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El taller de las mociones

martes 27 de abril de 2021, 10:20h

Cuando el Covid obligó a establecer distancias para evitar contagios, los consejos de ministros pasaron a celebrarse en una estancia más espaciosa, decorada con algunos cuadros de artistas contemporáneos en cuyo testero, tras la cabeza presidencial de Pedro Sánchez, figura una obra del famoso Miquel Barceló titulada en francés “L´atelier aux sculptures”. Un emplazamiento privilegiado, capaz de hacer famoso a un cuadro a través de su transmisión semanal por televisión. Pero al pintor no le agradó y manifestó su rechazo en declaraciones a la prensa, diciendo que el cuadro debía estar en el museo Reina Sofía y no sirviendo como pieza de propaganda. Barceló no tenía razón para quejarse ya que, si el cuadro es propiedad del Estado, libre y legalmente adquirido, el Gobierno puede colocarlo donde juzgue conveniente dentro del ámbito oficial.

El misterio es por qué le gustó este cuadro a Pedro Sánchez para presidir los debates ministeriales. Es posible que carezca de sensibilidad para estimar un cuadro y que se lo hayan colocado los servicios de decoración de la casa atendiendo a una petición inconcreta de pinturas contemporáneas para aparentar modernidad. Pero el famoso taller de esculturas es un salón desmantelado, rodeado de estatuas abandonadas y herramientas de trabajo, sórdido y mugriento, sobre cuyos suelos se mueven unos perros famélicos olvidados por unos amos desaparecidos. Es una escena pavorosa, impropia para animar a un país con paro y pandemia. Bajo esta escena espeluznante Pedro Sánchez ha pretendido actuar como promotor de gobiernos autonómicos originados por mociones de censura capaces de asociar pasiones negativas antes que esperanzas, como fue su propio camino a La Moncloa. Así lo intentó en Murcia, en Castilla y en Madrid y, como reacción se ha encontrado con unas elecciones madrileñas que no le permitirán esculpir a su medida, sino que se ha obligado a actuar como elector, enzarzándose con el candidato interpuesto Ángel Gabilondo en una batalla contra Isabel Díaz Ayuso. Fracasado su taller va a luchar, con su equipo ministerial, en un terreno que, por su torpeza y por la gafancia del cuadro de Barceló, amenaza con un resultado negativo de repercusión nacional. Todo por no poner atención en el simbolismo desolado del cuadro.

Paracaidismo

Pedro Sánchez cree que formar parte de su Gobierno confiere carisma electoral. Con tal convicción lanza a sus ministros como paracaidistas capaces de reforzar a las unidades de su partido en campaña. En Cataluña lanzó a quien era ministro de Sanidad en plena epidemia. Pero la toma de tierra del paracaidista Illa no tuvo otro efecto que dejar a los separatistas donde estaban. En Madrid pensó que un vicepresidente de su Gobierno sería suficiente para levantar la potencia alicaída de Podemos hasta convertirlo en un socio capaz de formar coalición con las cansinas huestes de Gabilondo. Saltó Pablo Iglesias, con impulso personal, pero, tras laboriosa palabrería, todas las encuestas lo sitúan en el furgón de cola, rebasado hasta por una Mónica García patrocinada por su antiguo correligionario Errejón.

Visto el peligro, ha lanzado a otra teórica paracaidista, sin necesidad de renunciar al cargo ministerial, Reyes Maroto, anunciada futura vicepresidenta de Gabilondo. Esta es la ministra de Industria elegida para gestionar la reconstrucción del tejido empresarial, especialmente el sector turístico tan dañado por la pandemia. Esta ministra con mochila, pero sin desplegar el paracaídas, debiera sumar votos a Gabilondo, necesitado de ayudas de altura, aunque sean ministros cuya actividad en el Gobierno es un folio en blanco. A Reyes Maroto le enviaron una navaja ensangrentada, como de tragedia de García Lorca, como a otros, balas de fusil, a través del servicio oficial de correos que, según parece, tiene en huelga de brazos caídos a los vigilantes de los detectores de metales durante las campañas electorales. Estos acontecimientos lamentables han obligado a Pedro Sánchez a participar personalmente en la campaña para intentar conseguir en Madrid una coalición a imagen y semejanza de la que preside en el Gobierno de España.

Don Repollo y Doña Berza

Quizá Sánchez sea tan soberbio para creer que su implicación en la campaña ha sido capaz de salvar a Gabilondo y doblar el pulso a Ayuso. O puede que sea más retorcido y piense que forzar al PP a entenderse con Vox, ante un suicidio de Ciudadanos, complicará a su principal adversario en una complicidad con la extrema derecha que le restará imagen para unas futuras elecciones generales. Lo que no parece pensar es que su persona sea quien salga descalabrada. Su resanchismo es un segundo pase de la misma película en un cine de barrio y un revolcón, frente a una lideresa novata de gesto ingenuo, puede dejar a todo un presidente del Gobierno de España convertido en un estadista frustrado.

Es probable que Gabilondo continúe siendo líder de la oposición en la Asamblea de Madrid. Pero no está tan claro que Pedro Sánchez siga otros tres años levitando en la Moncloa. Si la marca PSOE sale mal parada en Madrid nadie puede confiar en que triunfará en inefable coalición con el comunismo podemita en el futuro. El incauto Gabilondo se atrevió a decir en plena campaña: “Pedro Sánchez es Pedro Sánchez y yo soy Ángel Gabilondo y a las elecciones me presento yo”. No es así. Ángel Gabilondo es Ángel Gabilondo, pero las elecciones las puede perder Sánchez. El soso y serio se va a quedar como estaba, con los comunistas en casa. Será el fruto del resanchismo que habrá hundido al socialismo madrileño, la solera del socialismo obrero y español, para un tiempo indefinido. Los nervios de Sánchez delatan que ni él cree ya en el resanchismo y por eso recurre desesperadamente a los enfrentamientos de Pablo Iglesias que predica libertad o fascismo contra Abascal, que imitándole podría predicar libertad o comunismo. No valen las truculencias de Pablo Iglesias ni las repulsas de Rocío Monasterio. Si tomásemos en serio un duelo entre fascismo y comunismo sería que habríamos retrocedido un siglo en la historia de Europa. Son exabruptos, como escribía Quevedo, de la misma sangre: “Don Repollo y Doña Berza- de una sangre y de una casta”. Para el resanchismo decadente es peor abrazarse al “querido Pablo” que para Isabel Díaz Ayuso aceptar un parche de Vox. La Berza es solo una anécdota en la historia política pero el Repollo es la servidumbre a un dogma comunista anacrónico en un gobierno actual, europeo y democrático. La fábula del Repollo y la Berza es un espejismo manipulado por Pedro Sánchez para movilizar votantes infantiles.
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