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Los socios de Sánchez

miércoles 08 de agosto de 2018, 12:51h

Pedro Sánchez tiene unos socios que lo mantienen en el Gobierno aunque él solo tenga 84 escaños en un Congreso de 350. Unos socios poco fiables que no comparten lealmente ningún compromiso constitucional como el que está obligado a mantener Sánchez, aunque lo haga tibiamente y con guiños reformistas. Se diría que son unos malos socios con los que no puede garantizarse la estabilidad a medio plazo. Pero él confía y espera agotar la legislatura hasta su final reglamentario y dice que no piensa convocar elecciones hasta que sea forzoso hacerlo de acuerdo con la ley. A algunos les parecerá una bravuconería propia de su estilo de saltarín de obstáculos. Pero no lo es.

Los socios de Sánchez no lo quieren. Ni él los quiere a ellos. No comen en la misma mesa, aunque él les echa algunas migajas de su festín oficial para contener su hambre de influencia en el poder. Los socios de Sánchez procedentes del delirio separatista ven en él un símbolo de la odiada unidad del Estado, por mucho que él se rebaje de tono y les regale medios materiales e instrumentos administrativos con que engordar sus pretensiones a medio plazo. Ellos quisieran todo ahora, en el presente o, cuando menos, compromisos públicos formales sobre su supuesto derecho a decidir en un futuro.

Los socios de procedencia populista tampoco lo quieren. Ni él los quiere a ellos. Son la solera comunista, siempre enemiga del socialismo y especialmente de su formato socialdemócrata. Ellos lo que quieren es sustituirlo en el Gobierno y, si esto aún no es posible, sustituir a su partido y asumir el papel de una izquierda más auténtica y revolucionaria. No les complace su relativo respeto a las formas democráticas. Por falso que suene, les molestan las apariencias de un bipartidismo que consideran caduco y se les atraganta su mínima apariencia de equilibrio con una alternativa distinta a un asalto a las instituciones por la izquierda. La monarquía, el europeísmo, el atlantismo son ropajes que les molestan aunque Sánchez los vista con poca convicción y en las menos ocasiones posibles.

Siendo así las cosas cabe preguntarse ¿Por qué se encuentra en equilibrio estable un gobernante con 84 escaños en un Congreso de 350 con unos socios mal avenidos? La solución al enigma es muy sencilla. Porque no es imaginable un presidente peor. Peor en la defensa de las instituciones del Estado pero, por ello mismo, el mejor para quienes desde el separatismo o el populismo y sus franquicias trabajan afanosamente para erosionar el edificio constitucional. De sobra saben que si se convocasen elecciones generales ningún resultado imaginable favorecería la causa de los demoledores del Estado mejor que la prolongación de este poder ejecutivo dependiente y deudor de sus favores. Por convicción o por obediencia, Sánchez se comporta como conviene a los partidos de extramuros que sueñan con desplazar la clave monárquica del Estado Español reconstruido tras el sainete republicano para beneficiarse algún día de la fragmentación e iniciar un nuevo asalto al poder desde un intento neocomunista contra los muros debilitados del castillo del liberalismo trasatlántico. De momento se conforman con desmantelar las defensas jurídicas y coactivas del Estado con el falso argumento de que todo puede arreglarse con diálogos y negociaciones. Mientras dura la cháchara el desmantelamiento avanza lentamente.

Pero pudiera suceder que las cosas no fuesen tan mal para Pedro Sánchez. No es fácil aventurarlo pero todos los escenarios deben analizarse. Supongamos que esta política ambigua es del gusto de un electorado acomodaticio y Sánchez obtiene mejores resultados de los previsibles en unas futuras elecciones generales, rompiendo el techo de los 84 escaños mientras sus adversarios se quedan atascados. Es decir que, aunque no parezca probable, Sánchez pudiera salir confirmado de unas elecciones. Entonces, quizá, Sánchez confirmado presidiría un Gobierno menos complaciente que el que hoy maneja sin haber ganado nunca unas elecciones. Este éxito hipotético no sería un éxito para sus socios que se encontrarían con un ejecutivo menos cautivo de su benevolencia. No les conviene a los socios de Sánchez que este se libere de su servidumbre mejorando su base de apoyo. Por oscuros que sean los pactos tramados para convertir a España en un mosaico republicano y federal saben que esta fantasía no es más que un sueño impreciso de cronistas pueblerinos. De un gobernante con cierta base popular propia no puede fiarse un mequetrefe populista-nacionalista. Igual le sale esa casta por la que quien se siente respaldado y consentido se apunta a un ciclo de cuarenta años de paz y los deja aburridos en Waterloo o cantando el “no pasarán”. Por tanto más vale mantenerlo y disfrutar de su debilidad estos dos años. Así que no se pueden pronosticar elecciones generales a corto plazo por iniciativas emanadas de los socios de Sánchez. Será una mejor estrategia ir preparando las insoslayables contiendas municipales, autonómicas y europeas con las que empezará a dibujarse el mapa meteorológico de un futuro recalentado. Los socios de Sánchez temen más el despertar del pueblo español que la prórroga de los días deliciosos en La Moncloa de un presidente que flota como un globo cautivo.

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