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Catalexit aplazado

lunes 05 de febrero de 2018, 11:02h

Esta historia penosa de los independentistas catalanes embaucando a una parte considerable de su pueblo en un proceso político delirante y dañino para su prosperidad parte de un error de cálculo imperdonable como es confundir su confrontación con un Estado secular con la guerrilla coyuntural contra un Gobierno o peor, contra el partido que gobierna o, aún peor, contra la persona que preside dicho Gobierno. Una visión estrecha como es reducir la situación a un choque entre Rajoy y el deprimido Puigdemont. En esta visión reducida se basaba aquella imagen del “choque de trenes” con el que se amenazaba al Gobierno con una catástrofe ferroviaria de consecuencias incalculables a nivel regional, nacional e internacional. El choque de trenes era una fantasía truculenta de quien no tenía tren ni vía propia y solo podía cruzar un carricoche sentimental en un paso a nivel sin barreras. “Paso sin barreras. Atención al tren”, que se avisaba. Porque con quien iban a cruzarse los independentistas no era con el carruaje del partido de Rajoy; desvencijado en Cataluña y desgastado en España; ni con el carruaje supletorio ganador de “Ciudadanos”; con la imagen de Inés Arrimadas, juvenil y sin complejos. Los insolventes políticos independentistas iban a cruzar su carricoche decimonónico con la marcha del tren del Estado que no consiste solo en Rajoy, su equipo de Gobierno o su círculo de partido, sino con todas las instituciones que componen el mecanismo constitucional: La Corona, los tribunales, las Cámaras representativas de la democracia parlamentaria, la diplomacia, las Fuerzas Armadas, las academias, las entidades económicas y sociales, la sociedad civil, las alianzas y tratados internacionales y, en resumen, el pueblo español como un conjunto que puede ser plural en cuestiones opinables pero que actúa mayoritariamente unido en la defensa del beneficio común para todos de su unidad.

Que Puigdemont y sus amigos deliberen apartados de la vía por el tren de la legalidad, reunidos en el apeadero de Waterloo, no quiere decir que el proceso independentista tenga abierto ningún camino. Pero tampoco significa que los del apeadero no vayan a continuar cultivando su empeño. La siembra de semillas seguirá dando malos frutos, aunque estos puedan ser menos si el cultivo es menos intenso y los medios públicos no puedan malversarse con tanta facilidad como hasta ahora. Son muchos años predicando una quimera con los caudales oficiales y muchos años de ausencia de una réplica operativa y tenaz contra los mitos del agravio, del robo o del europeísmo fragmentable. La quimera fue sembrada como germen de una animadversión hacia la solidaridad y como un culto al particularismo, en Cataluña y en otros territorios europeos, como se puede observar en el partido flamenco que ha acogido a Puigdemont o, en palabras mayores, en la lamentable deriva que llevó al Reino Unido a salir de la Unión Europea, con la hipótesis de que crecerían más y venderían mejor liberándose de los lazos y compromisos que lo vinculaban con otros Estados de la U.E. Ahora ya es tarde en el Reino Unido para poder rectificar sin daños. Están en el “fuera es fuera” de Juncker mientras se deteriora su economía gracias a aquel referéndum que les sirvió en bandeja el equivocado David Cameron creyendo que los separatistas lo perderían. Ahora buscan desesperadamente un acuerdo para rebajar la baja de su economía, muy lejos de toda ilusión de crecer. El peor negocio de la historia del Reino Unido comienza a mostrar sus consecuencias negativas. Todas las ventajas de la insolidaridad eran falsas y mal calculadas.

Afortunadamente para Cataluña Mariano Rajoy no es David Cameron ni Puigdemont es Theresa May aunque juegue a aparentarlo. El intento de convertir Cataluña en un catalexit es una operación frustrada. La mayoría de los habitantes de Cataluña lo agradecerán pero una gran minoría, ofuscada mentalmente por predicaciones simplistas, renegará de quienes no han sido capaces de imponer el inexistente derecho a decidir de los menos contra los más o de la parte contra todo. La escaramuza no ha dejado un escenario limpio ni agradable pero es la demostración de la superioridad de la razón de Estado sobre las ofuscaciones locales. “Los últimos días de la Cataluña republicana” no son Los últimos días de Pompeya. Durante la II República española bastó con que el general Batet desplegase una compañía de soldaditos frente a la Generalitat. Durante el reinado de Felipe VI bastó con que el Juez Llarena tomase unas medidas cautelares de prisión preventiva. Poca cosa para evitar un mal mayor. Pero queda mucho trabajo por hacer en los campos de la educación y la información para que la aparatosa chapuza del independentismo no se consolide como un quiste permanente en el cuerpo de Cataluña. Por el momento todo son dudas sobre los plazos a convocar sesiones de investidura o, consecuentemente, nuevas convocatorias electorales. Quienes han hecho del catalexit una agencia de colocación o un negocio turbio no dejarán que se apague la llama que les da calor y empleo, aunque anestesien las extravagancias del circupístico e impotente proceso unilateral de Puigdemont.

En medio de la confusión es necesario que brille más fuerte la luz de la solidaridad española y que el conjunto de los españoles sean capaces de mirar hacia un horizonte de más largo plazo que las legislaturas de Rajoy o las ansias por colocarse de la clientela política de Puigdemont y de Oriol Junqueras. La reacción del Estado no debe ser mitigada por la debilidad de ningún Gobierno ni por el oportunismo de ningún partido. El separatismo debe constatar que no solo fracasó ayer, sino que no predominará en el presente y no tiene ninguna expectativa de que cambien las tornas en un futuro. El catalexit no está aplazado porque la vía esté ocupada reglamentariamente. El catalexit está aplazado como siempre y para siempre.

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