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Fronteras de Europa

lunes 28 de diciembre de 2020, 11:14h

Los asuntos exteriores de España no derivan de una ideología o de un personalismo sino de su ubicación y su historia. Las naciones significan lo que significan sus fronteras porque sobre la ideología está la geografía. Marruecos está donde está y es la frontera de España y de la Unión Europea con África. Nada menos. De comprender lo que esto significa viene o venía la tradición de que la visita a Rabat fuese el primer viaje diplomático de cada presidente del Gobierno hasta que llegaron estos dirigentes imprudentes como Pedro Sánchez y su increíble ministra de Asuntos Exteriores Arancha González Laya. Acomodados a tomar como certezas las fantasías de Naciones Unidas, estos personajes fluctúan por el globo sin mirar lo que tienen a su lado. La frontera terrestre, en Ceuta y Melilla, y la frontera marítima a pocas millas de distancia con sus puertos de tránsito y sus aguas de cercanía que lo mismo sirven para la emigración ilegal que para delimitaciones de Derecho Marítimo en zonas de intereses coincidentes. Aquí se acuerdan de Marruecos cuando la inmigración irregular se dispara hacia España y hacia Europa, usando como trampolín de paso el territorio español peninsular o insular. Entonces se aspira a taponar los flujos irregulares con gestiones rogativas a nivel de ministro de Interior, cuando la batalla a nivel diplomático está perdida con el reconocimiento de Estados Unidos de la soberanía de Rabat en el Sahara a cambio del reconocimiento de Israel por parte de Marruecos, mientras la increíble ministra de Asuntos Exteriores visitaba Israel. Son como historietas humorísticas de políticos despistados que se sorprenden de que se aplacen las cumbres entre los dos Gobiernos que servían, cuando menos, para mantener refrigerados los litigios entre ambos Estados.

España, con sus costas peninsulares y sus archipiélagos mediterráneos y atlánticos, es lo que es y lo que debería ser por esa situación estratégica que no está buscada por ninguna política de turno sino por un imperativo histórico de mediación, a ser posible armoniosa, entre Europa y África. Esto, según parece, Sánchez no lo entiende y no entenderlo lo incapacita como presidente de Gobierno a la altura de sus funciones. Las relaciones entre España y Marruecos son el objetivo primario de la política de vecindad con un mundo en que van a desarrollarse los conflictos y los progresos que van a marcar el rumbo del siglo XXI que vivimos: la emigración y el Yihadismo terrorista.

Por si fuera poco la marca fronteriza entre España y África, el Brexit ha abierto otra puerta al despegarse de Europa el Reino Unido. El viejo asunto de Gibraltar, convertido en frontera extracomunitaria, lo que, según parece, pone en riesgo la “prosperidad compartida” de una zona internacional confusa, en tanto España esté dispuesta a evitar todas las molestias que origine una relación diferente entre Europa y el Reino Unido. La tergiversación del Tratado de Utrecht y las resoluciones de la ONU solo parecen ser para Sánchez y Arancha viejas reivindicaciones del pasado. Pero abrir un paso falso para que el Reino Unido siga colando a los ingleses y sus mercancías y sus sociedades anónimas por una puerta trasera de la Unión Europea es una traición a Europa y una dejación sobrevenida de los deberes que a España corresponden inevitablemente por razones geográficas. España pasa a ser un Estado miembro encargado de encauzar los asuntos fronterizos de Europa y el Reino Unido en ese punto negro que la historia a secuestrado durante siglos para justificar un apostadero militar y que, ahora, pasa a ser un puesto fronterizo anómalo. Los privilegios de la población gibraltareña avecindada en territorio europeo son asuntos que no tienen problema si esta población entendiese que su peculiar posición debería pasar a ser una cuestión de entendimiento con España olvidando su pasado colonial y tomando conciencia de que lo que les importa es Europa y no su dependencia residual del Reino Unido. El próximo año el Reino Unido habrá abandonado Europa con acuerdos “in extremis” que no incluyen a este vestigio colonial en el continente. Gibraltar deber ser sometido a un control como frontera externa de la Unión Europea, al margen de las facilidades de tránsito que puedan otorgarse a las actividades laborales de la población a ambos lados del territorio conflictivo. Una nueva situación que deberá reglamentarse a través de España y que, por tanto dependerá de España y no del Reino Unido, si el Gobierno tiene vergüenza.

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