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La pareja prodigiosa

martes 22 de mayo de 2018, 11:57h

La más original aportación de Pablo Iglesias a la democracia española puede ser la consagración de la pareja como sujeto político. Esto se deduce de su propósito de someter a referéndum de los afiliados de su partido la continuidad de Irene Montero y el propio Pablo no solo como primeras figuras del colectivo “Podemos” sino como diputados en el Congreso, cargos a los que habían llegado por elección popular y no por decisión interna de una minoría de militancia partidista.

Tan original aportación está provocada, según ambos, por la violación de su intimidad al tomar dimensión pública la compra de un chalet como futura vivienda de la familia que esperan ampliar pronto por la llegada de unos gemelos. En principio este asunto parece exclusivamente personal, o mejor bipersonal, pero no es un tema que necesite el concurso colectivo de un partido para ser reconsiderado. Que sea objeto de crítica no parece nada anómalo ya que los políticos deben de considerar como gajes del oficio las opiniones sobre su intimidad cuando presenta una contradicción con los modelos de vida que predican. No está escrito en ningún código cuál es la proporción entre los ingresos y los gastos de una familia que vive de remuneraciones públicas. En este caso, los ingresos son proporcionalmente suficientes para mantener un nivel de vida confortable con una hipótesis de futuro susceptible de justificar un benévolo crédito hipotecario. No habría nada que decir si no hubiesen mantenido una doctrina desde la que censurar a otros políticos y a la sociedad en general según criterios de igualdad y prejuicios demagógicos de clase. Que la exposición pública de su privacidad les haya molestado no es para dramatizar hasta el extremo de inmolarse en esa especie de ordalía medieval que supone someter la existencia política de la pareja a las llamas de un colectivo cuarteado por la envidia y atizado por las disidencias latentes en ese complejo mundo de tendencias asociadas para la negación del sistema socioeconómico vigente sin un proyecto realista de gobierno.

Por todo ello, el “proyecto familiar Montero-Iglesias” da la impresión que no está calculado para quemarse en las llamas de la citada consulta interna sino para reafirmarse, superando los rumores y maledicencias desde su posición en la cumbre de su facción, consiguiendo un “Nihil obstat” al nivel de vida que corresponde a la pareja, que ya no es el de tres o cuatro salarios mínimos sino el propio de la dignidad que se supone normal a un padre y una madre de la patria unidos por la rancia versión del comunismo con la habitual “dacha” para dirigentes.

Lo singular es, como decíamos, su concepto de la pareja como unidad política. Es cierto que tiene igual derecho la mujer que el hombre a participar en los asuntos públicos pero esta igualdad, hasta ahora, era un derecho individual de cada uno. Existen parejas en que una parte se mantiene discretamente al margen de la función pública de uno de los consortes. Existen señoras que ejercen de “primeras damas” y participan con papel colateral y complementario de la imagen del consorte principal con actividades benevolentes o de representación. Existen otras parejas en las que cada uno de sus miembros desarrolla su propia vocación política en uso de la igualdad de derechos y de su libre voluntad. Por ejemplo vimos como la anterior esposa de Felipe González fue diputada cuando gobernaba su esposo o como Ana Botella fue alcaldesa de Madrid cuando ya no gobernaba su esposo. Pero lo que no se había visto hasta ahora es que una pareja proponga ser refrendada en común como tal pareja dirigente indisoluble. Es decir, Secretario General y “Portavoza”.

Este estilo de dúo codirígente solamente se conoce en las tiranías populistas de las que estamos viendo un ejemplo de actualidad en nuestros días en una nación de nuestra lengua. Me refiero a Nicaragua donde Daniel Ortega y su esposa Rosario Murillo ostentan presidencia y vicepresidencia de la República contra la protesta multitudinaria del pueblo. Acorralados por la oposición, el dúo populista está en trance de doblegarse ante la oposición y acceder a reformas democráticas o continuar defendiéndose sangrientamente de la lucha callejera hasta donde los mantenga el siniestro cuerpo paramilitar organizado a la manera del ejemplo venezolano. Aquella pareja se atornilló en el poder, entronizada por un sistema de reelección permanente desde una posición despótica, pero no es este el caso de la pareja Iglesias-Montero que solo pretende atornillarse a un chalet con la complicidad de sus correligionarios.

Aquí Irene Montero y Pablo Iglesias practican desde su prevalencia partidaria un anticipo de la tiranía dual. No sabemos si se sueñan como Evita y Perón o se conforman con Murillo y Ortega. Su coherencia y credibilidad deberán ser confirmadas por el mismo mecanismo que, con el 16% de participación, decidió sobre la investidura fallida de Pedro Sánchez o sobre la coalición con Izquierda Unida. Parece grotesco aplicar este tipo de consulta política a una decisión doméstica para que esta sea compatible con una canción de izquierdismo hipotecario. Las bases de “Podemos” si votan “Sí” se convertirán en cofirmantes de una hipoteca política indefinida que rubricará el respaldo colectivo a la dirigencia y al chalet de un solo golpe. En esta coyuntura esperpéntica la pareja prodigiosa resolverá por mayoría de una minoría su continuidad en la cuestionada preminencia en su partido y las discrepancias que puedan existir sobre sus cargos. O todo o nada. Esta ridícula consulta puede interesar a la Caja de Ingenieros de Barcelona, entidad celosamente depositaria de las finanzas de Podemos, ya que la hipoteca no puede presentar mejor aval que la consolidación en sus cargos remunerados de los beneficiarios del préstamo. Pero estos chantajes a las bases de un partido consistentes en que toleran el capricho o son abandonados como huérfanos de padre y madre solo es factible desde posiciones despóticas capaces de imponer el voto obligatorio. En posiciones tan frágiles como las de Irene y Pablo que aún no han llegado a ser Evita y Perón o Rosario y Daniel, existe el riesgo de que los militantes se defiendan del chantaje no emitiendo ni “Sí” ni “No”, según les apremia la pareja prodigiosa, sino que eviten el irrisorio evento de votar políticamente sobre un “proyecto familiar” y recurran al desprecio y rechazo de esa grotesca maniobra de legitimación de la pareja y el chalet con una gran abstención. Entre lo dramático y lo ridículo solo hay un paso que es el que Irene y Pablo han dado con esta consulta impresentable. Sea cual sea el resultado del plebiscito que hará público dentro de una semana el incondicional Echenique, el paso hacia lo políticamente cómico ya está dado sin posible marcha atrás. Irene y Pablo son una reputación dual frustrada antes de tiempo.

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