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En campaña

Ha empezado la partida con las piezas en las posiciones conocidas: los fuguistas en Bélgica y los presuntos en prevención. Los dudosos bajo fianza. Los partidos hirviendo dentro de la olla a presión llena de gases expansivos, contradictorios y extemporáneos como fanatismo y regeneración, corrupción e inversión, resentimiento y esperanza, patriotismo y traición. Una campaña catalana de difícil pronóstico, sin líderes indiscutibles ni ideologías bien definidas con arreglo a estándares cosmopolitas. Las tendencias populares han sido contaminadas por propagandas engañosas y presiones vecinales. Las promesas sin garantías de cumplimiento han sido defraudadas por cobardías y las lealtades minusvaloradas por la pasividad. Pero, con todos esos ingredientes, a pesar de todo, es prácticamente imposible que el resultado final de estas elecciones sea peor de lo que fue la situación precedente organizada por el equipo de Puigdemont.

Las encuestas, que solo son fotos fijas de momentos previos, señalan tendencias condicionadas por votos cautivos a adscripciones irracionales que parecen mantenerse como si aquí no hubiese pasado nada. Pero, también, indician que no todos los engañados quieren seguir engañados indefinidamente. Es decir, que se detectan movimientos transversales del voto aunque en proporciones menores de lo que sería de esperar. No toda la población parece consciente de la bancarrota a donde los ha llevado la irresponsabilidad de las banderas esteladas. El separatismo, legal y racionalmente vencido, da la impresión de mantener sus zonas de influencia ligeramente recortadas pero repetitivas. Pero es evidente que ha venido a menos, no a más. Quienes manipularon los sentimientos elementales de los más ingenuos desde los medios oficiales malversados de una Autonomía desleal no parecen capaces de obtener una mayoría popular que respalde sus pretensiones falsamente plebiscitarias.

Quienes para justificar su rebeldía tuvieron que ampararse en el espejismo de una artificiosa mayoría parlamentaria basada en la mayoría de escaños otorgada en las provincias de menor población, no parece que vayan a obtener ahora mejores resultados como premio a su falacia política. Se darían con un canto en los dientes si consiguiesen llegar a donde antes estuvieron. Quienes renegaron, vacilaron o aplazaron las metas que predicaban con ardor no serán merecedores de más crédito que antes del batacazo. Aunque los resultados no reflejen la desafección que merecen van a ser peores para ellos en mayor o menor grado. Inician la campaña, cuando menos, subiendo la cuesta arriba de su fracaso nacional e internacional.

En cuanto a la población solidaria con el resto de España es evidente que ha despertado. Ha desplegado banderas, superado sus complejos y vencido sus temores. Es evidente que van a ser más de lo que parecían ser. Sus votos serán suficientes para formar un gobierno o se quedarán escasos pero, en cualquier porcentaje, serán un freno contra la ficticia marcha que creían ascendente los separatistas y una exigencia para la conducta de los gobernantes responsables del ejercicio de la soberanía nacional general de todo el pueblo español. Basta con que acudan a votar aquellos que lo hacen en las elecciones generales en que se limitaban a abstenerse por su desprecio hacia las querellas locales para que el resultado sea una muralla insalvable para una pretensión de uniformidad y hegemonía del separatismo. Todos los sondeos coinciden en el pronóstico de una participación sin precedentes ¿De dónde van a salir aquellos que anteriormente no votaban?

Por ello sopla un aire de optimismo entre las filas constitucionalistas. El monocultivo nacionalista no se ha extendido y, esta vez, no existe un oficialismo regional traidor jugando a sus anchas con las facultades que la Constitución y el pueblo les ha dado para otros fines. Quizá los trasvases de votos sean menores de lo que merece el desastre del gobierno estrambótico de Puigdemont pero el despertar de los durmientes, el ánimo de los indecisos y la rabia de los engañados va a modificar en varios puntos el fiel de la balanza. Hasta ahí ha llegado la aplicación del Artículo 155 de la Constitución y la descomposición vergonzante del hipotético frente de la independencia republicana de Cataluña. La situación podrá ofrecer mejores o peores perspectivas para la formación de un gobierno regional, incluyendo la imposibilidad de un acuerdo, pero la situación política no va a ser igual al pasado ni peor. Se va a partir de una situación mejor para Cataluña y para el resto de España.

¿Por dónde van a discurrir las tendencias? Parece claro que Ciudadanos va a subir mucho, hasta la primera fila de la escena política. Que el Partido Popular, lastrado con la carga de ser el brazo del Gobierno "opresor” no crecerá lo que debiera pero, tampoco, retrocederá lo que esperaban sus detractores. El socialismo catalán es un enigma, por la ambigüedad de sus dirigentes. Hay que comprender la dificultad de buscar componendas sin ambigüedad con un líder nacional tan mermado como Pedro Sánchez y representarlo con la inseguridad con que baila Iceta. Pero con esa tropa hay que contar, para bien o para mal. La peor pieza de este juego que pretende no ser doctrinalmente separatista y comportarse como si lo fuese, lleve el nombre de Podemos o Común, es donde todo lo destructivo vale contra lo que España representa como historia, como presente o como futuro. El Patio de Monipodio de los antisistema amenaza con su doblez la convivencia en concordia de los españoles allí donde se mueve y opta por lo peor. En Cataluña ha llegado a ese gran escaparate que es la alcaldía de Barcelona. Quizá haya que esperar que Barcelona despierte y no se deje arrastrar por quienes no saben lo que quieren.

Diríamos que, en resumen, no es posible confiar alegremente en que vaya a ocurrir lo mejor pero tampoco es posible barruntar que pueda ocurrir lo peor. Pese a los movimientos transversales con sombras siniestras de rencor infinito de perdedores eternos, en la Navidad de 2017 no vamos a estar peor que en la de 2016. Son otros, los insolidarios, los que tienen que ir pensando en cómo pueden hacer las cuentas del tío Paco con la rebaja. Se presiente quienes van a menos y quienes van a más. Un separatismo que va a menos no tiene futuro. Esta es la buena señal con que arranca la campaña.

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