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Fidel: cenizas ambulantes

lunes 28 de noviembre de 2016, 10:58h

De La Habana a Santiago de Cuba van de viaje las cenizas de Fidel Castro con un acompañamiento fúnebre muy estilo Siglo XX, aunque se representa la función en el Siglo XXI. Porque Fidel pertenece a un tipo de figuras icónicas capaces de personalizar una idea política y modelarla a su imagen y semejanza. Fueron personajes producto de las contradicciones ideológicas del Siglo XX y muy difíciles de reproducir en estas primeras décadas del Siglo XXI. Mussolini, Hitler, Stalin, Mao, Kemal Atatürk, Perón, Nasser, Gadafi, por citar algunos, pertenecen a una época propicia al populismo idolátrico que el poder transformó en despotismo uniformista. Para juzgarlos históricamente solo cabe medir como recibieron en depósito el cuerpo de sus pueblos y como lo dejaron tras su oportunidad de moldearlo a su gusto, apoyados en su capacidad de movilización carismática.

En algunos casos la catástrofe es tan evidente que no caben opiniones benévolas. Por ejemplo, las ruinas humeantes del III Reich no permiten valorar objetivamente los frutos positivos que pudiera tener la obra de gobierno de Hitler porque todo lo logrado fue sacrificado por él mismo en la pira de su locura. La nueva Alemania hubo de reconstruirse sobre ruinas, división y renuncias. Pero no todos los personalismos fueron iguales. Alguno reconstruyó, pacificó, aportó progreso material y nivel de vida y abrió la puerta hacia un futuro democrático, como pudiéramos constatar los españoles en nuestro caso. Otros personalismos aportaron luces y sombras al curso de la historia. No es fácil medir el resultado final cuando un régimen posterior se compara con su pasado como el negativo y el positivo de una fotografía para justificar su poquedad presente.

Estos iconos poderosos descontrolados, a los que las circunstancias convierten en dueños y señores del aparato de un Estado suelen estar imbuidos de un afán perfeccionista y purificador que les impulsa a cambiar una realidad preexistente por otra de nueva planta que creen que mejorará la vida de todos los ciudadanos de forma absoluta, empezando por modificar las ideas distintas que pudieran tener tales ciudadanos para unificarlos en un dogma único, absoluto e inevitablemente totalitario. Este perfeccionismo se convierte en un fin que justifica todos los medios y acaba contemporizando con la crueldad y la corrupción si se entienden como medios útiles para alcanzar objetivos deseables. Son puritanos mentales que se comportan como tiranos practicantes.

En el caso de Fidel Castro, por la larga duración de la experiencia, aún no acabada, no es posible valorar si la Cuba de nuestros días es mejor o peor de la de hace unos cuantos años o si algún servicio público funciona allí con más o menos eficacia. Es preciso imaginar como hubiese sido Cuba si hubiese seguido el proceso natural de los pueblos libres desde aquella realidad anterior de cuyas corruptelas y vicios tanto nos han hablado, olvidando cuales eran sus niveles de prosperidad y su área de libertades. Habría que pensar cuales hubiesen sido los frutos del reformismo impulsado por el curso de la historia universal en contraste con los frutos de una apuesta a una lucha teórica entre capitalismo y comunismo, condenando sin opciones al concepto liberal del Estado y a las fórmulas democráticas del pluralismo.

Hay que añadir al análisis la singular circunstancia de que la era del castrismo no se ha acabado porque Fidel se haya convertido en cenizas ambulantes. Este autócrata no era, como los demás, un fenómeno unipersonal. El castrismo es Fidel y Raúl y, a lo peor, Alejandro, una saga familiar biológicamente prorrogable a la que el vacilante Obama ha inyectado algunas vitaminas antes de terminar su mandato. Fue Fidel, según nos cuentan, quien pidió ser incinerado, lo que es significativo. No parecía creer en el poder de las momias como Lenin, Stalin, Perón, ni en la evocación de los mausoleos. Su recuerdo físico cabe en un recipiente con aspecto de trofeo deportivo, de esos que el Papa Francisco dice que se deben guardar en lugares consagrados como los tarros en las estanterías de las farmacias. Su recuerdo no quiere competir de cuerpo presente con el cuerpo viviente de su hermano, y acaso de su sobrino, herederos universales de sus poderes. Esta historia, que parece una postal del Siglo XX, tiene fascinados y orgullosos a Pablo Iglesias y los suyos. Los enemigos de la monarquía constitucional consideran digna una sucesión basada en el nepotismo familiar y un partido militarizado. Es el modelo supuestamente revolucionario que consideran ejemplar los descamisados españoles.

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