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La crisis del blanqueo

martes 26 de octubre de 2021, 11:23h

Otegui ya está blanqueado con la mano de cal que le dieron Podemos y Esquerra Republicana de Cataluña. Fue considerado “hombre de paz” por sus blanqueadores oficiales. Se ha explicado bien en su declaración: “Aquello no debió producirse”. Pero se produjo ¿Por qué se produjo? Pues quizá por culpa del Estado español que no tuvo la generosidad de otorgar la independencia a Euskadi y dejar a los vascos sometidos a la tiranía de una banda de dementes con aficiones sangrientas. En Éibar, ante los suyos, confesó como continúa su tarea de “hombre de paz” consistente en liberar a los terroristas que aun cumplen condenas a cambio de apoyar los Presupuestos de Pedro Sánchez o lo que haya que aprobar en beneficio de los suyos.

El problema de blanqueo es, por el momento, el de Sánchez que tiene que blanquearse a sí mismo disfrazándose de socialdemócrata ante Europa para seguir relacionándose provechosamente con Bruselas de la mano de Nadia Calviño pero sin perder el lazo que lo ata con el neocomunismo y el neochavismo. No resulta fácil, con los amigos que se ha echado para aprobar los Presupuestos y mantener viva la apariencia de una coalición de Gobierno. No parece socialdemócrata apoyarse en un partido de terroristas jubilados y “doloridos”, aunque no arrepentidos, para aprobar leyes. Tampoco parece muy socialdemocrático consentir la preparación de una futura coalición de extrema izquierda con un frente amplio liderado por la comunista Yolanda Díaz, que sustituya a los escombros de Podemos. Tampoco se percibe como tendencia socialdemocrática europea contar, a cambio de privilegios económicos, con partidos separatistas que sueñan con fragmentar la unidad y fortaleza de su propio Estado. Tampoco forma parte de los programas socialdemócratas proponer medidas que recortan el derecho de propiedad, ni intentar romper las reglas del mercado por intervenciones en el precio de los bienes con los fracasados procedimientos del más rancio totalitarismo de tradición comunista. La socialdemocracia de Pedro Sánchez es un disfraz hacia el exterior y un timo hacia el interior. Timos como el de la estampita o el tocomocho, tan típicos de la vieja picaresca nacional. En este caso, timos adornados con bonos para la juventud en medio de una crisis inflacionaria frente a la que no se hace otra cosa que esperar y verla venir.

El disfraz de Pedro Sánchez llega tarde, cuando ya nadie en Europa sueña con la resurrección de la socialdemocracia. En Alemania, Olaf Scholz, que ha ganado las elecciones siendo vicecanciller de Angela Merkel, anuncia continuar su política económica, ante lo cual la copresidenta de su partido socialista, Saskia Esken, ha dudado en público de que su colega siga siendo socialdemócrata. En Francia, Emmanuel Macron tendrá que enfrentarse a la extrema derecha de Eric Zémmour o a Marine Le Pen, ya que la candidata socialista y actual alcaldesa de Paris no tiene una perspectiva de voto superior al 5%. En Italia, los conservadores tienen una intención de voto superior a la izquierda. Los liberales y la extrema derecha le comen el campo a las viejas socialdemocracias en beneficio de futuras coaliciones derechistas y sin espacio para socialdemócratas disfrazados ni para los verdaderos socialistas de antaño.

La socialdemocracia verbal de Sánchez durará lo que permita mantener su gobierno bifronte compatible con lo que pretende representar simbólicamente Yolanda Díaz y su apéndice Ione Belarra, hasta que una nueva izquierda decente se atreva a defender un proyecto propio de proyección nacional sin diferentes niveles de participación en la distribución de beneficios y en la negociación de competencias. Como no se vislumbra el nacimiento de este tipo de opción en el horizonte cercano, habrá que esperar que venga una derecha con alas que sea capaz de evitar la catástrofe que se ve venir en manos de individuos blanqueados o autoblanqueados asociados en coalición. La crisis de esta coalición sería la mejor noticia que podrían esperar los españoles. Pero esta crisis, por ahora, también es una crisis blanqueada para disfrazar el simple interés personal de unos y de otros en prolongar posiciones de poder. Los desacuerdos actuales son el prólogo de los acuerdos futuros para evitar un adelanto electoral en el cual los blanqueadores y los blanqueados huelen el tufo de su derrota.
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