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La memoria democrática

martes 29 de septiembre de 2020, 10:42h

Son los hechos y no las ideologías las que mantienen la memoria democrática. Así pensaban aquellos hermanos reunidos en la vivienda vacía de sus padres para repartirse sus pertenencias. Era un piso modesto, soleado y suficiente, comprado con las ayudas y plazos de la política de vivienda del antiguo régimen. Lo vendieron en unas cifras que sus padres nunca habían visto juntas. Cuarenta millones para cada uno, contando en las pesetas con que hablaban sus padres. Había que ver como se había prolongado el eje de la ciudad por aquella zona.

Ahora tenían que vaciarlo para entregarlo a los nuevos propietarios y que lo pintasen a su gusto. Aquí no quedan más que trastos viejos. Un frigorífico que fue el primero que tuvieron y sigue funcionando. Nuestra madre nunca quiso otro y nos contaba que los abuelos nunca tuvieron una cosa así. Tenían un cajón colgado en la ventana al que llamaban fresquera que, con el frío de la noche, conservaba los alimentos de un día para otro. La televisión también era una reliquia, aunque más moderna porque era en color, que fue una inversión que alegró sus últimos años. Antes la tuvieron en blanco y negro y antes de antes iban a verla con los vecinos a un bajo que se llamaba teleclub. ¡Qué maravilla –decían- poder ver el cine sin salir de casa! Se sigue viendo muy bien, pero donde vamos con lo que abulta el tubo de los rayos catódicos, ahora, cuando te ofrecen pantallas planas a plazos sin interés.

En un cajón encontraron el último carné de conducir de su padre. ¡Qué felices nos sentíamos cuando compró su primer coche!. Era un “seiscientos” azul que nos abría los horizontes. Íbamos a la playa a ver el mar y también nos perdíamos por las carreteras regionales para ver el pueblo de nuestros abuelos donde algunas viejecitas sentadas en sus sillitas a la puerta de sus casas reconocían a nuestro padre y le preguntaban que había de nuevo en Madrid, como si lo tomasen por intérprete de la historia, y el padre siempre le contestaba que todo tranquilo. Cuando aquellos viajes ya los podíamos hacer por autopista, nuestro padre decía: estas carreteras antes no las podíamos ver más que en las películas. También encontraron las tarjetas sanitarias de los dos. Murieron bien asistidos y sin miedo a la eutanasia.

Sobre el aparador había un par de fotografías enmarcadas. Una era de la boda de sus padres. ¡Qué guapa estaba mamá vestida de blanco! La abuela siempre comentaba: mira qué guapa mi hija. Fue la primera de la familia que se casó de blanco porque, hasta entonces, solo se casaban de blanco las hijas de los muy ricos. La otra era del padre jurando bandera, cuando aún existía la “mili” obligatoria. Estaba muy chulo con su uniforme que le quedaba un poco grande pero ceñido con los correajes, besando la bandera que le ofrecía un oficial muy estirado junto a un coronel algo grueso con el sable desenvainado. Siempre nos contaba que juró muy a gusto porque nunca conoció ninguna otra bandera a la que prometer lealtad. Cuando murió llevaba una cinta con la bandera atada a su muñeca que para él significaba España y nada más que España.

Ya hemos pasado revista –dijo el hermano mayor- ahora falta que nuestras esposas que dicen desdeñosamente que no quieren nada viejo en sus casas, puedan cumplir su curiosidad y hacer el último registro mañana. Se hizo y las dos se pelearon por los últimos tesoros. Una vajilla de porcelana del Bidasoa sin estrenar, de una oferta del banco donde cobraban sus pensiones y una mantelería de hilo bordada a mano que solo la ponía nuestra madre para la cena de nochebuena, Hubo que sortear a cara o cruz. A la que le tocó la vajilla se quedó enfadada porque tenía que organizar el traslado mientras que a la que le tocó la mantelería se la llevó en una bolsa.

Eran gentes de una mayoría laboral que habían adquirido los niveles de la clase media aptos para convivir en una democracia homologada. Esta es la memoria de España y ya pueden unos gobernantes estúpidos empeñarse en reescribirla a base de proyectos destructivos del bienestar alcanzado con esfuerzo de varias generaciones. La memoria democrática de España no es la memoria tergiversada de un gobierno con la falsa imagen de una efímera y macabra II República. La auténtica memoria democrática es la suma de cada una de las memorias familiares de los españoles. La memoria acumulada de tres generaciones de personas capaces de pensar en concordia y por su propia cuenta. Nuestros nietos, alarmados por una pandemia y amenazados por una crisis socioeconómica de dimensiones incalculables, no necesitan hurgar en las tumbas de la primera mitad del siglo XX sino sumar esperanzas de reconstrucción, recuperación y progreso en la ruta iniciada por sus padres y sus abuelos.

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