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Extrañas contra parejas

lunes 03 de octubre de 2016, 10:50h
En estos tiempos de extraños fenómenos políticos compiten por la presidencia de los Estados Unidos dos personajes teñidos de rubio: una añeja dama llamada Hilaria y un más añoso caballero llamado Donald. Los dos tienen una común característica: ni la señora Clinton es muy apreciada por los demócratas a quienes representa ni el señor Trump es muy apreciado por los republicanos a los que representa. No obstante, ambos tienen oportunidades de llegar a la Casa Blanca por el apasionado apoyo de quienes no quieren de ninguna manera que llegue el uno o la otra. Los dos han dejado en la cuneta a políticos de sus respectivos partidos que parecían de mejor calidad y compostura.

Hillary ha aprendido todas las artimañas del gobierno como primera dama de un presidente y como Secretaria de Estado. Donald ha aprendido todas las artimañas del libre comercio como empresario de especulaciones diversas. Si se tratase de comparar aprendizajes del oficio no cabe duda que Hillary está mejor preparada. Pero si se trata de romper con un oficialismo decadente, Donald se presenta como más renovador aunque más inseguro. Es decir, que la propuesta del partido progresista es la más continuista y la del partido conservador la más impulsiva de cambio.

Para comprender esta paradoja es preciso tener en cuenta que, ambos, son herederos y consecuencia de la presidencia de Barack Obama, uno de los peores presidentes de la historia de U.S.A., al igual que entre nosotros no es posible entender el gatuperio de Rajoy y Sánchez si antes no se hubiesen cumplido ocho años de presidencia de Rodríguez Zapatero, uno de los peores presidentes del gobierno de España. Las relaciones de Obama con el mundo han producido universal perplejidad. Consiguió empeorar sus relaciones con Israel y con Arabia Saudí, sus viejos aliados, ambos a la par. Rompió la contención del radicalismo musulmán apoyando una mal llamada primavera árabe. Mejoró, sin saberse que ventajas, la diplomacia de los ayatolas de Teherán y de los hermanos Castro de Cuba. Se distanció de la Rusia de Putin, provocando que aquel país se perfilase como potencia autónoma a nivel planetario. Contempló desde la inanidad el recrudecimiento de los conflictos raciales en las ciudades contra lo que podía esperarse de su color. Lamentó reiteradamente los males de una desatinada posesión de armas en su país sin hacer nada eficaz por el controlarla. Prometió mejoras sociales que no cumplió.

El problema de Clinton, protegida como sucesora natural de Obama, es que tiene que alabar el libre comercio mientras Trump ofrece proteccionismo y defensa de los trabajadores. Clinton propone más impuestos y más obras públicas y Trump rebajas fiscales. Trump pide más ley y orden y Clinton parece querer reblandecer el sistema penal para ayudar a los marginales. Es como el mundo al revés. De tal modo que, sin triunfa Clinton será por la preferencia de los ciudadanos a quedarse como están y por el temor a las aventuras y si triunfase Trump, lo que parece difícil pero no imposible, será porque los americanos creen que ya no es posible ir a peor.

Simultáneamente, en España, también han competido un Rajoy insuficientemente querido por su electorado, que le rebajó la mayoría absoluta de anteriores elecciones a relativa y un Sánchez tan malquerido por los suyos que lo han rebajado a los peores resultados de la historia de su partido. Pero así como la contra pareja americana solucionará limpiamente su pleito en el plazo de un mes, al ser elegido el más votado, aquí se complican las cosas de tal modo que el menos votado ha retrasado durante más de diez meses la elección del más votado por el tozudo procedimiento de decir que no quiere decir no. Ha tenido que ser la autofagia de su propio partido la que ha librado a España de Sánchez como recalcitrante contra pareja de Rajoy.

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