong, futbolín y otros juguetes. Todo un lujo de socialismo real.

Cuando no teníamos detrás la televisión cubana…, mi mujer y yo hicimos excursiones alternativas y nos adentramos por el barrio del Vedao. Allí, la realidad socialista era muy diferente. Los huertos urbanos florecen entre los escombros, como los brotes verdes del olmo medio podrido de Machado. Las vetustísimas casas del Virreinato, que aún se mantienen en pie, presentan por fuera un aspecto deplorable y, por dentro, el orden de un hormiguero humano.

El socialismo de Fidel, cuando una pareja regularizaba su convivencia, le asignaba un piso, propiedad del Estado, en no importa qué lugar, ni qué intereses tuviera la pareja. En consecuencia, los cubanos recurren a otro subterfugio para administrar su hacinamiento: la construcción de “barbacoas” (sic). Con maderas que recogen entre los escombros, fabrican un falso segundo piso, dentro de las habitaciones virreinales, de arquitectura romántica, que resultan demasiado altas y ostentosas. En tales altillos, instalan el camastro para la nueva pareja, al que llaman barbacoa..., por lo mucho que se suda a temperatura caribeña. Así, conviven abuelos, padres, hijos, nietos y bisnietos, en 50 metros cuadrados, convertidos en 100 ó 110, por obra de la creatividad y gracia del socialismo impuesto.

No vengo a decir que el socialismo cubano, como el venezolano y el argentino sean tan elitistas como el soviético y el rumano de los Ceaucescu, sino que aprovecha los ídolos, fabricados por el capitalismo, a los que cuida con esmero cínico y propone como referentes a imitar, porque, como el rico Epulón, derraman migas de su mesa bien surtida, aunque ellos vayan en volandas de un proceso autolítico.

El núcleo del problema es ese, el proceso destructivo que se adueña de los referentes bufos, que se levantan como un tolmo sin base de sustentación, brillan como estrellas fugaces y se ahogan en sus propios humos.

El fútbol es el tercer negocio del mundo, tras el tráfico de armas y droga, un Potosí financiero, que bien puede destinar una parte ínfima de su volumen a cuidar la salud íntegra de sus trabajadores, como bien holístico bio-psico-social. A su vez, este tratamiento puede revalidar el poder referente de sus figuras estelares, porque el niño, el adolescente y el adulto necesitan modelos sanos.

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