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Lana verde

lunes 27 de julio de 2020, 11:29h

Recep Tayyip Erdoğan, presidente de Turquía, tapó el suelo de mármol milenario de la basílica de Santa Sofía de Constantinopla con una alfombra de lana verde de dos mil metros cuadrados para poder rezar sus oraciones islámicas sobre pavimento cristiano. Casi un campo de futbol de pelusa animal. Parece una noticia inocente pero es una agresión a la cultura impropia del siglo XXI. Estambul es Constantinópolis, según decía una alegre canción del siglo XX. Porque así era. La fabulosa capital del Bósforo era Estambul y Constantinopla a la vez. Santa Sofía, convertida en museo y con algunos mosaicos bizantinos salvados a la iconoclastia islámica, hacía dúo con la cercana Mezquita Azul que, arquitectónicamente, no era más que una vulgar imitación ampliada, pero sin embargo representaba suntuosamente la coexistencia de las dos religiones bajo el amparo de un Estado moderno y tolerante, aspirante a integrarse en la Unión Europea y miembro potente de la OTAN.

Kemal Atatürk, padre de la Turquía moderna, fue quien, en los años 30 del siglo pasado, decidió retirar el culto mahometano de Santa Sofía y convertirla en un museo abierto a cuantos visitábamos Estambul. Fue una seña de progreso que impactó al mundo entero como muestra de las reformas valientes con las que Atatürk fue capaz hasta de alfabetizar la caligrafía de su pueblo. Atatürk sigue siendo el símbolo de la Turquía contemporánea y su mausoleo con su guardia de honor es la visita de obligada cortesía de quienes visitan oficialmente Estambul, mientras nadie disponga lo contrario. Santa Sofía había sido construida a partir del año 530 de nuestra era por el emperador de Bizancio, Justiniano. Fue el zenit de la arquitectura bizantina y su influencia en el arte sagrado occidental dura hasta hoy pero, a la vez, está vigente como modelo de los templos otomanos desde que fue convertida en mezquita en 1453 por el sultán Mehmed II. Se le añadieron en el exterior unos minaretes que conjugaban su verticalidad con la gran curvatura de la cúpula y, a partir de entonces, todas las mezquitas otomanas son así, cúpula y minarete, sean grandes o pequeñas, artesanales o prefabricadas.

Atatürk fue uno de aquellos militares ilustrados que, en el siglo XX, aceleraron la historia de sus pueblos dándoles orden, educación y progreso suficientes para impulsarlos hacia la convivencia democrática. Las clases ilustradas de Turquía son conscientes de esta realidad y respetan su herencia. Como Atatürk conocía lo delicado de lastimar los sentimientos arraigados en una parte de su pueblo no decidió devolver Santa Sofía al culto cristiano sino que la neutralizó como casa común e hizo mantener unos enormes y feos medallones con los nombres de Alá, Mahoma y otras figuras del Islam y el Mihrad de la mezquita conviviendo estas huellas del paso islámico con los mosaicos cristianos supervivientes. Ante esta exhibición de armonía universalmente apreciada, cabe preguntarse ¿En qué se apoya Erdoğan para su anacrónico desafuero?

La contestación es sencilla. Se basa en un populismo elemental consistente en excitar contra fantasmas del pasado a gentes resentidas a las que se ha privado de una educación humanista y a quienes no se puede satisfacer con el éxito material de las demagógicas promesas electorales. ¿Cómo soportan este nuevo sultanato populista las clases ilustradas de la Turquía moderna? Porque en el mismo Estambul la tolerancia ha pasado a ser minoritaria. La tragedia de nuestra época deriva de los movimientos masivos de población desarraigada y el declive demográfico. La aglomeración de millones de personas en torno a ilusorias mejoras de vida alrededor de los núcleos ciudadanos procedentes de zonas rurales o de países limítrofes, creando una superpoblación de mentalidad arcaizante o pre-Atatürk. Esta población sobrevenida además de más numerosa es más fértil. La tentación populista es explotar sus sentimientos elementales para distraerla de sus frustraciones materiales. No existen necesidades ni motivaciones religiosas ni tan siquiera mensajes nacionalistas en estos procesos. Basta con explotar el fantasma del triunfo contra enemigos muertos o inexistentes en el presente. En España también laten estas tentaciones populistas y también hay tendencias de decadencia demográfica. Pero, para mal o para bien, el declive demográfico es general y no un desequilibrio en beneficio de un sector determinado de población. Es un problema de futuro para todos los españoles en cuanto tales, entre los que también existen algunos que quisieran dar marcha atrás al reloj de la historia. Líbrenos Dios de quienes quisieran entretener a su público extendiendo lana verde sobre el suelo de la mezquita-catedral de Córdoba.

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