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Pigmeos en el ser y gigantes de soberbia

miércoles 24 de junio de 2020, 09:29h

Con el título de este artículo catalogaba Gracián, en el siglo XVII, a cada hijo de su madre y su humor, casado con su opinión, …, cada uno de su gesto y su gusto, enanos del alma, vengativos que la guardan toda la vida y la pegan, hiriendo como el escorpión con la cola”.

Los clásicos no pierden actualidad, escriben para siempre, aunque a ellos les cueste la vida, como le ocurrió a don Baltasar.

La persona enana de alma es rígida y contumaz, porque todo cuanto tiene es su pequeñez. En los espacios pequeños, no caben muchas cosas y, especialmente, no hay capacidad para la grandeza. Si es el alma la pequeña, sólo entrará alguna idea, simple más bien, y la alexitimia emocional, ningún sentimiento más allá de lo instintivo, que es más corporal que espiritual.

Este tipo de personas es liliputiense porque no ha desarrollado bien sus funciones y, consecuentemente, la estructura se ha quedado desvaída, su creatividad inane y su criterio irrelevante, sin cuajar.

El raquitismo mental y psicológico es consecuencia del confinamiento a que han estado sometidos. Hay familias, a la derecha y a la izquierda del espectro, que constituyen grupos cerrados, pobres de ideas y millonarios de intransigencias que, o bien carecen de vida social, o bien mantienen lazos convencionales con sus iguales, única y exclusivamente. Otro clásico dijo aquello de similes similibus curantur que, dicho en el latín actual, viene a destacar que quienes son semejantes entre sí sólo se relacionan con sus semejantes. Así, crean círculos cerrados de opinión, ideales opacos, aspiraciones menguadas y costumbres rancias. Es la igualdad universal que impone un rasero que rueda muy bajo, a ras de tierra, o menos.

La igualdad universal, para unos, es el maná que a todos alimenta lo mismo, y más porque viene de bobilis bobilis, sin que haya que hacer contraprestación alguna; para otros, es el bálsamo de Fierabrás, que todo lo arregla, aunque luego se queda en bravuconada, que ahora se llama postureo.

En las cuevas de igualdad universal de los grupos cerrados, suele germinar la igualdad endogámica que no diferencia al alto del bajo, al macho de la hembra, al tonto del listo, al dulce del agraz, al culto del gañán. Al final, como ocurre en toda endogamia, sobreviene la esterilidad. No obstante, entre tanto, la defensa está en encastillarse en la singularidad de la igualdad indiferenciada y, ya que el grupo está confinado, ha de hacer la cueva más profunda, más oscura y más estrecha, como los topos.

Cuando la cueva es la propia familia, el niño abandona el nicho familiar por imperativo legal, aun cuando la tutela del dogmatismo básico se entromete en el resto del proceso educativo; primero, seleccionando las fuentes para evitar las que pudieran ser críticas con el ordenamiento de partida; a continuación, ya se cuidan de desacreditar cualquier atisbo de opinión alternativa que surja.

Los grupos cerrados son guetos ideológicos, que funcionan con prácticas sectarias: el patriarca o matriarca, el líder o lideresa, pontifica porque está en posesión de la verdad; posee un catecismo indiscutible que impone, sin paliativos; preserva a sus adeptos de cualquier contaminación, aun cuando haya de dejarlos ayunos de saberes y, en cualquier caso, no deja espacio para confrontación de ningún género.

El dogma florece en la soledad de un retiro en el desierto, o germina en la soledad de una celda, o es parido en la cúspide de un delirio de iluminado. A su alrededor, el grupo cerrado se constituye en portavoz y difusor.

Al niño que tiene la desgracia de nacer en un grupo cerrado, le llega la adultez de sopetón, por sorpresa. Lo engañaron con los Reyes Magos y el Coco y, sin tiempo para desengañarse, tiene que ponerse a vivir. Él creyó, a pies juntillas, a sus papás y a los instructores que estos invistieron de autoridad; nunca discutió nada, ni siquiera como ejercicio retórico; y, de repente, se ve obligado a defender lo que tiene, lo único que tiene: una idea ajena trasvasada, que se tragó entera, sin deglutirla, ni asimilarla. Ahora, se ve obligado a hablar por boca de ganso.

El enano mental es gigante de soberbia, a pesar de sí mismo, no puede ser más de lo que es, un pobre de espíritu, escaso de miras, unidimensional, apóstol de todo cuanto sea igual a sí mismo y huero de cualquier otro papel. Su soberbia es fachada, pura apariencia de ser solvente, que esconde la nadería. Y, como no tiene nada con que replicar, se le suben los humos, se crispa, frunce el ceño y achina los ojos, cobra énfasis y vocifera, sin percatarse que, de esa manera, delata mejor su vacuidad y nihilismo.

En positivo: el crecimiento de la humanidad del hombre progresa gracias a los nutrientes que se le suministran al cerebro. Éste no funciona de forma lineal, unidireccional y unívoca, porque es un sistema estocástico: la variación de un solo elemento transforma todo el conjunto. Cuando algo cambia, cambia todo. Un dato nuevo exige la reconfiguración de miles de engramas; una experiencia distinta obliga a desarrollar más espinas sinápticas y generar nuevos circuitos neuronales, a cualquier edad; la persona se hace más inteligente, porque su estructura es más rica y compleja. En sentido contrario, el hábito, que no hace al monje, sí entontece, depaupera la singularidad posible, mientras acrecienta la igualdad.

Por supuesto, un complejo de nutrientes está en los libros, donde reposa la sabiduría de los muertos, gente que pasó y dejó un legado, las conclusiones de su vivir, los pensamientos y destrezas que les sirvieron y quisieron transmitir.

Leer es saber lo que pasó, o pasaba, cómo reaccionaron y qué solución alumbraron. Esa sabiduría ilustra el entendimiento, amuebla el cerebro y endereza la orientación existencial de cada cual. Ni estamos solos, ni todo empezó hoy. Aunque sólo fuera para evitar la desgracia del adanismo, estaría más que justificado incluir en el curriculum escolar un par de asignaturas de filosofía. Además, estaríamos haciendo más versátiles los cerebros.

Los vivos, además de escribir reflexiones sobre el acontecer cotidiano, somos capaces de dialogar (dia-logos, en griego: a través de la palabra, mediante la razón) otro gran nutriente del cerebro. Ni siquiera importa que hablemos sobre la verdad, el progreso está en conversar, de conversari, al pie de la letra vivir en compañía, estar con el contrario, convivir con quien es diferente, para aprender de él, precisamente porque es distinto. Y, si nos gusta más la etimología de conversare, vamos a hacer girar los sentidos, pero juntos. En todo caso, pluralidad, riqueza para el cerebro y progreso para la humanidad.

En tercer lugar, la humanidad se agranda con la experiencia, no importa de qué. Catón dejó dicho que una inmensa necedad es pasar el día ocioso. El ocio no es negocio para hacerse hombre. En cambio, experimentar es un reto al aprendizaje, una aventura, una búsqueda de novedades, que deriva en desarrollar cerebro. Esta es la clave de las técnicas que se utilizan para enfrentar el síndrome de Down o la enfermedad de Alzheimer. Y lo que es útil para corregir una disfunción conviene sobremanera para aumentar y enriquecer la función.

Leer, dialogar y experimentar están en nuestras manos para crecer en humanidad y tener una sociedad progresista.

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