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Creepy clowns

miércoles 02 de noviembre de 2016, 10:38h

La macabra moda de disfrazar a niños y no tan niños de payasos diabólicos en el día de difuntos, hoy llamado “Halloween” es una broma de mal gusto inspirada en algunas películas de terror. No se trata más que de asustar con un hacha, cuchillo o motosierra en manos de un personaje que se pretende amenazante por un contraste entre una gestualidad siniestra y un disfraz grotesco. En inglés le llaman “creepy clown” que significa payaso horripilante. Pero en español, con nuestra inevitable propensión a la metafísica, se dice payaso diabólico porque para horripilar a los españoles, aunque sean ateos, hay que contar con la colaboración del ángel caído.

No quisiera yo atribuir categoría diabólica a quienes pretenden asustar a los españoles en el campo de la política. Me parece mejor llamarles sencillamente, como los ingleses, horripilantes. Por ello el título de “creepy clown” me parece suficiente y menos trascendental. Pablo Iglesias y otros de su estilo, disfrazados convencionalmente de lo que ellos consideran “gente humilde”, parecen payasos equipados con sus barbas mal afeitadas y sus sudaderas para cumplir con su objetivo confeso de asustar a los ciudadanos más aseados, aunque cobren salarios más bajos que ellos. Son como parlamentarios horripilantes aunque ninguno supera al catalán Rufian.

Pablo Iglesias, que igual se podía llamar Pablo Mezquitas, inició su discurso en el debate de investidura del presidente del gobierno en el Congreso evocando a las Brigadas Internacionales. Es decir, a aquellas tropas de choque reclutadas por los subsuelos del comunismo internacional en los tiempos de Stalin, para incorporarse a la escabechina de aquella Guerra Civil que habían organizado los españoles para resolver sangrientamente sus querellas. Fue una ocasión inoportuna mencionar la soga en casa del ahorcado, ochenta años después. No enseñó la motosierra pero sí la ametralladora. Pero el resultado es que no consigue asustar a nadie porque a la vista está que su ametralladora es de plástico y sus comandos de guardarropía. Es una oposición armada con matasuegras que nunca será capaz de sustituir a un socialismo serio, reciclado y ocupado en problemas más actuales que las lágrimas de Pedro Sánchez. El puñito en alto de Pablo Iglesias es como la careta de los payasos diabólicos. Solo asusta a los pacatos porque no es el puño de la revolución sino el gesto fingido de un profesor de tres al cuarto disfrazado de pobre de opereta.

Estos revolucionarios de pacotilla se afanaron en asustar con sus disfraces en vísperas del puente de Halloween antes tiempos de difuntos, por lo cual no extrañaron demasiado los desfiles de “creepy clowns” con esa anunciada marabunta que iba a rodear el Congreso y llenar las calles por encargo de los podemitas saludadores encomendado al irrelevante y casi incógnito partido llamado Izquierda Castellana, cuyo objetivo se supone que debe ser el promover a la manera de los nacionalistas periféricos el pintoresco derecho a decidir de los castellanos a separarse de su España querida. El arduo esfuerzo de la manifestación bien anunciada solo consiguió reunir tres mil manifestantes en una comunidad de cinco millones de habitantes y en una nación de cuarenta y cinco millones de pobladores. Esto debiera hacer pensar al ínclito Pablo Iglesias que su dominio de la calle es solo de plazoleta y su concepto de la gente es como mucho y piadosamente de gentecilla que no asusta a nadie. Solo han actuado como horripilantes payasos que hemos visto, en estos días, en esa especie de tierra de nadie que no encaja ni en la derecha, ni en el centro, ni en la social democracia. Llamar populismo a esta tropa es exagerar y llamarle separatismo es fantasear. Son solo los “creepy clowns” de la política que aún no han digerido que su inicial éxito de público en las funciones de estreno fue de curiosidad por lo nunca visto pero que, una vez conocido lo que hay detrás del disfraz, ni asustan ni interesan.
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