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Tiempos políticos

viernes 12 de marzo de 2021, 12:58h

Los reflejos de Isabel Díaz Ayuso convocando a los habitantes de la Comunidad Madrileña a elecciones en Mayo es un símbolo de la inesperada aceleración de la política que, quizá, despierte a una España noqueada por la pandemia y dopada por la droga de un sanchismo inalterable en su estrategia de vale todo contra todos con tal de permanecer en la Moncloa, según la inspiración de Ábalos y Redondo. Los movimientos sísmicos en Murcia y los intentos de complicar a otros supervivientes de Ciudadanos en Castilla, urdiendo tramas traicioneras, están resultando uno de los fracasos más sucios de la coalición gobernante, empeñada en derribar con mociones de censura imprecisas los poderes de oposición del pueblo.

Han provocado un terremoto de media intensidad capaz de poner de manifiesto las grietas que afectan a una oposición que parecía resignada a esperar el curso de los plazos reglamentarios hasta que el desgaste de los años debilitase a la izquierda gobernante. Pero la oposición resultó respondona en Madrid y correosa en los demás territorios gobernados por el centro-derecha. Sucedió que tanto los izquierdistas apoltronados en el poder como la derecha acomodada en la oposición veían pasar el tiempo político como si se hablase de meteorología que cada año trae cuatro estaciones y doce meses. Pero el tiempo político es irregular. Es como la melodía de un acordeón que unas veces resopla con el fuelle alargado y otras comprimido.

Esos ciclos de casi cuarenta años, como el de paz y reconstrucción económica y social tras el fin de la Guerra Civil hasta la muerte de Franco o el de progreso constitucional, desde la Transición hasta nuestros días, pertenecen al fuelle extendido en ciertas eras en las que la estructura del Estado permanecía estable, fuese por una concentración autoritaria del poder o sea por la alternativa bipartidista y turnista del poder democrático. Pero, en nuestros días, no estamos viviendo dentro de esas largas y tranquilas eras sino en una época de cambio inquietante en la que la melodía se produce estrechando el fuelle del acordeón y con el aire caliente como la fiebre de los enfermos.

Así sucedió en aquellos tiempos de la Transición entre la muerte de Franco en 1975 y la aprobación en Referéndum de la Constitución en 1978. En unos años pasó de todo lo que tenía que pasar: reforma política, elecciones libres, Constitución, elecciones constitucionales y cambio de partido gobernante. La Transición ejemplar, pacífica y consensuada, devoró a sus propios gestores y ni Adolfo Suarez, ni Torcuato Fernández Miranda, ni Leopoldo Calvosotelo, tuvieron larga vida política ni continuadores, a pesar de sus valiosísimos e inolvidables servicios a la brillante operación de homologación de España al internacionalismo democrático. Sus méritos no fueron suficientes para prolongar historiales derivados de unas posiciones dirigentes procedentes de posiciones oficiales previas, pero sin el respaldo básico de la nueva sociedad libre y participativa configurada en torno a los partidos políticos. Estos fueron a izquierda y derecha— capaces de instrumentar equipos y dar vitalidad a un sistema escalonado desde las bases municipales, provinciales y regionales hasta los órganos de soberanía, concentrando la opinión pública en torno a dos expectativas de gobierno predominantes capaces de compatibilizar la acción sólida del Estado con la supervivencia, sin capacidad de decisión, de minorías localistas o propuestas extremas relegadas a los márgenes de lo que se llamó bipartidismo imperfecto. Esto fue obra del PSOE y del PP a través de actualizaciones y moderaciones de sus programas y sus equipos humanos.

En nuestros días nos encontramos con las estructuras políticas capitidisminuidas a izquierda y derecha y con las minorías recrecidas por el principio inexorable de que los vacíos son ocupados automáticamente por las expectativas más combativas. La izquierda, actualmente en el poder, ya no es una fuerza socialdemócrata de implantación mayoritaria sino una supuesta coalición en permanente controversia que no es capaz de mantener un Gobierno homogéneo en su proyección sin contar con el beneplácito de un mosaico de cómplices externos entre los que se incluyen los enemigos intrínsecos del propio Estado. Es una asociación de intereses negativos, como el de impedir que el Estado nacional funcione operativamente y permitir su devaluación progresiva hacia un desdibujo del carácter de España como nación libre y unida bajo los símbolos de la monarquía constitucional. Solo el egocentrismo del actual presidente del Gobierno Pedro Sánchez explica el mantenimiento de esta convergencia de intereses negativos como fórmula de supervivencia contradictoriamente condicionada y mansamente soportada.

Frente a esa vaciedad programática y confusión operativa de la izquierda indefinida tampoco hay una alternativa poderosamente confiable. Si bien el Partido Popular mantiene la titularidad de una oposición razonable, es evidente que, con su electorado natural dividido hasta hoy en tres opciones no podía estar en condiciones de alimentar una expectativa cercana de poder. Ni tan siquiera existía una perspectiva de coaliciones previsibles con las fronteras impermeables entre sus actuales equipos dirigentes. La falta de un liderazgo social relevante, capaz de conjugar desde el prestigio la concentración de fuerzas de centro-derecha, condena a las tendencias conservadoras de la estabilidad del sistema y de la proyección eficaz del Estado nacional a una resignada pausa a la espera de movimientos espontáneos del suelo político.

La penosa debilidad de las fuerzas políticas constituyentes, a expensas de las condescendencias a las minorías desconstituyentes, se está produciendo en tiempos dramáticos en que España, como el resto del mundo, se ve afectada por una pandemia que no solo ha hecho estragos en las vidas sino, también, en las economías y en las relaciones sociales. Parece que los avances científicos hacen esperar que, tras un periodo de reconstrucción que no será breve, un mundo inmunizado recuperará su capacidad de progreso. Pero esta reconstrucción global no será idéntica en todas partes. La política de cada Estado y la cooperación entre uniones de Estados, como la Unión Europea, y entre Estados aliados, marcarán un ciclo post Covid en el que es necesario tomar posiciones urgentes. La España actual no está en condiciones de cumplir un papel destacado, como lo hizo en la Transición y su plena integración en la Europa y en la OTAN. La puesta a punto de España para el mañana posterior a la catástrofe sanitaria y socioeconómica de nuestros días no permite dormirse en la pachorra de los largos ciclos de desgaste político de unos partidos o en el nacimiento de otros. Es necesario entender que estamos en tiempos urgentes en los que hay que tocar la melodía del acordeón sin esperar a que el fuelle esté completamente hinchado. Tienen que apresurarse los plazos con la puesta a punto de las políticas correspondientes. El cambio devorará a quienes, desde las precarias actuales posiciones se consideren intocables, en el poder o en la oposición. Hay que demostrar una capacidad de afrontar la nueva era con agilidad o muchos van a quedar jubilados antes de lo que esperan. Isabel Díaz Ayuso no está dispuesta a su jubilación anticipada y hace muy bien. Su gesto de convocar elecciones puede provocar reacciones de quienes creen que la mala política tiene, como el virus, una vacuna que viene de fuera. En el tiempo político cuentan los imprevistos y no los calendarios rígidos. Hace pocas semanas nadie pensaba que íbamos a vivir un terremoto político de intensidad media y lo estamos sintiendo bajo los pies. Mientras los españoles se vacunan lentamente contra el Covid, descubren como unos gobernantes escasos de votos, intentan perpetuarse, con intrigas traicioneras y efectos publicitarios, desintegrando las resistencias populares contra su monopolio de poder que se va sintiendo desfasado. De momento, han tropezado con Isabel Díaz Ayuso y, después, ya veremos.

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