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Pactar o cambiar cromos

martes 04 de junio de 2019, 11:12h

Entre los días competitivos de las campañas electorales y la política real desarrollada por los gobiernos y corporaciones está la fase de tanteo y la sobreactuación preparatoria de los pactos. Esta fase termina en unos resultados que pueden no corresponderse a las sobreactuaciones de los partidos y a las pasiones de sus electores sino a la capacidad de convergencia de partes diversas en tendencias políticamente operativas.

Se comprende el desencanto de quienes creyeron que jugaban una competición entre partidos, cada uno pensando en el suyo como si fuese la fórmula mágica del buen camino. Quienes creyeron esa tontería de que el bipartidismo había muerto y ahora podía triunfar el más nuevo o el más independiente. La política no es así. La política impone una reagrupación de grandes tendencias que se puede llamar derecha o izquierda por decir algo, porque tampoco están estrictamente definidas las líneas divisorias entre ambos campos. Diríamos que sobre unos y otros predominará quien mejor entienda como edificar su castillo con diversos materiales frente a quien se distraiga en edificar distintos castillos con los mismos materiales.

Hay sistemas en que se evita la dispersión de los electores con una segunda vuelta en la que se polariza al electorado en torno a las dos opciones más votadas. Otros que exigen que las coaliciones deban formarse anteriormente al proceso electoral. Otros en las que solo pueden concurrir a elecciones generales los partidos con capacidad de presentar candidaturas en más de la mitad del territorio nacional. Pero en España, país propicio a los individualismos y a las divisiones territoriales, no se tomaron ninguna de estas precauciones quizá por la confianza que, en el periodo preconstitucional merecía la buena disposición de todos los protagonistas a entenderse razonablemente en cuanto garantizaba el curso normal de la Transición.

Es así como la necesidad que las sociedades contemporáneas tienen de gobernarse con acuerdos de dimensión mayoritaria impone una política de pactos que se superpone al postureo de los partidos. No hay que extrañarse ni escandalizarse porque esta política de pactos entre dirigentes haya sustituido a las pasiones de los electores que se definieron radicalmente por un solo partido. La política práctica no es cosa de partidos sino de gobiernos. Los gobiernos no los eligen los electores sino los representantes de los electores. Y no existe nada imposible de acordar entre los representantes aunque no sea fácilmente digestible por los electores. Es otro nivel de compromisos y contrapesos que no es inmoral ni fraudulento sino consecuencia de la necesidad de afrontar la realidad con los elementos disponibles. Quizá no resulte agradable pero es un deber de pedagogía explicárselo al electorado y debieran hacerlo los dirigentes sin ocultar al pueblo el contenido de los compromisos que contraen.

Lo que no puede entenderse como pactismo es el simple intercambio de cromos que sin escrúpulos sobre sus contenidos, se realizan sin más objetivo que repartirse prebendas o, lo que aún es peor, para impedir el acceso a posiciones de gestión de otras fuerzas rivales. Un ejemplo de cambio de cromos es lo que amenaza en Navarra donde el Partido Socialista da la impresión de estar dispuesto a permitir que la coalición constitucionalista Suma se haga con el Gobierno, lo que significa que un partido constitucionalista de Gobierno prefiera favorecer las intenciones de Geroa Bai y EH Bildu mientras predica lo contrario. La explicación no sería otra que hacer un regalo al nacionalismo vasco a cambio de su apoyo a la futura investidura de Sánchez. En otra situación, en Murcia, PP Cs y VOX forman la base natural para gobiernos presididos por un candidato popular. Siendo similar la situación en el Ayuntamiento de la capital y en la Comunidad, el intercambio podía consistir en que el ambivalente Ciudadanos pactase en un sitio con el PP y en otra con el PSOE y los electores tengan que asumir como los mismos resultados dan diferentes soluciones. Son muy diferentes estos intercambios de los acuerdos entre partidos que se presentaron a las elecciones con intenciones publicadas de desplazar al sanchismo y al populismo de las instituciones y cuyos acuerdos en este sentido serán consecuencias de los compromisos mentales previamente contraídos por sus electores. Hay combinaciones con aspirantes a la ruptura de la arquitectura constitucional, la Unión Europea o la economía libre que, por su propia esencia, no pueden considerarse pactos honorables sino simples intercambios de cromos manchados con el tinte de la traición a los electores.

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