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La electricidad de Frankenstein

martes 28 de septiembre de 2021, 11:20h

Ningún cinéfilo olvida como movilizaba a su monstruo el doctor Frankenstein. Con la electricidad no almacenable de los rayos de las tormentas que captaba con los pararrayos de su castillo. Esta sí que era energía auténticamente renovable, mejor que los molinos de viento y las placas solares. Pero no iba a estar el gobierno Frankenstein de Pedro Sánchez esperando a las nubes oscuras de los temporales para establecer el precio de la electricidad que consumen los españoles. A este Gobierno alucinógeno no le gusta que los embalses gasten agua almacenada para producir energía hidráulica ni tampoco que rieguen las huertas. Parece ser que no los consideran ecológicos. Tampoco le gustan las centrales térmicas que carbonizan la atmósfera, aunque menos que el humo de los volcanes que descargan el calor interior de la madre tierra desde que existe el planeta. Mucho menos le gustan las centrales nucleares que ni carbonizan ni secan el campo, aunque las construidas hace medio siglo continúen produciendo el 22% de nuestra electricidad sin el menor incidente. Otra parte se la compramos a peor precio a las nucleares francesas próximas a nuestras fronteras.

Si en 1994 un gabinete socialista no hubiese paralizado la construcción de las centrales nucleares de Lemóniz, Valdecaballeros y Trillo, con el coste de 5.700 millones de euros, que fueron abonados por los consumidores en sus recibos de la luz durante veinte años, no estaríamos sufriendo las carencias y los precios actuales. A los gobiernos socialistas solo les gusta el gas, la energía que se subasta más cara, aunque este capricho signifique que la dependencia de los precios la establezcan los productores extraeuropeos. Cuando visitó España Eisenhower, primer presidente norteamericano que pisaba Madrid — ¡Échale años! — se quedó asombrado de la iluminación de las calles madrileñas y pronunció aquella frase de que Madrid era la auténtica ciudad de la luz que produjo celos en Paris. Además, aquella luz era barata. Hoy, en tiempos más preocupados por la sostenibilidad energética, tal sostenibilidad está definida por el World Energy Council como equilibrio entre seguridad, coste social y menor impacto ambiental. Pero al gobierno sanchista solo parece preocuparle el impacto ambiental, cuya mejor fórmula sería alumbrarse con velas de cera de las abejas, sea cual fuere el precio del consumo y la seguridad de los suministros. Por ello, cada día, el llamado gobierno Frankenstein se acerca cada vez más a las tormentas eléctricas del doctor Frankenstein para alumbrar a los españoles y alimentar una industria competitiva. Los socialistas se han empeñado en subvencionar las fuentes eólicas y solares que son las más caras, las imposibles de almacenar y las más inestables, a pesar de que conocidos activistas climáticos opinan que el predominio exagerado de las energías renovables retrasa el desarrollo económico e industrial de los países menos competitivos. También prefieren el intervencionismo estatal antes que la cooperación de los inversores privados.

El verdadero equilibrio energético exige cooperación entre lo público y lo privado y conexiones entre recursos disponibles y preocupaciones ecológicas. El consumo se debe mantener asequible a toda costa en una nación plenamente electrificada, industrializada y de libre mercado. Solo los estúpidos irresponsables de la extrema izquierda creen que pueda funcionar sin apagones una electricidad nacionalizada de exclusivo manejo por funcionarios estatales. Que busquen un ejemplo. El propio socialismo privatizó ENDESA tras dos procesos, en 1988 y 1994. Cuando Felipe González salió de la Moncloa la participación privada ya era el 33% de aquella empresa. Ahora Sánchez cree que puede moderar el precio de la energía aliviando ocasionalmente algunos impuestos a la vez que se prepara para subirlos a fin de convencer a Bruselas para que libere fondos a crédito para un Gobierno muy recaudador. El Gobierno improvisa, se contradice y conduce a España hacia un desastre energético que es el peor de todos los desastres y de repercusión más negativa en el nivel de vida de todos los españoles. ¿Hasta cuándo van a soportar los españoles esta subida hacia la crisis energética que es más evidente que la crisis puramente política? Entre Nadia Calviño y Yolanda Díaz late la imposible conjunción de dos modelos de Gobierno bajo el arbitraje de un presidente que siempre termina cediendo ante quien tenga los votos parlamentarios para mantenerlo en la Moncloa. El precio de la energía es, sin embargo, la peor maldición que amenaza al gobierno socialista más allá que cualquier asunto ideológico.

Nadia Calviño y Teresa Ribera, ambas vicepresidentas del Gobierno, se han dirigido a la Comisión Europea para pedir ayuda comunitaria para transmitir a los consumidores los beneficios de las fuentes renovables. Los consumidores saben de sobra cuales son, a la larga, estos beneficios futuros pero están angustiados por los apretones actuales. Está bien una petición de auxilio tras explicar que, libre de tasas e impuestos, España tiene uno de los precios más prudentes del megavatio-hora. El precio disparado de España es un precio regulado por la intervención del Gobierno a que pertenecen Calviño y Ribera con primas destinadas a cubrir el pago de miles de millones de euros destinados a invertir apresurada y desequilibradamente en renovables. Durante la presidencia de Rodríguez Zapatero según él mismo, la burbuja de las renovables provocó un desajuste de treinta mil millones de euros que aún estamos pagando los consumidores. Las energías volátiles e impredecibles, que no dependen de recursos humanos, han sido la apuesta demagógica del gobierno Frankenstein que ahora intenta paliar la debacle pidiendo ayudas a una Unión Europea en la que ninguno de sus miembros ha seguido su insensato proceso aparentemente ecológico. La Comisión les ha recordado que la subida del precio de la electricidad se debe “a múltiples factores” y que los aumentos de emisiones “solo representan un pequeño porcentaje del precio final”. Su causa principal es la subida del precio internacional del gas al que los gobiernos socialistas se han empecinado en utilizar como fuente principal de energía olvidando, antes de tiempo, los demás sistemas de producción con que funciona el resto del mundo que no confía solo en los rayos renovables del doctor Frankenstein sino en la cooperación de los inversores en proyectos creíbles, estables y garantizados por situaciones jurídicamente seguras.

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