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Un gobierno viejuno

viernes 17 de enero de 2020, 11:12h

Este Gobierno no está siendo bien recibido. Esos primeros cien días que se considera plazo de respeto ante un nuevo equipo político no se está cumpliendo. No nos referimos a la labor crítica de la oposición que tiene como tarea obligada controlar en todo momento la gestión de los asuntos públicos. Pero hay un mal disimulado recelo en las instituciones, en la justicia, en la economía, en el funcionariado y hasta en el propio seno del partido socialista ante los primeros pasos de este superpoblado Consejo de Ministros del que no se espera nada bueno. ¿Por qué es posible que no se otorgue el plazo de expectativa a un nuevo ejecutivo formado tras unas elecciones democráticas?

La contestación es fácil. El Gobierno no está siendo bien recibido, ni suscita ilusión alguna, ni ofrece margen para la expectativa porque no es un nuevo Gobierno. Es un Gobierno prorrogado desde el triunfo de una moción de censura que hace año y medio unió el disgusto de muchos pero no integró la convergencia de nadie. Aquella moción de censura no fue más que una maniobra para hacerse con el poder a toda costa de un socialismo fracasado como punto de encuentro de un gran electorado socialdemócrata, europeísta y constitucional. Como fue imposible gobernar con el variado mosaico de votantes de la censura, el socialismo liderado por Pedro Sánchez forcejeó y gobernó en funciones durante un largo plazo sin conseguir detener su decadencia numérica hasta que decidió, tras la última frustración de su oferta partidaria, vestir su investidura como líder de una coalición calificada como progresista, utilizando la avidez de cargos de una unión de fuerzas populistas de dudosa fiabilidad, extravagante gramática, poca competencia y peligrosos apoyos extraeuropeos. Año y medio tardó en envejecer Pedro Sánchez sobre el colchón de la Moncloa y ya políticamente viejuno fue a buscar compañía allí donde aún parpadean las cenizas del comunismo. Hizo la operación envolvente de hipertrofiar el Gobierno y mediatizar su capacidad de gestión a la sombra de los gabinetes coordinados para convertir al grupo coaligado en una especie de carnaval de destrozonas y con esta patulea pretende presentar como nuevo a un Gobierno que no tiene nada de nuevo en sus responsabilidades básicas. Con la misma tropa de Calvo, Calviño, Ávalos, Robles, Marlaska, etc. Intenta seguir haciendo lo mismo que siempre ha hecho: nada.

Lo malo es que estas piruetas de la aparente coalición y la guardia permanente de Sánchez no son la clave de la estabilidad del conjunto. La clave verdadera es la misma que hizo posible la moción de censura: la concurrencia de todos los gérmenes antisistema que no votaron para censurar a Rajoy sino para trocear a España. Estos separatistas de diversas clases y regiones que se expresan a través de la voz delegada de Rufián: sin mesa no hay investidura. Por ello esto no es un nuevo Gobierno ni el fruto de una coalición entre pares. Esto es un colectivo rehén de lo que vaya disponiendo en cada momento la trama fanática de los enemigos de la unidad de España y del sistema constitucional vigente. Estos, desde fuera de la mesa del Gobierno, son su verdadero control y no el equipo en la sombra de Iván Redondo. Ellos presionan según sus conveniencias tácticas, sobre los presupuestos, sobre las leyes, sobre la justicia, sobre las fuerzas del orden, sobre las relaciones internacionales, sobre la educación y sobre cualquier tema que divida, privilegie, acuse o indulte desigualmente a los españoles. Este Gobierno no gobierna sobre su propio núcleo de coalición que, por sí mismo, no alcanza la mayoría suficiente para sentirse seguro, sino que necesita la condescendencia de unas minorías externas a la mesa del Consejo de “Ministros y Ministras” y que sin legitimidad alguna se han erigido en árbitros de la legislatura ¿Cómo puede ser recibido con optimismo un Gobierno en estas condiciones de partida?

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