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Un gobierno y un congreso

lunes 11 de junio de 2018, 12:57h

Pedro Sánchez llegó a la presidencia del Gobierno por un camino tortuoso como fue concitar el rechazo de una mayoría de parlamentarios contra Rajoy sin otro programa que la censura del expresidente. Logrado su objetivo formó Gobierno con criterios razonables desde su punto de vista pero no complacientes con los de los grupos que le habían ayudado a lograr su objetivo. Puede decirse que los engañó, como antes había engañado a Rajoy con un pacto constitucional que parecía impedir que buscase el voto de las facciones separatistas. Es decir, que es un personaje de mucho cuidado, capaz de engañar a unos y otros sin inmutarse. Dicho esto de un político no es para rasgarse las vestiduras. Sencillamente quiere decir que, tras su apariencia de persona elemental y obsesiva hay un hombre astuto. Todo lo contrario que Rajoy que con su apariencia desconfiada y calculadora disimula un carácter torpón susceptible de ser engañado por unos y por otros.

Dicho esto, Sánchez ha sorprendido a quienes han querido sorprenderse con un Gobierno de imagen bien dosificada y bien calculada que en nada se parece al monstruo de Frankenstein de que se valió para llegar a la Moncloa. El precio es una presumible inestabilidad. ¿Pero se necesita mucha estabilidad para aguantar dos años en el poder? Con los presupuestos del centro-derecha esencialmente aprobados, probables decretos-ley, periodos electorales al Parlamento Europeo y municipales por medio, para distraer al personal con batallas parciales, nada hace prever, por otra parte que los polos incompatibles a izquierda y derecha vayan a ponerse de acuerdo para ninguna maniobra parlamentaria del calibre de la que fue posible organizar en torno al rechazo de Rajoy, tan fuerte en la opinión de la izquierda como latente en la derecha. No hay referente personal en la galería política capaz de reunir un número de parlamentarios similar al congregado por Sánchez para echar a Rajoy. Solo cabe esperar a unas elecciones generales en su día.

Por el momento Sánchez ha tranquilizado a Europa, distanciándose de los malos ejemplos del Reino Unido, Italia y Grecia, con un ministro de Asuntos Exteriores expresidente del Parlamento Europeo y una ministra de Economía procedente de la burocracia bruselense. Ha potenciado los signos feministas, ambientalistas, laicistas y demás garambainas con que entretener a su peculiar clientela. Se ha traído para el Ministerio de Hacienda a la consejera andaluza de Susana Díaz para dulcificar tensiones. Ha puesto en el escaparate de portavoz a una vizcaína culta y euskaldunberri. Ha pescado para Ciencia a un ingeniero astronauta para hacer un guiño al progreso y a la sociedad civil sin marchamo partidista. Ha puesto en Interior a un magistrado que había llegado al Consejo General del Poder Judicial por influencias del PP. Con estos y otros mimbres no se sabe si hará un buen ejecutivo pero si un buen “casting” electoral con el relieve añadido del aparato del poder. Con ello podrá afrontar las futuras elecciones europeas, municipales y generales, libre de la decadencia a que parecía predestinado el PSOE que, según se detecta, recupera electores perdidos y sueños de triunfo.

Quien tendrá que rearmarse es el PP que acaba de convocar su próximo congreso extraordinario. Para su rearme no basta un simple cambio de liderazgo o un engañoso cosmético de relevo generacional. Es necesaria una integración consciente de que no se trata solo de recuperarse de una moción de censura personal sino de superar ese tono de fracaso y degradación ideológica que viene provocando la fuga de electores y la pobreza de elegidos en un declive detectado desde antes de la moción de censura. La recuperación de la marca PSOE es el desafío a contrarrestar por la marca PP ante una sociedad española con una inclinación hacia el centro-izquierda y los populismos. La imagen del PP de Rajoy no era ilusionante para el centro-derecha. Hay que desear que, cuando menos, el centro-derecha sea capaz de coordinarse y entenderse para recuperar la simetría bipartidista que la democracia española necesita para seguir marchando por el camino de progreso de sus primeros cuarenta años de estabilidad. El PSOE se juega su futuro con este Gobierno y el PP se juega su futuro con este Congreso. Para este trecho no valdrá un marianismo sin Mariano presidido por un simple cambio de carátula. El esperado Núñez Feijóo como promesa será válido si significa algo más que un relevo en la cúspide. La recuperación de las identidades y valores que hicieron del PP la fuerza consolidadora de la Transición tendrá que construirse sin olor a indolencia, corrupción ni censura. Por el momento el PP pasa por sus horas más bajas y el PSOE vive una dulce expectativa, según las últimas encuestas. Ambos partidos toman distancia en relación con las fuerzas improvisadas como consecuencia de la crisis socioeconómica y el independentismo catalán. Estas encuestas serán más fiables cuando el PP sea capaz de mostrar una cara más atractiva que la de un “marianismo” retocado. Lo positivo, en cualquier caso, para España es que el bipartidismo constitucional se refuerce y las aventuras colaterales se reduzcan.

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