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Batallas en familia

miércoles 15 de mayo de 2019, 12:08h

En las pasadas elecciones generales se eligieron diputados y senadores. Estos últimos en listas abiertas. Allí podía haberse presentado Miquel Iceta si pensaba erigirse en presidente del Senado respaldado por los electores de Barcelona, que era su circunscripción. Pero al presidente del Gobierno en funciones se le ocurrió que Miquel Iceta debía llegar al Senado y presidirlo cuando ni tan siquiera era senador electo. Ha dado por hecho que, no siendo senador en la actualidad podía convertirse en senador cooptado a una vacante sobrevenida en el Parlamento de Cataluña. Es decir, por una vía indirecta que permite acceder al cargo por un camino en el que los independentistas deberán agradecerle sus ambigüedades a Iceta. Este se convertiría en una clase de senador por vía de suplencia con una estabilidad dependiente del rumbo de la política parlamentaria interna de Cataluña ya que las asambleas autonómicas funcionan conforme a sus estatutos y, por tanto, a su propia mecánica.

Dar por hecho el funcionamiento automático de dicha mecánica es una improvisación más del estilo de Pedro Sánchez y hace necesario aprovechar una vacante sobrevenida e implorar el apoyo o abstención de los grupos separatistas para que no impidan la promoción de este diputado autonómico de un grupo parlamentario minoritario del Parlamento catalán cuyo pleno debería condescender sin que se sepa a cambio de qué. En esta retorcida situación, el plan sería que cuando se constituya el Senado, los senadores elegidos sin subterfugios deberían elegir, siguiendo la orden de Pedro Sánchez, como presidente, al menos representativo de entre todos ellos.

Este vergonzoso procedimiento explica por si solo el concepto despectivo que tiene el presidente Sánchez de la Cámara Alta. Hasta hoy, a nadie se le había ocurrido que su presidente emanase de ese sector de elección indirecta y duración impredecible, subordinado a un órgano de distinta periodicidad y representatividad a la de la mayoría de los componentes de la Cámara Senatorial. Así es como considera Sánchez que se podría representar la tercera posición en el escalafón de las autoridades democráticas españolas. Es la fórmula más humillante para el resto de los senadores y para los electores que acaban de votar en las urnas en listas abiertas una composición directa del Senado del que depende, entre otras cosas, la aplicación del Artículo 155 de la Constitución. Se dirá que Pedro Sánchez propuso esto porque puede, de acuerdo con el resultado de unas elecciones generales en las que los partidos que se dicen defensores de España, divididos en tres e incapaces de pactar ninguna estrategia común, le han regalado un poder sin otras limitaciones que las impuestas por los enemigos de la unidad del Estado que miden sus favores de acuerdo con sus propios intereses separatistas.

Las consecuencias de esta mentecatez del llamado centro-derecha saltan a la vista. La renuencia de las extremidades asimétricas que le han nacido al Partido Popular a izquierda y derecha a formalizar ningún acuerdo para acudir aliados al Senado con un reparto razonable de puestos a la medida de unas expectativas demoscópicas o, cuando menos, garantizándoles generosamente formar grupo a cada una, han dado los siguientes resultados que deberían resonar en sus conciencias: VOX, senadores 0; Ciudadanos, senadores 2. Lo peor es que el centro-derecha no parece haber escarmentado de la estrategia suicida de operar dividido en tres ante un enemigo capaz de congregarse si les conviene en torno a un Iceta o a otro peor.

Ahora estamos en campaña para las elecciones europeas, municipales y autonómicas, estas donde las haya. El hábil posicionamiento de las generales unas semanas antes de estas otras no permite evitar la tripartición ni formalizar pactos preelectorales. ¿Sería mucho pedir que, por lo menos, se lanzasen mensajes esperanzadores por parte de los candidatos en juego que dijeran que, aun siendo diferentes, estarían dispuestos a unir sus fuerzas si sumasen aritméticamente lo suficiente para liberar a los municipios españoles de la pesadumbre de esas corporaciones ineficaces, sectarias y revanchistas que, con la complicidad del socialismo sanchista, ocupan tantos ayuntamientos con su inoperancia y su mugre?

No se percibe tal mensaje sino un navajeo mitinero como si el objetivo primero fuese borrarse unos a otros. Una oposición impotente y chuleada desde el poder parece luchar por el liderazgo del fracaso antes que por la derrota de sus adversarios. Allá, en Navarra, ese operativo que se titula “Navarra Suma” es como un ejemplo de unidad (UPN-PP-Ciudadanos) no secundado sino sustituido por la dispersión de esfuerzos y la pólvora gastada en fuego cruzado entre parientes. Es muy fácil pero imperdonable proclamarse defensores de España y distraerse en batallas entre familiares. Pero, a estas alturas, no hay que hacerse falsas ilusiones. Unos equipos políticos venidos a menos no van a resurgir por su propio impulso de sus cenizas. Solo cabe esperar al instinto del pueblo. Quizá los electores, por sí mismos, puedan dar la lección de votar con más fuerza hacia la cabeza de la familia. Es la última esperanza.

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