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Debate conventual

martes 16 de mayo de 2017, 12:28h

Hemos tenido el placer de ver el debate celebrado entre tres contrincantes a la Secretaría General del PSOE. Esta confrontación interna fue un espectáculo novedoso para quienes no formamos parte de la comunidad llamada a participar en la elección y, por tanto, lo vimos con esa morbosa atención de quien mira por la ventana indiscreta del patio de vecindad la refriega de los habitantes del piso de enfrente. Por ello nuestra opinión no vale para diagnosticar sus consecuencias operativas sino solo para observar sus apariencias.

El debate estaba destinado a los militantes de una comunidad que, como todas, está formada por gentes más radicales en sus convicciones que quienes opinan desde la fría mentalidad de espectadores de un pleito o con la malicia de quien goza del mal ajeno. Quiere esto decir que en los días que están transcurriendo hasta que los socialistas voten se construirá un paisaje especulativo basado en las opiniones de quienes pretenden ajustar la política del PSOE a los intereses de la política general, poniendo en ruta al PSOE desde fuera del PSOE, con la colaboración de los medios informativos empeñados en influir en ese mundo recóndito que es el aparato interno de un partido. Es como si fuese televisado el debate de los miembros de una comunicad monástica en trance de elegir a su padre superior y creyésemos que el resultado de la elección pudiera anticiparse por la brillantez o elocuencia de los discursos y no por lo que los monjes tramasen en los diálogos y componendas tramadas en la sombra de los claustros.

Desde este punto de vista superficial, como observadores indiscretos del debate, debemos anotar que este tuvo una imprevista superioridad en el tono de Patxi López, aquel candidato menos forrado de avales y expectativas. Su llamada a la unidad y a la concordia resultó más convincente que la agresividad nada disimulada de los contrincantes Susana Díaz y Pedro Sánchez que pusieron de relieve una profunda división en el seno de la comunidad socialista. La relativa equidistancia de López se adornó con una pátina de veteranía que proporciona haber pasado algún tiempo en cargos como el de Lendakari o Presidente del Congreso que obligan a armonizar contradicciones o templar gaitas. Estas virtudes, sin embargo, no es de suponer que sean justamente valoradas por una comunidad apasionada y parcializada. Lo más probable es que la templanza de López haya servido para rebajar algún grado la temperatura irascible del sanchismo y beneficiado al susanismo.

Susana Díaz se presentó más segura y sensata aunque le faltó solidez en la exposición de las convicciones constitucionalistas que se le atribuyen. Quizá se sintió temerosa de perder terreno en el campo de ambigüedades donde pretende pescar Sánchez. Sánchez, con la herida abierta de su defenestración por la nomenclatura del partido, expresó toda la irracionalidad del vencido que prefiere morir matando. Desde la observación externa al claustro militante nos parece que para la misión urgente de recomponer un partido fracturado vale cualquiera que no sea aquel que con su conducta personaliza la esencia de la fractura. Sánchez, enfrentado a la gestora y dimitido del grupo parlamentario puede soñar una revancha pero no capitanear una recomposición. Desde el punto de vista del espectador que por exceso piense que cada uno de los tres aspirantes a Secretario General puedan considerarse como hipotéticos candidatos a presidir el gobierno de España, hemos de decir que ninguno da la talla mínima deseable. Pero eso es asunto a debatir en otro tiempo y en otros foros. Entre tanto solo cabe desear que alguien se comprometa a recomponer con un buen pegamento el rompecabezas del partido socialista. Para ello, desde fuera del convento, da la impresión de que Susana Díaz tiene las mejores posibilidades de cumplir un papel maternal sin haber hecho grandes méritos para merecer el triunfo. La duda es que no sabemos que se tramará en los pasillos claustrales durante tantos días de penitencia. Lo que sí es cierto es que, mientras el socialismo se derrumba en Europa, en España hay un deseo general de lo mejor para el PSOE. En las manos de los militantes socialistas, sin presión ni influencia ajena, está la posibilidad de levantarse como alternativa de gobierno o diluirse en el turbio caldo de las izquierdas radicales.

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