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Lo peor de lo peor

lunes 25 de septiembre de 2017, 11:56h

Los nubarrones de un separatismo irresponsable descargan sobre Cataluña su agua tóxica formando charcos de odio y mentira, fanatizando a algunos pero no inundando a todos. No tienen agua suficiente para ahogar a un Estado democrático. Proponer un totalitarismo regional excluyente en el siglo XXI es como proponer la vuelta a la Prehistoria en el Renacimiento. Un Estado contemporáneo mueve fichas sin alterar su pulso: unos jueces, un coronel de la Guardia Civil, unos informáticos, unos inspectores de finanzas. Si no hubieran dejado irse de las manos la educación nos hubiéramos ahorrado estos sofocos. Si se hubiese exigido jurar y cumplir sin reservas la Constitución para acceder a los cargos autonómicos no veríamos estos espectáculos. Pero nunca es tarde cuando la razón y la ley están de un lado y el engaño y la anarquía del otro. El viento se lleva las tormentas políticas cuando tras sus truenos no hay cargas de realismo.

Pero el último domingo anterior a la cita del disparate, a seis días de la fecha establecida por los secesionistas para culminar su delirio, se ha producido un fenómeno ajeno al separatismo propiamente dicho. Es la traición de los pescadores en río revuelto patrocinada por Pablo Iglesias acompañado de Ada Colau, en un polideportivo de Zaragoza con tres mil plazas de aforo, donde no consiguieron llegar a reunir cuatrocientos concurrentes de toda España. Esos políticos que disfrazan con su demagogia la dinamita antiespañola sin declararse nacionalistas, ni separatistas, ni internacionalistas, ni otra cosa que carroñeros, han revoloteado como buitres creyendo que pueden alimentar su impotencia con los residuos de los conflictos que pueda originar la imposición de la ley en Cataluña. Son sus recursos para hacerse notar como enemigos de la realidad que los supera. Cuando una crisis amenazó a la economía nacional intentaron aprovechar el malestar para levantar una oferta estéril de populismo de plazoleta, intentando cercar a las instituciones representativas y dificultando los recortes imprescindibles para aguantar la borrasca sin pérdida de los derechos sociales. Pasado lo peor de la crisis se aferrarían a las vergüenzas de la corrupción para intentar desacreditar la acción de la justicia y extender con generalizaciones y parcialidad los procesos de regeneración y justicia de los tribunales, presentándose como justicieros callejeros implacables, apoyados con ayudas de los regímenes más corruptos y nefastos del mundo. Ahora se incorporan en ayuda del “derecho a decidir” de los separatistas, proponiendo la derrota del Gobierno y el cambio de Constitución sin tener los votos para ninguno de sus objetivos y solo pensando en abrir grietas en las bases del Estado, soñando poder alzar sus trapos tricolores sobre las ruinas de una nación demolida.

Bajo el lema de “Podemos” han jugado en esta ocasión sombría, como en las anteriores, al efecto destructivo que han creído tener más a mano. Cuando huelen que España puede ser atacada o debilitada se suman a la empresa, sin escrúpulos ni seguridad de adonde puede llevarles la ventolera del mal momento. Su apuesta es la demolición del edificio que cobija al pueblo español sin otro propósito que cambiarlo por otro amasado con materiales de odio, miseria y fracaso. No solo están contra las leyes vigentes, ni contra determinado partido, ni contra la Constitución, ni contra la Transición. Están contra los fundamentos históricos, culturales y sociales de España como nación. No pueden unirse a la defensa de la unidad de España ni con la derecha ni con la izquierda porque no creen en el pueblo español y su predicación del plurinacionalismo es la inexistente hipótesis de una “nación de naciones” de corte balcánico, que resulte ingobernable e irrelevante salvo que sea tiranizada por un totalitarismo kafkiano. No soportan la idea de que perdure a través de los tiempos y de los cambios políticos una realidad señera frente a la que ellos no son nada o cuentan muy poco.

La negación de España como entidad histórica sin siquiera creer en la República de Cataluña es lo peor de lo peor. Es el fruto tardío y podrido del revanchismo de todas las derrotas de las ingenierías de totalitarismo ideológico que, en su caso, no se atreven a presentar con su verdadero nombre. En nombre de una subversión de valores les valen todas las excusas para justificar sucesivas traiciones. Hay que suponer que, tras el primero de Octubre, los españoles de buena fe habrán tomado buena nota de quien es Pablo Iglesias. Aquel que justo seis días antes de que unos separatistas sediciosos pretendieran intentar, bajo pretexto de un referéndum ilegal, una rebelión contra la integridad de España, convocó una asamblea de políticos de baja catadura para arañar la espalda del Gobierno de España en las horas previas de su actuación en defensa del Estado Constitucional. A su convocatoria solo asistieron los menos y los peores y ni tan siquiera lo siguieron gran parte de sus seguidores de antaño cuya oposición al sistema no está impregnada de la misma saña antiespañola. Desde esa tribuna afirmó que “el mayor peligro para España se llama Partido Popular”, sabiendo que dicho partido tiene mucha más base democrática que su formación y sin pedir que desconvoque su reto a la democracia al irresponsable Puigdemont. A Iglesias no le importaría ver saltar por los aires la seguridad de Cataluña y el prestigio de España con tal de que se crease un charco de inestabilidad jurídica, económica y social donde poder saltar y croar como una rana roja.

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