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La charca verde

jueves 23 de febrero de 2017, 11:36h

Si hay un asunto vano en las refriegas de la baja política es este de los nombres del callejero que parece apasionar a los partidos de extrema izquierda. Con propuestas irrelevantes por su desproporción y por el desconocimiento de los factores históricos o literarios que acompañan a los hechos y figuras que sustituyen a las desplazables de la nomenclatura callejera, dichos partidos no demuestran ingenio sino que evidencian complejos de inferioridad al sustituir sonoridades históricas que, sin entrar en juicios de ética discutible sobre su valor, les llevan a contraponer parejas de “buenos y malos” que solo suponen una pretensión ridícula de revanchismo.

Por ello no merece la pena perder el tiempo en comentar la superficialidad con que cubren su vacío de ideas estos revolucionarios retrógrados que, casi ochenta años después de una Guerra Civil, pretenden reescribir la historia a base de placas municipales. Su manía no es una novedad en las crónicas del pasado. Siempre hubo gentes aficionadas a romper coronas o escudos heráldicos, cambiar banderas, decapitar estatuas, profanar tumbas o borrar nombres donde pudieron o donde se lo permitieron. Pero la barbarie iconoclasta tenía su disculpa en la alta temperatura emocional de tiempos turbulentos. El apasionado portador de la tea incendiaria, la bandera desgarrada o la piqueta destructora era una manifestación de la ira del oprimido, de la euforia del victorioso o de la inseguridad del converso. Pero nada tienen que ver los arrebatos dramáticos de las barricadas populares con la frialdad burocrática de algunas corporaciones de mediocre gestión que pretenden suscitar atención mediática o apoyo electoral en torno a asuntos que a nadie importan demasiado, provocando quebranto económico y malestar a los distribuidores de correspondencia postal y sarpullidos superficiales en algunas pieles ligeramente sensibles, como los polvos de pica-pica que algún niño malo espolvorea en la mochila de su compañero.

Sin embargo, en algún caso, el subconsciente de los iconoclastas municipales les traiciona en tal grado que asombra a los más benévolos observadores de su basura mental. Su dimensión antipatriótica y su vocación de sapos de la política se refleja en alguna propuesta como en un turbio espejo. Flota algo hediondo que, en el caso que titula este artículo, no tiene nada que ver con nombres propios ni con choques bélicos. Es el trasfondo fangoso de la hez social que aflora con el insoportable hedor de una memoria histórica que mejor sería no recordar ni subrayar como anécdotas extravagantes. No hay que hacer otra cosa que leer la lista de propuestas del Comisionado de Memoria Histórica del Ayuntamiento de Madrid. Propuesta número 6. Cambio de denominación. Cambiar Plaza de Arriba España por Plaza de la Charca Verde.

La propuesta es una clara extralimitación de la nefasta legalidad memorística, ya que la exclamación o eslogan “Arriba España” es algo muy anterior a cualquier Guerra Civil y se utilizó legalmente en los turbulentos años de la II República. Pero la extralimitación no es lo más importante. Lo freudiano es la insensibilidad estética que supone contraponer “Arriba España” con “Charca Verde”, como quien sustituye amor por mierda. Ya está dicho todo para qué razonar. No son dos propuestas para una plaza sino dos formas de entender la vida de un pueblo. Los de la charca verde ya saben que, si prospera su propuesta harán beber todas las mañanas a los vecinos el agua etiquetada con el rótulo pestilente de una política sórdida. Una plaza titulada con el mal gusto inherente a unos políticos encharcados.

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