www.diariocritico.com

Semana vergonzante

martes 29 de enero de 2019, 12:00h

Los españoles estamos pasando una semana de vergüenza con motivo de la posición de nuestro Gobierno y algunos países europeos, probablemente influidos por su socio con mayor relación con la rica y hermosa tierra de Venezuela y su gente y, en general, con Iberoamérica, consistente en darle a Nicolás Maduro un plazo para que convoque elecciones en vez de reconocer al presidente interino Juan Guaidó. La mayor parte de naciones americanas y naciones libres de diversas partes del mundo han reconocido como presidente interino de Venezuela al que lo es por ser presidente de la Asamblea Nacional en caso de romperse la legalidad constitucional por quien ocupa la presidencia de la República, Nicolás Maduro, que vulneró la legalidad de su país anulando los poderes del parlamento correctamente elegido por el pueblo y sustituyéndolo por un aparato sectario creado a la medida de sus intereses.

Sustituir el reconocimiento de la legitimidad del presidente interino por un ultimátum no es una posición ambigua, moderada, ni constitucional. Es la confirmación temporal del poder de Maduro como titular fiable de una autoridad a la que se concede la iniciativa presidencial de convocar elecciones. Frente a la posición de los países que dan por acabado el crédito de Maduro como gobernante legítimo, la postura de Pedro Sánchez lo que hace es reconocer la permanencia de la potestad presidencial por el momento, aunque amenazando reconocer al presidente interino si no se cumpliese una convocatoria electoral de formato desconocido. Ya se verá como acaba esta historia pero, en cualquier caso, no se sabe cómo ni por qué será desacreditado al cabo de unos días quien ha sido temporalmente reconfirmado en sus facultades por unos países con escasa capacidad de imponer su criterio en el interior de Venezuela. No sabemos qué procedimiento tiene el Gobierno de Sánchez para exigir el cumplimiento de un plazo ni sabemos, caso de que se cumpliese, que garantías podrían darse en unas elecciones celebradas bajo el poder arbitrario de Nicolás Maduro, dados los precedentes de quien mata de represión y de hambre a su pueblo.

Nicolás Maduro no es hoy un gobernante constitucional ni un dictador excepcional cuyo carácter personalista pronostique una transición democrática tras su ciclo político o su ciclo vital. Maduro es un tirano continuista del improrrogable régimen de Hugo Sánchez que era un hombre de convicciones menos excluyentes y más idealistas que las suyas. Es una pieza de continuidad degenerada de una ideología trasnochada mediatizada por la complicidad cubana que solo aporta penuria y sangre a su pueblo y narcocorrupción y oro a la oligarquía dominante. Su gestión es un intento subordinado de continuismo cubano y tardomarxismo que solo complace a los buitres que acechan desde la lejanía las grietas y problemas en el conjunto de pueblos americanos de norte a sur. A nuestro país se le supone una sensibilidad fraternal para escuchar las angustias del mundo latinoamericano, así llamado por los envidiosos de la evidente preminencia del tronco hispanoamericano. Por ello se esperaba de nosotros un indicio de liderazgo y protagonismo y una identificación con el pueblo venezolano, hoy empobrecido y esquilmado, muchas de cuyas familias viven entre nosotros y donde descansan los restos de la estirpe de Bolívar en una Isla Canaria para la que el mar es un camino familiar de ida y vuelta y el bolivarismo es un sentimiento natural y no la tosca propaganda del bolivarismo utilizado y falsificado por el madurismo.

Existe la convicción universal de que Maduro ha perdido su autoridad para presidir Venezuela y ha llegado a un punto de no retorno con el incumplimiento de la propia legalidad constitucional y porque ha demostrado su incompetencia para administrar el patrimonio económico nacional y sumido a su pueblo en la miseria. Por ello no se comprende que pueda reconocerse intacta su capacidad para proceder a una convocatoria electoral por propia iniciativa y regular la corrección de un proceso electoral bajo su mandato. Y esto es lo que se le ha ocurrido a Pedro Sánchez durante una semana en la que si Maduro fingiese plegarse a la amenaza seguiría pudiendo ejercer la influencia de un poder revalidado durante la aplicación práctica de un calendario electoral que supone meses de prórroga de un mandato en funciones y de un papel desairado para quien se proclamó valientemente presidente interino con el reconocimiento de la mayor parte de naciones conscientes de la coyuntura en que se debate el pueblo venezolano. Pedro Sánchez con su retraso en el reconocimiento del valiente Juan Guaidó está dando a Maduro un salvavidas para sobrenadar en días de naufragio y está prolongando un riesgo para la seguridad del presidente provisional. Un tiempo para que Maduro capee el temporal y mientras tanto pueda agradecer la cobardía de Sánchez con la burla de contestarle que sería el propio Sánchez quien tendría que convocar unas elecciones ya que es quien gobierna sin haberse sometido nunca a los votos del pueblo.

La falta de definición propia del Gobierno de Sánchez ha rebajado la imagen de España al otro lado del Atlántico a un nivel vergonzoso de un socio sin opinión propia en el seno de una Unión Europea dividida e indecisa en la que ha influido la incapacidad de iniciativa de un Gobierno español que no ha sido capaz de manifestarse de acuerdo con su historia y con sus lazos de sangre y de sensibilidad con un pueblo con el que está históricamente vinculado. No puede sorprendernos que este Gobierno no se atreva a hablar de Hernán Cortés como creador del Méjico contemporáneo ni de Elcano como el primer circunnavegante del globo, ni se atreva a proponer el derecho a la libre enseñanza en español en su propio territorio. Desde este encogimiento tampoco es capaz de adelantarse en demandar con diligencia la liberación de un pueblo hermano. Se comprenden las burlas de Nicolás Maduro preguntándole cuando cumplirá su promesa de celebrar elecciones en el más breve plazo posible tras una moción de censura cuando una vez instalado en el poder exhibe su pretensión de prolongar su mandato hasta el final inevitable de la legislatura, con Presupuestos Generales o con la prórroga de los del anterior Gobierno. La conducta de Pedro Sánchez hace inevitable el oprobioso recuerdo de que accedió a la presidencia por el voto de las franquicias del chavismo en España, de las que sigue dependiendo para la aprobación de los famosos Presupuestos. Sin decisión, convicción ni talento, la tibieza de Sánchez ante la encrucijada venezolana es una vergüenza para nosotros y un estorbo en la marcha de la causa de la libertad.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)


Normas de uso

Esta es la opinión de los internautas, no de Diariocrítico.com

No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.

La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.

Tu dirección de email no será publicada.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.