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Trayectoria y destino

jueves 10 de septiembre de 2020, 13:10h

La verdad, vestida o desnuda, nos gusta cuando favorece nuestras expectativas y nos molesta siempre que hiere, o amenaza, a nuestro narcisismo. Esto lo aprende un niño, antes de cumplir tres años. Por eso, se muestra ufano ante la verdad que delata el progreso de sus destrezas y aprende a mentir en cuanto teme una reprimenda, o un castigo.

La habilidad para mentir puede reflejar ingenio y creatividad; hasta puede ser un alarde de imaginación y soltura de energías, cada oportunidad que el niño aprovecha para inventar un relato, diferente a la realidad, que lo exonera de culpas. Cada vez que logra éxito con su trampa, parece que gana, porque otro carga con su responsabilidad y él, o ella, se libra de toda culpa; pero, realmente, pierde. El mentiroso es un jugador con mal pronóstico: juega a poder a los demás, pero es un perdedor.

En primer lugar, el aprendiz de fabulador pierde el respeto a la autoridad, tras comprobar que puede engañarla y esto lo puede dejar sin referentes. En segundo lugar, al no asumir las consecuencias de sus hechos, se zafa de la penalización y crece sin límites, en el país de las maravillas y del todo es posible. En tercer lugar, aprende a huir hacia adelante, creando mentiras, cada vez más gordas, atrevidas e inverosímiles. Además, cuanto más afamado termine siendo, más descrédito acumula.

Aunque la fabulación no sea siempre espléndida, los educadores, sobre todo padres y abuelos, sin percatarse de ello, pueden reforzar la propensión a inventar, porque la inventiva del niño los deja fascinados, hasta que ésta se constituye en tendencia, un hábito, un rasgo de la personalidad del educando.

En la adolescencia, el campeón de las fabulaciones puede recibir apodos como “Ocurrencias”, “Pinocho”, “pastor del lobo” y así, otros por el estilo. Ello entra en la tarjeta de presentación social del embustero, cada vez más avezado en sus destrezas.

¿Qué ha pasado por dentro, en su estructura psíquica, para que ésta, una vez separada de la realidad, no se rompa en mil pedazos y prosiga en su afán novelero?

De entrada, hay que señalar la pretensión de ambigüedad, que el mentiroso busca, como el pez anhela el agua para nadar. Crea ambigüedad, combinando, a su antojo, los datos de la realidad y elementos cognitivos que tiene, como si jugase con un caleidoscopio. Al hacer la recombinación, o recombinaciones sucesivas, se desguazan las significaciones de origen que tenían los datos, que ya no quieren decir lo que decían, se han transformado, dejan de ser fieles a la realidad y obedecen al alquimista que los maneja. Son sus datos, que gozan de mayor verosimilitud para el fabulador que los que le provee la realidad, que no están elaborados y, por tanto, son más imperfectos. Este es el crédito de confianza que el fabulador se otorga a sí mismo: lo que él/ella inventa es más fiable que la realidad. Por eso, quien sufre de pensamiento fabulador es el primero en creer sus embustes, aunque la mentira tenga las patas muy cortas.

A continuación, ha de contar con su voluntad de progreso. El mentiroso no está cómodo ante el posible reproche social que pueda concernirle, por un lado; y, por otro, sabe que la sociedad tampoco disfruta ante un obstáculo que la realidad pueda presentar. Consecuentemente, pretende ir “más allá” de una u otra contingencia, inventando una realidad más confortable para sí mismo y/o que dé seguridad a los demás. El embustero es un progresista, en sentido estricto, se sale de la realidad para crear una nueva normalidad, que resulte más acogedora y reparta felicidad por doquier, encanta como el flautista de Hamelín.

En tercer lugar, el fabulador sufre una acuciante necesidad de reconocimiento. Él aprendió a ingeniar historias alternativas, ante la complacencia y aplauso mudo de sus padres, abuelos y mentores. Allí, se produjo un condicionamiento pavloviano: mintió para que no lo castigaran y tuvo éxito; o mintió para ver sonreír a sus progenitores y estos lo complacieron; o mintió lúdicamente, como una hybris de confrontación para exasperar a sus compañeros de juegos, que quedaban estupefactos ante sus ocurrencias, en cuyo caso ganó muchas veces, o se enfadaban muchísimo por sus desplantes, en cuyo caso, ganó también en otras tantas ocasiones. Es decir, hay muchos refuerzos en la trayectoria pasada. Sin embargo, las ganancias de entonces eran falsas: ganaba a costa de los demás, aunque él, o ella, no se enriqueciera, verdaderamente.

En cada uno de los sucesivos momentos presentes, la personalidad del impostor va aplicando su viejo truco: proyectar en el otro la causa de sus fracasos y construir relatos alternativos con datos falseados, que generen ambigüedad y favorezcan reconstrucciones posteriores que le favorezcan.

En esa tocata y fuga, el impostor tampoco duda de presentar como propios hechos o ideas ajenas, si intuye que así va a mejorar su imagen. Fabula, pero no sabe pensar con respeto a la realidad y obediencia a la disciplina que exigen la Lógica, la Crítica o la Epistemología. Realmente es una personalidad hueca, sin criterio propio, ni madurez de pensamiento, ni ordenamiento mental. Siempre improvisa, pergeña una historieta nueva y sale del paso arrasando cuanto se le ponga delante.

Los delirios de grandeza son una consecuencia de su pensamiento fabulador. Inventa tanto, que llega a creerse un genio, un demiurgo de la realidad. Si se tercia, ante la tesitura de tener que redactar una tesis doctoral, no duda de apropiarse del trabajo de otros y estampar su firma abajo. Nadie tiene que enterarse, ni molestarse en hacer comprobaciones. Esto no le ha ocurrido nunca…, cree.

Sobre la dificultad para pensar, surge la necesidad de hacer por hacer, a tontas y a locas, al albur de los emergentes; hacer y hacer, con tal de aparecer. Tras la escena del sofá con una doña Inés de dieciséis añitos, se va a la cena con el Comendador y riñe y mata y huye, dejando un rastro desolador.

El destino del embustero es estrellarse, porque mientras él, o ella, urde nuevas tretas y engañifas, la realidad sigue su curso inexorable, divergente a buen seguro, o con encrucijadas que exigen prudencia en el cruce.

Avisados estamos.

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