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Indultos impresentables

jueves 27 de mayo de 2021, 11:31h

Con “normalidad” decía que hay que mirar estos indultos, como a cualquier otro, el ministro de Justicia. Con normalidad y unanimidad los ha rechazado el Tribunal Supremo. Con la misma normalidad da la impresión que el presidente Pedro Sánchez ha asumido la imposibilidad de otorgar un indulto total a los penados contra el juicio del tribunal sentenciador, pero parece decidido a mantener abierta la vía de los indultos parciales, individualizados y referentes a alguna de las penas o parte de las mismas que aún no se han cumplido.

El sanchismo está provocando un aluvión de comentarios sobre otros indultos y también manejando palabras de perdón, generosidad o convivencia. Pero no se menciona la evidente falta de arrepentimiento y la falta de peticiones personales de indulto por parte de los afectados. El arrepentimiento solo es un requisito entre otros para justificar el rechazo del poder judicial. El Gobierno no es como la iglesia que exige propósito de la enmienda y hasta dolor de corazón para absolver los pecados. Quizá Sánchez no quiere poner en trance de hipocresía a unas personas deseosas de librarse del peso de las penas. Quizá recurra a indultar discretamente y con indultos parciales a unos sediciosos que no se comprometen a dejar de serlo, en aras de favorecer “la concordia y el entendimiento”. Pero se sobreentiende que la traición de Sánchez es olvidar la defensa del Estado de Derecho para pagar vergonzosamente una deuda de ayudas parlamentarias pasadas y futuras.

Aun comprendiendo esta anormalidad moral de un gobernante ¿No existe, cuando menos, una falta de correlación entre un presidente claudicante y unos separatistas histéricos? ¿Es posible otorgar una gracia a quien no es capaz ni de dar las gracias? ¿Estos graciables contra cualquier criterio jurídico, que presionan para degradar a las instituciones del Estado ante la opinión mayoritaria de los españoles, pidiendo amnistía y despreciando los gestos condescendientes de Sánchez, no están obligados a una correspondencia proporcional de mínima decencia o, cuando menos, una temporada de respetuoso silencio? ¿El sacrificio ante el pueblo español de un gobernante a la defensiva no merecería ciertos modales para que la indignidad se olvide? ¿Estos sinvergüenzas, dispuestos a ser indultados, si es posible, por un Gobierno desprestigiado, no son capaces de corresponder autoimponiéndose una discreta cuarentena y no expresando reiteradamente su voluntad de repetir sus hazañas? Pues no, no son capaces. Se trata de una banda de chulánganos que le ha tomado la medida a un Gobierno con la dignidad por los suelos.

Ministra de Angustias Exteriores

El primer objetivo de la diplomacia es mantener buenas relaciones de vecindad. La persona elegida para desempeñar la cartera de Asuntos Exteriores que, por algo ostenta el primer lugar protocolario entre los ministros, debe, de acuerdo con el presidente del Gobierno, evitar las actividades de otros ministerios que perjudiquen o compliquen las directrices de la política exterior del Estado. Los acontecimientos demuestran que la actual titular de Angustias Exteriores, Arancha González Laya, ni ha cultivado la buena vecindad con Marruecos ni ha sido capaz de evitar que miembros de la coalición del Gobierno del que forma parte hayan faltado a la prudencia y al sentido común en sus manifestaciones y en sus actos, en el peor momento de las relaciones con Marruecos. No es extraño porque la ministra González Laya entiende que una “diplomacia discreta” es el arte de no hacer nada.

No está hecho este comentario para rebajar en ningún grado la agresión cometida por Marruecos contra España, con los más deleznables procedimientos de utilización de personas inocentes o en situación de precariedad. Pero sí para exponer que, se mire como se mire, esta persona está descalificada para dirigir la diplomacia española. La salida de Pablo Iglesias no ha sido suficiente para limpiar la incongruencia del Gobierno de Pedro Sánchez. Hay quien opina que todos sus componentes son malos. Pero los hay peores, como para que se le pongan los ojos en blanco a sus compañeras de equipo. Sánchez debería coordinar su equipo antes que soñar con el 2050 y leer los avisos de su CNI antes de escuchar los consejos de los amigos del Frente Polisario.

La agenda del vago

En 2050 España debería alcanzar las más altas cuotas de bienestar, según la distopía del presidente Sánchez, trabajando menos, recibiendo “herencias” las nuevas generaciones de parte del papá Estado, viajando todos en tren, no comiendo carne y atrayendo a cinco millones y medio de emigrantes para paliar el déficit de población en edad de trabajar fuera de casa. Este proyecto lo anuncia el mismo presidente que ha provocado la mayor deuda pública desde 1880 y que prepara la mayor subida de impuestos del siglo.

Sin esfuerzo, sin coches y sin exámenes, los listillos de 2050 vivirán en el mejor de los mundos, cuando los gobiernos separatistas, como el de Pere Aragonès, hayan desaparecido sin dejar secuelas a la unidad nacional y cuando no será necesario aumentar nuestra capacidad militar porque la paz reinará en el mundo y Marruecos habrá renunciado a toda forma de presión en los mares o territorios limítrofes. En este camino de rosas, Pedro Sánchez seguirá ganando elección tras elección, todos los delincuentes serán generosamente indultados una vez juzgados y no será necesario ningún referéndum para complacer a los separatistas ya que todas sus pretensiones habrán sido conseguidas. Los españoles ya no temerán al paro porque esta palabra habrá desaparecido del uso común. Solo se hablará de descanso voluntario de unos ciudadanos apáticos que vivirán muy contentos a costa del resto de los europeos que se encargarán, con sumo gusto, de defenderlos y de mantenerlos. Un futuro estúpido para olvidarnos de un presente antipático.

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